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martes, 18 de junio de 2019

La enseñanza de la historia

La reciente eliminación de la asignatura de historia del programa obligatorio para tercero y cuarto medio suscita las reacciones esperadas. Nadie se mostró a favor del cambio y el gobierno tuvo que dar explicaciones. Esto ya ha había pasado cuando se propuso eliminar filosofía, todo muy predecible. La discusión, en cualquier caso, es casi, casi puramente teórica: los problemas de la educación en Chile son tantos y tan diferentes, que un cambio en el programa no afecta mucho lo que aprenden los alumnos. Sin embargo, esta preocupación tan superficial por la enseñanza de la historia (la controversia pasará pronto para dar lugar a otras preocupaciones) puede dejar algunas lecciones útiles, no para los estudiantes absorbidos por sus pantallas, sino para los adultos que se dedican a hablar de estas cosas cuando son noticia.

Quizás la primera lección es respecto al hecho mismo del cambio. No porque haya un cambio necesariamente habrá una mejora. Puede que lo que conveniente sea hacer bien lo que se supone que hay que hacer antes de intentar hacer algo distinto. La siguiente lección es básica, aunque cueste una vida aprenderla: siempre es una cosa por otra, no se puede tenerlo todo. Sería ideal que los estudiantes estudiaran de todo y en profundidad, pero un día sólo alcanza para tanto. De esto se sigue, como corolario, que no puede enseñarse en el colegio (tampoco en la Universidad) todo lo que es necesario y bueno para la vida, y la implicancia es que un estudiante suficientemente maduro como para movilizarse y protestar debe poner de su parte para aprender lo que considera valioso y que no está recibiendo en el colegio. Lo mismo se aplica a los padres.

Conviene considerar, también, que los programas existen en el papel, pero la realidad se da en sala de clases. De nada sirve -más que para sentirnos satisfechos de nosotros mismos- que en el programa haya muchas horas de historia y filosofía si las clases de dichas materias son deficientes por la indisciplina en el aula, la falta de interés de los alumnos, o la baja capacidad o formación del profesor. Quizás haya que comenzar reformulando los programas de las escuelas de pedagogía (tan llenos de forma y faltos de contenido).

Las consideraciones anteriores necesariamente llevan a las preguntas más fundamentales sobre la educación, sobre todo escolar: ¿Qué es lo que se quiere o espera del colegio? ¿Que prepare para el ingreso a la universidad, que prepare para el desempeño en la educación superior, que prepare para la “la vida” o “futuro”, o que entregue cultura general, que genere buenos ciudadanos para la República? Y estas preguntas no pueden responderse totalmente, porque en una sociedad como la nuestra, que intenta ser pluralista, hay demasiadas ideas incompatibles acerca de lo bueno. Quizás la lección más importante que deba extraerse de esto sea que a lo mejor no es bueno que un ente burocrático estatal, como el Ministerio de Educación, controle de manera directa o indirecta como se forma a los jóvenes, pero ningún gobierno se atrevería a implementar un cambio de ese tipo.

domingo, 23 de septiembre de 2018

El anónimo amenazador

Donald Trump es un presidente popular –aunque quizás algunos prefieran decir populista. Popular, no en el sentido de ser preferido por la gran mayoría: en las democracias modernas los triunfos suelen ser por un estrecho margen y en Estados Unidos se puede llegar a ganar una elección por debajo de ese margen. Trump es popular, pero también tremendamente impopular. No sólo lo rechaza una inmensa minoría, sino que incluso algunos de quienes votaron por él lo hicieron sólo para evitar una alternativa peor. Pero es popular en el sentido de que sus opiniones son las de lo que habitualmente se ha llamado el pueblo (o también el vulgo), contrapuesto a la élite, que se precia de tener opiniones ilustradas y sofisticadas.  Entre este tipo de opiniones se encuentran algunas como que la patria y soberanía están por sobre los organismos internacionales, que una familia grande y unida –compuesta de padre, madre e hijos– es algo bueno, que las fuerzas armadas son elemento positivo, que la pena de muerte es un castigo adecuado para ciertos crímenes y otras que es mejor no poner para no irritar a los políticamente correctos.

La narrativa que llevó a Trump a la presidencia de los EE.UU. se basa en esto: la élite constituida por los gerentes de las empresas transnacionales, las burocracias administrativas y políticos de carrera (el “Estado Profundo”), los organismos internacionales y, por supuesto, los grandes medios de comunicación, promueve una agenda política y económica ajena a los intereses de la nación (la nación es un concepto pasado de moda para la elite cosmopolita) y se encuentra totalmente desvinculada del sentir popular que él representa.

La élite progresista, sobra decirlo, piensa que esta sensibilidad es de palurdos retrógrados que quedaron al margen de la historia. Pero la historia da muchas vueltas y lo que estaba al margen pasó a al centro: la progresía no podía creer que había perdido una elección que daba por ganada (después de la iluminada presidencia de Obama era imposible volver atrás). La campaña contra Trump ha sido constante y él mismo –con sus palabras y comportamiento presente y pasado– no deja de suministrar abundante material a sus detractores. Pero ellos, viniendo de posiciones élite en la prensa, la política (incluido su propio partido), el mundo del espectáculo, etc. entran en el escenario de juego que el mismo Trump ha marcado.

Uno de los últimos hechos de esta oposición es una columna anónima publicada en el New York Times no pasó desapercibida en los medios chilenos. En ella, un alto funcionario de la administración contrario a la gestión de Trump cuenta cómo él y otros trabajan secretamente, desde dentro, para impedir que se realicen los proyectos del presidente, por bien del país. Aquí en Chile, algunos se cuadraron con la decisión del Times indicando que la amenaza que Trump representa para la democracia amerita tomar medidas inusuales como publicar textos anónimos. (Es notable la facilidad con que algunos reconocen amenazas para la democracia en gobernantes elegidos democráticamente, siempre que no sea en Chile.) Lo que el Times  y sus pares chilenos no llegaron a considerar es que el hecho encaja perfectamente con la narrativa del presidente: paradójicamente, al darle voz a una oposición interna encubierta, el Times le dio la razón a Trump.

lunes, 15 de enero de 2018

El ciudadano promedio de Kast y Bellolio

Ha sido interesante leer el intercambio de columnas entre Cristóbal Bellolio y José Antonio Kast, publicadas en The Clinic. Quizás sea demasiado comentar sobre lo ya comentado, pero como estamos en verano se le puede dedicar algo de tiempo a estas cosas. Sin duda Kast ha sido un fenómeno. Habiendo renunciado a su partido, pudo juntar las firmas necesarias para presentar una candidatura presidencial independiente y alcanzar una votación inesperadamente alta, con pocos medios económicos, corriendo contra un candidato competitivo de su sector y con la oposición de importantes miembros de su antiguo partido. Si a esto se le suma un discurso directo y poco conciliador, es sorprendente que haya alcanzado una votación superior a la de una candidata de uno de los partidos políticos más establecidos.

