Sin embargo las cosas ocurren de manera distinta a
lo esperado y, en vez de reventar, la candidatura de Bachelet parece irse
desinflando de a poco. Habrá que ver cuánto alcanza a desinflarse de aquí a
noviembre. Por lo mismo escribo esta columna antes que quede obsoleta.
A pesar de la baja de entusiasmo en las filas del
bacheletistas, aún muchos se preguntan cómo es posible que el actual gobierno
tenga menos aprobación que el anterior, cuando por donde se mida lo haya hecho
mejor. No se trata sólo del crecimiento económico y empleo, sino también de la reducción
de la desigualdad y pobreza, aumento del ingreso mínimo real, etc.
Una explicación posible está en el hábil manejo, por
algunos sectores, de cierto descontento acumulado, y en la poca habilidad
comunicacional del gobierno. Algo de eso habrá. Pero me parece que para buscar
la causa hay que ir un poco más profundo.
Lo que todos queremos, en última instancia, es felicidad,
y el actual Presidente hace muchas cosas pero no entrega eso. Michelle
Bachelet, en cambio, a pesar de su falta de carácter para actuar y de su nula
responsabilidad para hacerse cargo de lo que hace, sí entrega felicidad o al
menos un sentimiento que se le parece.
Esto es serio, porque nos remite a la pregunta sobre
qué debe hacer un gobierno por los ciudadanos. La respuesta que casi siempre obtengo
cuando pregunto esto a mis alumnos (estudiantes en una universidad tradicional
no-estatal) es que la función del Estado es satisfacer todas las necesidades.
Eso explica bastantes cosas. Si les pregunto si eso incluye las necesidades
afectivas, se ríen un poco. Pero eso es lo que hace Bachelet.
Si el actual gobierno reemplazó la política por la
técnica, el gobierno anterior politizó hasta los sentimientos. Quizás el error
de Piñera y asesores, fue querer cumplir los anhelos más profundos de los
chilenos sólo con un gobierno eficiente, olvidando que lo que estaba en juego
era algo más amplio: dejar claro que la función del Estado no es hacer que los
ciudadanos se sientan queridos y felices, sino velar por el bien general. Esto
puede parecer la receta para una derrota, pero el ofrecimiento de Churchill al
pueblo inglés fue “sangre, trabajo, lágrimas y sudor”, y el Primer Ministro
obtuvo apoyo.
Ahora, si la frase de Churchill suena a locura, no
es sólo porque sean estos otros tiempos, sino porque la costumbre de esperar la
satisfacción directamente desde el Estado (más que un orden que habilite para
conseguirla) ha calado tan hondo que a pocos se les ocurre cuestionarla. Alguien
que intente ganarle a Bachelet no en su propia cancha de generar sentimientos simpáticos
y afectuosos, sino que quiera cambiar la manera de entender la función del
gobierno y la política, tendría que ser un estadista, y en el modelo de nuestra
ex-presidenta, los estadistas no caben.