Por supuesto, el candidato tocó una tecla del electorado y el intelectual progresista exige una explicación. Surge, de manera casi automática, la comparación con Donald Trump, el fantasma del populismo de derecha. Pero tal como los que se equivocaron rotundamente respecto del futuro de Trump no son los más indicados para explicar su triunfo, tampoco lo son quienes se sorprenden con la votación de Kast (nos explican cómo pasó lo que ayer nos decían que era imposible). En este sentido la columna de Bellolio es especialmente iluminadora, no por lo que dice de Kast, sino por lo que muestra de Bellolio. Para empezar, podemos destacar la siguiente frase: “Tanto Trump como JAK dicen hablar por el ciudadano promedio –que en su imaginario es hombre, blanco, maduro, heterosexual, creyente y patriota.” No hace falta de defender a Kast, que ya lo hace en su respuesta a Bellolio. Para el caso, da lo mismo lo que Kast piense que sea el ciudadano promedio. Lo que resulta chocante es que Bellolio no ve que basta un acceso muy general a las estadísticas nacionales para darse cuenta de que el ciudadano promedio es como lo que, según él, cree Kast.

Vamos por partes. Hombre: un poco menos de la mitad de la población es masculina. No alcanza a ser el promedio, pero se acerca. En todo caso, Kast tiene el apoyo de mujeres (comenzado por las de su familia) así que atribuirle una creencia de ese tipo podría implicar hasta mala fe. Blanco: el tema racial en Chile es complicado, pero al menos se puede decir no sólo que el promedio, sino que la gran mayoría de los chilenos descendemos de españoles y de otros europeos. Si acaso el ciudadano promedio es o se considera blanco requiere más estudio. Maduro: basta ver la pirámide poblacional chilena para darse cuenta de que nuestro promedio de edad no hace más que subir. Heterosexual: de nuevo, la gran mayoría de la población es heterosexual, aun tomando como parámetro las cifras más elevadas sobre la población homosexual. Creyente: lo mismo, la gran mayoría de la población adhiere a algún credo. Patriota: no conozco datos al respecto –y habría que definir el término– pero no parece descabellado pensar que la mayoría de la gente siente algún tipo de amor por la comunidad nacional a la que llama patria.

Por lo tanto, si Bellolio tiene razón respecto de lo Kast cree, entonces Kast tiene razón sobre la realidad nacional. El paso a la segunda tesis de la columna es un poco más complejo. ¿Acaso el votante promedio se siente amenazado por “el otro”? Esto se puede abordar desde la teoría o la práctica. En teoría, podemos decir que si hay visiones del mundo que son incompatibles, una tendrá que imponerse sobre la otra dentro de una misma comunidad. Por ejemplo, si uno cree que las fronteras nacionales son cosa del pasado y otro quiere conservarlas, no es posible que cada uno siga “su proyecto de vida” de manera independiente, como quiere el liberal. Podemos hacer reglas para resolver estas diputas, pero, por una parte unos verán su visión de las cosas confirmada y otros no, y por otra, hay llegar a un acuerdo para poder hacer esas reglas, lo que prolonga el debate (de ahí el asunto Constitucional). En la misma línea, la pluralidad de las formas y proyectos de vida naturalmente tiende a crear grupos con intereses distintos, que van a entrar en conflicto por la conformación general del todo. Las minorías convencidas, organizadas, financiadas y con elementos bien posicionados pueden llegar a imponer sus puntos de vista, pero de cuando en cuando –y cuando esas posturas se hacen extremas– la mayoría hace sentir su voz (de eso se trataba la democracia). Que el liberalismo no sea sustentable, de hecho, ni siquiera coherente, es algo necesariamente tiene que pesarle a los liberales aunque no deba sorprenderles. En la práctica, es cosa de ver lo que escribe Bellolio. Habla de “canutos delirantes” y de “viejos decrépitos”. Ese tipo de desprecio, que viene del mismo Bellolio, confirma lo que él dice que creen Kast y sus votantes,  sólo que no llega a considerar que puedan tener razón. 

viernes, 18 de noviembre de 2016

Elección de Trump: todavía no es el apocalipsis

Lo más notable de la elección de Donald Trump como presidente de los EE.UU. ha sido la reacción de sus opositores, incluso en países como el nuestro: de la negación a la histeria, pasando por todo tipo de posteos extremos en las redes sociales y comentarios en medios más tradicionales. Se dijo que había ganado el odio y la intolerancia pero en realidad el triunfo de Trump sacó a la luz todo el odio e intolerancia que sus opositores llevaban dentro. De alguna manera, los partidarios de Clinton no vieron al verdadero Trump (de lo contrario no se hubieran equivocado tanto en sus predicciones) sino que proyectaron hacia él sus propios miedos e inseguridades. Donald Trump ha sido comparado con Hitler y Chávez, en las páginas de El Mercurio. Se escribió que su elección significaba el triunfo de la paranoia y del rechazo al que es diferente, sin considerar el rechazo que suscitaban los electores de Trump, los “deplorables” o simplemente “los malos”, entre la clase bien pensante. Los que están firmes junto al pueblo no pueden soportar que el pueblo no siga sus dictados.  

Pero no va a pasar nada grave, para la tranquilidad de los tolerantes y democráticos que todavía no recobran la calma. En Estados Unidos no existe la tradición de perpetuarse en el poder mediante la manipulación de las Constitución. Ya tendrán otra oportunidad. Cierto que esto es de poco consuelo para quienes –que por no salir de su burbuja– vieron el triunfo tan cercano y consideran el poder casi como un derecho. Pero las raíces de la reacción histérica al triunfo del candidato republicano se hunden más profundamente: la indignación es moral, no meramente política. No es simple tristeza por una derrota, es la impotencia frente a una realidad inaceptable, la perplejidad ante un mundo que parecía seguro y que repentinamente se desmorona y parece carecer de sentido.  

Esta moralización de la política lleva a ver la deliberación sobre la vida común no como un ejercicio en conjunto para llegar a decisiones aceptables, sino como una contienda entre buenos y malos (o entre progreso y reacción). Los oponentes no están simplemente equivocados sobre lo que es mejor para la sociedad: tienen mala intención y, como son malos, se los puede insultar y despreciar sin cargo de conciencia: no tienen derechos. La posición de superioridad moral, además de ser satisfactoria –es tan agradable sentirse bueno– es muy cómoda porque no exige hacer nada en concreto, sólo asumir públicamente ciertas posturas. En cierto sentido esta polarización de la política es inevitable en la medida en que la sociedad pierde, o ha perdido, una noción común de lo bueno, pero es eso mismo, la noción de un bien común contra la idea de un pluralismo relativista o una política de identidad de grupos, lo que divide a la sociedad sin pueda vislumbrarse una posible salida. 

Reconocer esta situación sería aceptar que el conflicto va más allá de lo que podría aguantar la democracia, pero el sistema todavía resiste: el conflicto se da en las urnas aunque algunos quieran llevarlo a las calles. Si esto no va a llegar más lejos, un primer paso para quienes han sido derrotados en esta elección –ya sea real o simbólicamente– sería un intento serio de comprender a sus contrarios e intentar una refutación que vaya más allá de la condena moralizante o del desprecio. Eso sería un intento por recuperar o construir algo en común, claro que es más fácil revolcarse en la autocompasión y la victimización, y echarle la culpa a otros, a los malos. 

lunes, 15 de agosto de 2016

Las AFPs y el poder

Comencemos enunciando una verdad contingente: quien tiene el poder rara vez se desprende de él por iniciativa propia. Es más, quien tiene poder tiende a querer aumentar su poder. Las ocasiones históricas en las que un poderoso ha limitado o disminuido su poder sin mediar una fuerza externa pueden contarse con los dedos de una mano. Prosigamos con otra afirmación: mientras más se gobierne a sí mismo cada ciudadano, menos necesita ser gobernado por otros.  

Las AFP son un límite al poder político: un dinero que los gobernantes no pueden tocar. Sin embargo, los políticos necesitan dinero para financiar un aparato estatal que crece continuamente, para recompensar a sus partidarios con cargos en ese mismo aparato estatal y, sobre todo, para repartirlo, de una forma u otra, entre los electores para ganar votos y seguir en el cargo o asegurar el triunfo de algún correligionario. Además, como el dinero de los fondos de pensiones es mucho y aumenta con el paso del tiempo, es natural que las ansias de contar ese dinero crezcan cada vez más. Por supuesto, los ciudadanos necesitarán dinero para vivir durante su vejez, pero ese problema puede postergarse, y la generación siguiente tendrá que hacerse cargo (es cosas de mirar el caso de algunos países europeos). El gobernante, como cualquier otro, quiere sus fondos ahora.

Pero las administradoras de fondos de pensiones no son sólo un límite al poder político en un aspecto material o económico, también lo son desde un punto de vista político. Si cada ciudadano es responsable de su propia vejez, mantiene una cierta libertad. Si, por el contrario, para poder vivir en sus últimos años recibe una pensión que le da el gobierno, entonces pasa a ser dependiente del gobierno y de lo que le ofrezca el político de turno. Queda  atado o, más bien, el gobernante lo mantiene bien sujeto por el bolsillo. La otra consecuencia política de una posible eliminación de los fondos individuales es la división del país. Un noción sencilla, pero que pocas veces se comprende, es que los bienes materiales, en estricto rigor, no se pueden compartir –tener en común– sólo se pueden repartir. En el caso del dinero de los contribuyentes esto implica quitarle a unos para darle a otros (no se debería hablar tanto de sistemas solidarios –la solidaridad forzada es una contradicción– sino expropiatorios). Por lo mismo, el resultado es la división de la población, generalmente trabajadores versus pensionados.

Demás está decir que no hay ninguna razón para pensar que el aparato estatal chileno, por una parte muy politizado, por otra, incapaz de cumplir funciones básicas como controlar la delincuencia y la violencia o de organizar un sistema de transporte público o una universidad estatal, sería un buen administrador de fondos de pensiones. De alguna manera, el éxito alcanzado por el movimiento “No + AFP” es un reflejo del alma nacional, tan dispuesta a venderse al mejor postor. 

martes, 31 de mayo de 2016

Los problemas reales de la gente

Frente a  las diversas reformas que promueve el gobierno actual, en especial la de redactar una nueva constitución, la oposición suele decir que los “problemas reales” de la gente son otros: salud, educación, seguridad, empleo... Las encuestas muestran que cosas como la redacción de una nueva constitución política o el matrimonio entre personas del mismo sexo están muy lejos de ocupar un lugar preeminente entre lo que la gente considera importante. El énfasis en los problemas reales de la gente crece a medida en que se acerca el final del periodo presidencial y los políticos comienzan a hacer sus campañas tratando de sacar alguna ventaja de la baja aprobación del gobierno actual. Los problemas reales son, además, los que tiene más potencial de atraer votos.

Esta postura de la oposición, que ha sido la misma durante años, revela una idea política –o una ausencia de ideas políticas o, incluso, una idea anti-política– que, a pesar de la crisis política y social del país, y de la derrota en las últimas elecciones, parece no haber sido analizada por quienes la sostienen. Es que el análisis de ideas no es una de las necesidades reales de la gente. Se trata de una conjunción de asistencialismo y pragmatismo, que implica un olvido de lo propiamente común o político. Una cosa son los asuntos o problemas individuales y otros los de la sociedad tomada como un todo. En general, los asuntos individuales podría resolverlos una persona con sus propios recursos o recurriendo al entorno más inmediato. Sin embargo, se ha instalado la imagen del político como un solucionador de los problemas de cada una de las personas. Ahora, cuándo la suma de los asuntos individuales de muchas personas se convierte un asunto común es algo prudencial.

El individuo no suele sentir tan directamente los problemas que afectan a la comunidad como un todo (que no es lo mismo que afecten a la mayoría de los miembros de una comunidad). Eso podría explicar, por ejemplo, por qué los problemas limítrofes con los países vecinos se resuelven de manera tan negativa para nuestro país. Pero es precisamente el deber de los políticos el de velar por los asuntos comunes, de mirar no una infinidad de detalles sino el cuadro completo. Esos problemas, que no son los llamados problemas reales de la gente sino los asuntos del país, forman el marco en el que se desarrollan y solucionan –o no– las necesidades de las personas, durante muchos años.

Puede que a la gran mayoría no le interese qué tipo de constitución rige en el territorio o cómo se financian los partidos políticos, pero precisamente para eso hay políticos. Si quienes fueron elegidos como representantes del pueblo creen que cambiar la constitución no es prioridad, deberían activamente defender la que existe y no limitarse a citar encuestas. Quizás uno de los problemas reales de la gente es que una buena parte de la clase política que sólo se preocupa de lo cotidiano.

martes, 12 de abril de 2016

La DC y el aborto

La gran mayoría de los diputados del Partido Demócrata Cristiano votaron a favor del aborto. A juzgar por las palabras del Senador Walker, la DC hará en el Senado lo mismo que hizo en la Cámara. La verdad, es que no es sorpresa. Sólo un ingenuo podría haber pensado que la Democracia Cristiana votaría ¿cómo decirlo? cristianamente. La conducta fue típica: hubo conversaciones, angustia vital, inseguridad, pero lo que ocurrió al final estaba claro desde el primer momento.

No es que la DC haya traicionado sus principios -en la actualidad los principios de los partidos políticos pueden cambiarse fácilmente, por lo que es casi imposible traicionarlos- sino que ha actuado como siempre: muchas declaraciones de apertura, de diálogo, de buena voluntad, para terminar haciendo lo que le pedía la izquierda más dura. Esa ha sido su misión histórica, la de ayudar y dar una apariencia de legitimidad a los proyectos de la izquierda.

Esto, por supuesto, al estilo DC, es decir, de manera tibia. La Democracia Cristiana no alza como banderas de lucha este tipo de causas, pero es incapaz de rechazarlas cuando las alzan sus aliados. Tiene que aferrarse a su conglomerado, para no arriesgar quedar en tierra de nadie. Dentro de la DC –para mantener el espíritu– el problema también se resuelve de manera tibia. Los integrantes que son contrarios al aborto no son capaces de, en materia tan grave, cortar con su partido. Uno se pregunta qué es lo que tendría que pasar para que la DC rompa con la Concertación o la Nueva Mayoría, o qué tendría que hacer el partido para que alguno de sus miembros renuncie. Estos pocos, en cualquier caso, cumplen una función muy importante: sirven para mostrar que el partido no impone una manera de votar, que acoge a los que piensan distinto, y que el apoyo al aborto es cosa de individuos, no de la colectividad. Típico demócrata cristiano. Esta conducta, por lo demás, hace de la Democracia Cristiana un aliado muy valioso para la izquierda más dura: su deseo de quedar bien es tal que se pude contar con ella a todo evento.

Políticamente hablando, esto no presenta mayores problemas (dado el estado de la política actual). El problema es que se engaña, a una parte al menos, de los partidarios, que inocentemente creen que apoyan a un partido de principios cristianos. Se entiende que algunos, incluso algunos DC, se empeñen en que cristianismo y sociedad no tengan nada que ver, pero eso hace extraño que se mantenga el nombre del partido. Para poder salvar la marca y a la vez votar como la izquierda más dura, se recurre a la conciencia, lo que en lenguaje actual significa que se hace lo que es más expedito o conveniente, sin reconocer que se actúa así: hacer lo que viene en gana sin tener que dar explicaciones. Ahora bien, como los políticos, en general, tienen poco tiempo para leer y para pensar, habría que ver quiénes los asesoran cuándo se trata de explicar qué significa actuar en conciencia, quizás ahí nos encontremos con alguna sorpresa.

martes, 15 de diciembre de 2015

“No me conocen”

La presidente ha hablado en cadena nacional: “no me conocen”, dijo. Fuertes palabras para alguien que lleva tantos años expuesta a la mirada pública. Tan fuertes, que hasta un conocido columnista llegó, precisamente, a desconocerla: no parecía ser la señora amable y sonriente a la que estábamos acostumbrados. ¿Irían dirigidas estas palabras sólo a sus adversarios políticos, a quienes frustraron su proyecto de gratuidad selectiva para la educación superior, o a todos los chilenos? A raíz de esto, vale la pena plantearse seriamente si acaso conocemos a nuestra presidente, y por extensión, a todos lo que ocupan cargos de elección popular. ¿La conocíamos? Teníamos una imagen suya, y a través de esa imagen, una conexión emocional. ¿Pero sabíamos, sabemos, quién es, qué piensa Michelle Bachelet? Si algo hubo características notorias durante la pre-campaña y la campaña presidencial, fueron la indefinición y el silencio.

La política actual, bien lo sabemos, tiene mucho de publicidad, y el producto no es de nicho, sino masivo, por lo que hay que ocultar todo lo que pueda asustar los grupos particulares, para ganar la mayor adhesión posible. El problema es que no hay a quien recurrir si la publicidad es engañosa. La imagen acogedora de Michelle Bachelet, con la que ganó a las multitudes, fue interrumpida algunas veces cuando se salió de libreto: un discurso a fines del 2005, la respuesta a un estudiante, un video con delantal blanco… y ahora. Pero esa faceta no era completamente desconocida. La Bachelet ideológica y radical (odiosa) estaba presente en su pasado en la izquierda extra-parlamentaria y, antes todavía, en su vinculación con organizaciones terroristas. La prensa, tan dócil, no hizo mayores esfuerzos en darla a conocer. Mejor no hacer preguntas incómodas. La oposición tampoco lo hizo mejor: mientras que el electorado se quedaba con imágenes atrayentes y promesas vagas, la oposición sabía, o debía saber, lo que se venía, y no fue capaz de mostrar quién era Michelle Bachelet en realidad. Aun así este segundo gobierno suyo tuvo, desde el comienzo, una impronta distinta del anterior; estábamos empezando a conocerla.

Ella, en cierto modo, ha reconocido el juego publicitario, el ocultamiento de la realidad mediante la imagen. Nos lo ha dicho: “no me conocen”. La imagen que encanta, que vende, por la que se vota, es eso, sólo una imagen, producida por la publicidad puesta al servicio de una voluntad de ganar, que poco tiene que ver con representar al electorado. En otras palabras, un engaño. Son raros los momentos en que estas cosas se reconocen en política, es de esperar que el resultado sea una oposición más despierta y un electorado más crítico.

martes, 8 de diciembre de 2015

Recuperar la confianza

Después de un año de crisis y escándalos se habla de recuperar la confianza. El problema es que la confianza no se recupera de la misma manera en que se recuperan otras cosas, hay que ganársela. De alguna manera, hablar de recuperar la confianza es trasladar el problema: está claro, la gente no confía, pero eso no es culpa de la gente, es culpa de quienes no son confiables. Se podría tomar una postura más extrema todavía: si uno se entera de lo que realmente pasa en los lugares de difícil acceso, el llamado no sería a recuperar la confianza sino a desconfiar más todavía. De hecho, es buena una cierta desconfianza del ciudadano de a pie hacia el poder: los políticos y demases son seres humanos y como tales pueden caer en las mismas tentaciones que cualquiera, pero por estar tan encumbrados están expuestos a más y mayores tentaciones que un simple común.

No basta con llamar a recuperar la confianza, es necesario reconstruirla con acciones reales. Algo que podría contribuir a reconstruir la confianza destruida es que quienes están en posición de aprovecharse de sus semejantes limiten, precisamente, el poder que les permite o incentiva a hacerlo. Límites a reelecciones, prohibición de contratar parientes, límites en bonos y asignaciones, etc. son algunas ideas sencillas que circulan. Es difícil que lleguen a implementarse: casi no se conocen ejemplos de personas que habiendo alcanzo una alta cuota de poder hayan decidido reducirlo por su propia iniciativa.

Por otra parte, en un nivel más pequeño y personal, también existe desconfianza, en parte, quizás, porque muchas acciones que traicionan algún tipo de confianza son bastante frecuentes (como el robo hormiga, la copia en pruebas, la evasión en el Transantiago, el trabajo mal hecho…). En estos casos la recuperación de la confianza pasa por acciones personales que hagan a cada uno digno de confianza; el problema es que parece que nadie querrá ser el primero. Como en el caso anterior, hay que estar dispuesto a perder.

Sin embargo, el asunto urge. Una sociedad –como cualquier otra cosa– puede mantenerse entera por la cohesión interna de sus miembros o porque una fuerza externa les impide separarse. Las fuerzas externas que mantienen unidos a los miembros de una sociedad (relaciones de conveniencia o dependencia, inercia, amenaza de fuerza, etc.) en algún momento pueden faltar y, si eso es todo lo que hay, se produce la disgregación. La poca confianza que hay en Chile, entre ciudadanos y de los ciudadanos hacia las distintas instituciones, es síntoma de que somos una sociedad débil, casi un grupo de personas que viven –porque no les queda otra– en un mismo espacio, más que una sociedad propiamente tal. Para recuperar la confianza perdida hace falta algo más que un vago llamado. Si lo que está en juego es la unión entre las personas que comparten territorio, historia y creencias, habrá que buscar un fundamento más hondo para evitar la disolución. 

martes, 8 de septiembre de 2015

Agotamiento y renuncia

Se puede tocar el cansancio del gobierno a dos años de haber empezado la tarea de transformar Chile. Las críticas ya no vienen sólo de la oposición. El gobierno está agotado y la presidente parece estarlo también. Pero no todo es su culpa: Michelle Bachelet ganó las elecciones no por las prometidas reformas, sino por su carisma. A ella la trajeron para recuperar el poder perdido y de paso implementar un programa que había sido interrumpido en 1973. ¿Quería ella ser presidente, o fue candidata sólo por lealtad y obediencia a su partido y coalición? ¿Se imaginaba ella lo que podía pasar en un segundo gobierno suyo? No viene al caso conjeturar sobre lo bien que estaba Bachelet en Nueva York, el hecho es que ella misma ha declarado que nunca más será candidata a nada. Su popularidad, que era su capital político, se acabó. ¿Qué queda para los próximos dos (largos) años? 

Se habla de una renuncia. Rumores, sí, pero motivados por algo más que la schadenfreude propia de la oposición. Sería el último clavo en el ataúd: realismo con la peor de todas las renuncias. El sucesor que se perfila es Ricardo Lagos (lo que muestra que la coalición de izquierda está agotada: no se ven nombres nuevos, todos los últimos candidatos han sido ex-presidentes). Y aunque no pase de ser una especulación, uno puede preguntarse qué pasaría si la presidente renunciara. Por una parte, sería lamentable que la popularidad, tal como la miden las encuestas pueda ser algo tan determinante en la política nacional. El país puede estar mal, sí, pero ha aguantado situaciones peores. Además, que alguien no apruebe la gestión de la actual administración no quiere decir que esté a favor de la oposición. No deja de ser irónico (la antigua rueda de la Fortuna sigue girando aun en un mundo donde todo parece estar asegurado) que el juego de la popularidad y las encuestas se haya vuelto en contra de quienes dijeron que un país no merecía un presidente con baja aprobación.

No parece razonable, sin embargo, que un presidente renuncie por una baja en las encuestas. Esto sentaría un precedente, y dado que las encuestas y la opinión pública son manipulables, podría haber nuevas formas de presión sobre un sistema democrático que ya ha mostrado ser influenciable desde fuera. Ya se ha visto que las emociones son volubles, quién está en la cúspide un día (como Sebastián Piñera luego del rescate de los mineros) puede estar en el suelo al día siguiente (como Piñera durante las manifestaciones estudiantiles): la encuestocracia tiene sus riesgos. Por lo demás el presidente es elegido por los ciudadanos por un período que ya ha sido calificado como demasiado corto. La posibilidad de echar presidentes con unas cuantas encuestas o manifestaciones callejeras podría transformarse, por una parte, una manera de manipular la democracia, y por otra, en una forma de irresponsabilidad: si el pueblo elige alguien, es de esperar que se haga responsable por su elección; los que no votaron, que asuman los costos de su apatía; y los que votaron en contra, tendrán que aprender de sus errores y corregirlos (hacer algo más que ir a la urna) en la elección siguiente.

Sin embargo, dado que una renuncia que lleve a Lagos a la presidencia sería una solución de corto plazo que podría aliviar a la coalición de izquierda, es muy probable ocurra en marzo. Después de todo, si Bachelet se sacrificó una vez, puede ser sacrificada de nuevo.

jueves, 3 de septiembre de 2015

Los camioneros fascistas

Algunos comentadores de la realidad nacional han elogiado al gremio de los camioneros –y a su marcha– por su valentía, sentido común, solidaridad entre sí… Pero desde el otro lado se los ha atacado y etiquetado de fascistas. La acusación de fascismo es un indicador de que se acabó la conversación, una consigna hueca, el recurso barato del izquierdista que se quedó sin argumentos. Se ironiza sobre la derecha porque ve comunistas en todos lados, pero es la izquierda la que tiene alucinaciones de fascistas por todas partes. El partido comunista, por lo menos, es real y tiene algunos militantes en el Congreso y en gobierno, pero en Chile no se ven camisas negras (o, en su defecto, pardas o azules).

Es el pánico por un trauma del pasado, se ha dicho. El sueño de Allende se desmorona, de nuevo, entre ineptitud, frivolidad y corrupción. La historia parece repetirse y sabemos cómo termina. (¿Será que el socialismo es simplemente inviable, o es que todavía no surge la persona capaz de conducirlo a su plenitud?) Pero el trauma del pasado no es suficiente para explicar tanta rabia contra los camioneros. Se puede intentar explicar esto por lo que son, pero se puede llegar más lejos poniendo atención en lo que los camioneros no son.

Los camioneros no gente del barrio alto, no hablan con una papa en la boca, no son grandes empresarios – aunque muchos de ellos sean dueños de su fuente de trabajo. No son economistas neo-liberales, no trabajan en las cómodas oficinas de algún moderno edificio de acero y cristal. Son trabajadores (sí, trabajadores), de los que hacen trabajo físico, que trabajan largas horas y no terminan su jornada en un happy hour de algún bar de moda. Los camioneros deberían estar con la izquierda, pero están en contra. Deberían sentirse alienados en su trabajo, sentirse explotados por la clase dominante, pero no; en cambio se sienten amenazados por una causa defendida por la izquierda (indigenismo y trabajadores industriales nunca podrán ir de la mano). La marcha de los camioneros es como una bofetada en la cara, algo que no calza y por eso produce esas diatribas. Es que nada enfurece más a un político o intelectual de izquierda que un trabajador no se le someta.

lunes, 31 de agosto de 2015

La ineptitud política

El día jueves 27 de agosto quedó claro cómo es al actual gobierno (en caso de que a alguien le quedara alguna duda): una mezcla de incompetencia, corrupción e ideología, con las correspondientes improvisaciones, divisiones internas, caos, doble estándar, violencia e irresponsabilidad.

Lo que podría haberse manejado de manera normal, sin sobresaltos, desató reacciones incomprensibles. Aclaremos: lo que pide alguien no es lo mismo que lo que quiere. Si se le da lo que pide, puede negársele lo que quiere y vice versa. Esto lo sabe cualquiera que haya estado en una discusión. Es verdad que a veces se pierde la cabeza y la situación se descontrola, pero es de esperar que a un equipo de gobierno sepa tratar políticamente con otros seres humanos. 

Lo que los camioneros querían era la atención de los medios para mostrar que en la Araucanía reina la violencia, llegar a la Moneda para entregar una carta era algo secundario. De haberlos dejado marchar libremente por la Alameda y haberles permitido llegar a la Moneda, todo hubiera acabado sin mayores problemas, en una mañana. Pero para unos gobernantes que hablan repetidamente del sueño de Allende, la visión de los camioneros es algo más allá de cualquier pesadilla (un fantasma recorre Chile, el fantasma de León Vilarín...) y perdieron el control de sí mismos primero y luego de la situación. La ideología impide el razonamiento. De paso, le dieron a los camioneros lo que querían: la atención completa de los medios de comunicación, el protagonismo en la agenda y la constatación -frente a todo el país- de que al gobierno no le preocupa el terrorismo en la Araucanía; la confirmación de que este gobierno divide al país, fomenta el odio y se sirve del poder y las leyes para sus propios fines y los de sus partidarios. 

En medio de la agitación, la presidente desaparece, para emerger al día siguiente hablando de la importancia del diálogo (pero ya nadie le cree). Este gobierno no pasó agosto. Lo que queda es esperar que los que tengan el poder de hacerlo mantengan una semblanza de orden hasta las próximas elecciones.

jueves, 27 de agosto de 2015

Lagos y la nueva crisis de la derecha

Hace apenas unas semanas un amigo politiquero me decía que en la derecha estaban tan seguros de ganar la siguiente elección presidencial, que la elección iba a decidirse en las primarias del sector. Difícil no estar de acuerdo, hace tiempo que no se veía un gobierno como el actual: una mezcla perfecta de ideología, incompetencia y corrupción. La próxima elección, en dos años más, parecía carrera corrida para la derecha. Después de este desastre de gobierno, imposible que el país no anhelara un gobierno ordenado, eficiente, y sobre todo, con un enfoque económico distinto; una vuelta a la derecha de siempre: sin grandes pretensiones, pero que haga bien su trabajo.

Hasta que (re)apareció Ricardo Lagos. No es que el de Lagos haya sido un buen gobierno (es cosa de pensar en el Transantiago, la relación con los países vecinos, o en su sucesora patrocinada por él mismo) pero dio la impresión de serlo y eso es lo que importa. En ese sentido, Michelle Bachelet es una buena hija de Ricardo Lagos. Si ella ganó por su empática imagen materna, con el delantal blanco como fondo, Lagos suscita adhesión por su seria imagen paterna, enmarcada en un terno gris. Además, los empresarios quedaron contentos con Lagos, no necesitan una derecha para lograr lo que quieren.

Esta situación pone a la derecha en aprietos, pero también presenta una oportunidad. Ganar la próxima elección ya no es algo dado, la consigna del cambio ya no es suficiente. Si a la izquierda parecía sobrarle “relato”  (lucha contra la desigualdad, promoción de la igualdad y acabar con las desigualdades…) y faltarle competencia, la derecha no acaba de darse cuenta que la mera buena administración sin un sustento verdaderamente político es una base muy débil, porque no constituye un proyecto común. Los ingenieros y economistas que trabajan 24/7 aun no parecen darse cuenta de que si siguen haciendo las cosas como siempre, los resultados serán los mismos, y si además, aparece alguien en izquierda capaz de buena gestión a la derecha le esperan otros cuarenta años en el desierto. Pero la derecha también puede plantearse si acaso su rol en el país es simplemente ser la facilitadora de los grandes empresarios, diferenciarse de Ricardo Lagos y ofrecer un proyecto político y no sólo administrativo.

martes, 28 de julio de 2015

Posturas, buenas intenciones e intervenciones extranjeras

Al poco rato de hablar con él, el profesor visitante de los EE.UU. hizo un mea-culpa por lo que su país le había hecho al nuestro antes y durante 1973. No es la primera vez que un profesor visitante me pide perdón a nombre de su país por lo hechos pasados en los que él, personalmente no ha tenido participación ni responsabilidad (la uniformidad que impone la academia es notable). La primera vez, hace varios años, dejé pasar el asunto. Esta vez, sin embargo, decidí seguir un poco la conversación para ver cómo terminaba. Sin llegar a decirle que sus consideraciones, por muy bien intencionadas que fueran, me parecían un ejemplo más de la típica condescendencia del mundo desarrollado hacia el nuestro, que más que hacer algo busca sentirse bien con sus propios sentimientos culposos (cómo si no fuera posible derrocar a un presidente frívolo e inepto como Allende sin la ayuda de una potencia mundial), le dije que no le diera tanto crédito a la CIA, que había otras fuerzas y factores en juego, etc. Pero insistió, insistió en que todo era culpa de su país, que los tremendos intereses de las compañías mineras estadounidenses habían sido la causa de la intervención militar. Ante su insistencia, mencioné que si bien la CIA había apoyado a la oposición, al gobierno de Allende no le faltó el apoyo de la KGB (así que se daba un cierto equilibrio). Aquí dio un pequeño respingo: que una organización malévola como la CIA apoyara a las malévolas fuerzas golpistas era esperable y casi obvio (¡lo sospeché desde un principio!), pero que otra organización malévola como la KGB o la Stasi apoyase a la buena gente de la Unidad Popular era sorprendente, casi un error en la matrix. De pronto, se abrió un panorama: la cosa no era tan simple como lo establecía la narrativa oficial, los buenos no eran tan buenos como se suponía y las motivaciones no eran tan claras como aparecían. (Cuando le insinué que el apoyo del bloque comunista a Allende había sido mayor que el apoyo de los EE.UU. a las fuerzas armadas chilenas ya casi no estaba escuchando.) Pero la conversación pronto derivó a otros temas. No se trataba de llegar a una mejor comprensión de la historia reciente de Chile, sino de mostrar una postura de altura moral. Eso se había logrado con las primeras declaraciones y una mayor reflexión sólo hacía peligrar eso.

martes, 16 de junio de 2015

“Ya no basta con rezar”

La base de la pasarela que está frente a la universidad sirve como lienzo para los muralistas que buscan trasmitir su mensaje. El estilo de las UMLEM (Unidades muralistas luchador Ernesto Miranda) es reconocible y no varía mucho de un mural a otro, se nota que se ha creado escuela. Estos murales no son grandes obras de arte pero sí son bastante expresivos (rostros de ojos grandes, mucho color rojo, contraste, etc.). Esta mañana, sin embargo, apareció una imagen distinta en la base de la pasarela: una reproducción del afiche de la película "Ya no basta con rezar" (Aldo Francia, 1972): un sacerdote, empuñando la mano izquierda y lanzando una piedra con la derecha, y en letras negras, la consigna que le da el nombre a la película (más de cuarenta años, que parece que pasan en vano: en Chile no hay mucha renovación política, en ningún sentido). Tiene su qué, el mensaje es directo: la universidad es una universidad católica.

Me llamó la atención la representación del sacerdote: con sotana y cuello romano. La costumbres han cambiado, pero la iconografía, no. Creo que es casi imposible que en sus vidas, los muralistas hayan visto por las calles a un sacerdote de carne y hueso vestido con sotana. Por de pronto, de los que hacen clases en la universidad ninguno usa sotana. Cuello romano, sí, pero tampoco todos van de riguroso negro. Hay alguno por ahí  que no lleva nada que señale su condición clerical. En esto está la ironía, por supuesto. Los sacerdotes que andan de sotana, o al menos de traje y cuello romano, no tiran piedras, y si hay sacerdotes que tiran piedras (aunque desde antiguo los clérigos tienen prohibido empuñar las armas), esos no suelen andar de sotana ni usar el cuello romano. Es más, probablemente si hubiera algún sacerdote dedicado a tirar piedras, probablemente no podría ser reconocido como tal por su indumentaria externa: inútil, entonces, como modelo para un muralista que quiera interpelar a la Iglesia.

Más allá de la imagen, queda la consigna. ¿Querrán decir que a pesar de todo, de lo demás, hay que seguir rezando todavía? ¿Es que Dios no ha muerto aún, ni si quiera para los muralistas? Vale la pena preguntarse si quienes sinceramente escribieron eso en el muro, o adhieren a ello, han rezado lo suficiente como para poder llegar a pronunciar con propiedad una consigna así. La gente que conozco que reza, reconoce que reza demasiado poco como para poder decir que ese recurso está agotado. (Y si alguien se ha encontrado alguna vez con un alma de oración, sabrá que su mirada a la realidad es mucho más profunda y certera que la que pueda ser expresada en cualquier consigna.) Pero sólo quería referirme a un mural visto en la oscuridad de esta mañana.


martes, 19 de mayo de 2015

Re-constitución

Indagar acerca de los motivos de una acción es siempre un asunto delicado, pero a veces puede ser útil para comprenderla. Quizás fue un tanto sorpresivo el anuncio, por parte de la Presidente, de un proceso constituyente para septiembre. Se suponía que tenía que hablar de transparencia, de probidad y esas cosas, y anuncia algo que, al parecer, tiene poco que ver con lo anterior. Pero hay algo: los escándalos del mundo político han afectado sobre todo al gobierno, tanto, que comentadores tan distintos como Hermógenes Perez de Arce, Daniel Mansuy e incluso Carlos Peña han anunciado que se trata del fin de un ciclo. Se acabó, y no sólo para Michelle Bachelet (que nunca más será candidata), sino también para la Nueva Mayoría o Vieja Concertación. De hecho, sus últimos dos candidatos ya habían sido presidentes; esa falta de renovación es señal de agotamiento. No parece haber más. Aunque sea algo completamente incidental, el re-establecimiento de relaciones entre Cuba y EE.UU y la avanzada edad de los Castro también indican que una parte de la izquierda, al perder ese “faro de luz”, entrará en el crepúsculo. El ambiente es de barco que se hunde. Poco queda del carisma de Bachelet, de la arrogancia de Lagos. Ante una situación así, es natural querer dejar atado de manos al que venga después (Piñera tiene muchas ganas de serlo), en espera de un nuevo cambio de ciclo. Este es, quizás, un motivo para andar armando constituciones en medio de problemas que requieren soluciones más pedestres.

La idea de nueva constitución para Chile ha tomado fuerza hace relativamente poco tiempo. No en vano la actual lleva la firma de Ricardo Lagos, que la declaró plenamente democrática. Pero eso ya no es suficiente. Chile necesita una nueva constitución. ¿Para qué? Para ser un país mejor, más democrático, justo, solidario, etc. Vaguedades. Ni siquiera se sabe cómo será, ni cómo se redactará, una nueva Constitución. Este segundo motivo es simplemente una fe ciega en el poder un papel impreso, un mesianismo ingenuo que pone sus esperanzas en un empezar de nuevo, porque esta vez, sí, las cosas saldrán bien.

Un tercer  motivo para proponer una nueva constitución tiene que ver con la narrativa. La actual tiene un problema de origen: no la hizo la izquierda. O más bien, nace del gobierno que derrocó a Allende, cuyo proyecto sigue inconcluso, como una espina en el corazón de la izquierda. El que ya no se pueda concluir hace ese dolor aún más punzante. Es una búsqueda de justificación: como el proyecto de la izquierda ha fracasado mundialmente, la vía es negativa, por oposición. (Los hechos concretos, por supuesto, no pueden interferir con una buena historia.)

Un cuarto motivo para una nueva constitución podría ser hacerse con el control completo de la sociedad. Pero eso ya sería pensar mal.

martes, 12 de mayo de 2015

¿Qué puede hacer la derecha en esta crisis?

El cambio de gabinete ha bajado la temperatura de la crisis política. Al parecer el Bacheletismo, aceptando su baja popularidad, ha decidido moderarse, al menos en las formas. La derecha se alegra: sin que tuviera que hacer mucho, el adversario ha colapsado por su debilidad interna. Las cosas han vuelto a su cauce normal, la política a la que estábamos acostumbrados. Pero la baja en la popularidad del gobierno no es necesariamente una buena noticia para la derecha. Por poco que aprueben del gobierno muchas personas, a la hora de la verdad, van a seguir votando por la izquierda; otros, simplemente, no votarán; y la popularidad de la oposición sigue siendo baja. Sin embargo, parece que la derecha simplemente sigue a la espera de un desenlace pre-escrito. Puede que Michelle Bachelet nunca vuelva a ser la de antes (en política nunca se sabe), pero la indignación ciudadana no puede sostenerse indefinidamente: la atención y memoria del público son cortas. Si la crisis se vuelve permanente la gente se acostumbrará a  vivir con ella, después de todo, hay países que se encuentran en un estado de corrupción mucho peor que el nuestro y, a pesar de todo, la vida se las arregla para continuar.

Por lo mismo, aguantar y esperar que pase la crisis es una mala estrategia para la derecha. Las consecuencias podrían ir mucho más allá de la próxima elección. En cierto sentido la clase política ha sido víctima de su propio relato: los políticos se habían erigido en protectores de la gente frente a los abusos de los grandes empresarios y ahora resulta que recibían su dinero y hasta se comportaban como ellos. Para la persona de a pie, la sensación de impotencia es grande. Parece que no hay manera de escapar del sistema, parece imposible que las cosas cambien. A nadie le gusta sentirse forzado. Frente a eso, la idea de empezarlo todo de nuevo se hace muy tentadora. La clase política aún tiene su poder, pero ha perdido autoridad, y ese poder sin autoridad genera resentimiento.

Pero esto no tiene terminar necesariamente en una gran hoguera de cuyas cenizas renazca la sociedad (el eterno sueño revolucionario). De las crisis se puede aprender. La ciudadanía está siempre dispuesta a perdonar y a comprender, por algo Bachelet pudo ser re-elegida tras el Transantiago y el terremoto del 2010. Pero para lograr eso hay que pedir perdón. El primero que haga un reconocimiento de culpa y tome las medidas correspondientes tendrá las mejores posibilidades de recuperar parte de la credibilidad perdida.

Pero además de eso, es tiempo oportuno para corregir algunos problemas del sistema político, tal como el sistema político pretende corregir los problemas del sistema económico. (El problema es que la limitación del poder político sólo puede venir de sí mismo.) Es una oportunidad que la derecha puede aprovechar para promover sus ideas, por encima de la defensa de sus políticos. Propuestas no faltan: limitar las re-elecciones de todos los cargos de elección popular, congelar las dietas parlamentarias (y que el aumento se haga efectivo en el período siguiente), bajar los impuestos que afectan a los más pobres, como el IVA (recortar el dinero disponible es quizás la manera más efectiva de limitar el poder político), disminuir los cargos disponibles para amigos y parientes (eso implicaría, por ejemplo, que las embajadas dejen de ser premios y que vayan, como mínimo, a alguien que hable el idioma del país), constituir en entidades autónomas, como la Contraloría, otros órganos del Estado, como el Servicio de Impuestos Internos , dar mayor autonomía a las regiones, etc. Estas cosas implican sacrificios, pero de no hacerlos el costo, para el país, puede ser mucho mayor y una oportunidad como ésta, para tomar la ofensiva, probablemente no se presente en mucho tiempo.