martes, 2 de abril de 2013

De tortas y economía

por Federico García (publicado en El Sur, de Concepción)

Revisando la biblioteca del internado rural donde alojé en los últimos trabajos sociales, encontré un pequeño  libro de educación cívica. Curioso, lo abrí, y encontré la vieja comparación entre las riquezas de un país y una torta. Las riquezas, decía el texto, son como una torta, a la que todos tienen derecho. El problema, seguía, es que a algunos les tocan pedazos muy grandes y a otros muy pequeños.

La imagen es poderosa, sobre todo para una mente en su infancia, pero incompleta. Se la puede llevar más lejos y obtener una visión más matizada. La riqueza de un país no “está ahí” para ser repartida: hay que crearla. Siguiendo con la analogía, las tortas no aparecen solas, alguien las hornea; sólo ahí se puede pensar en repartir.

Ese que hace la torta (emprendedor, empresario, innovador) toma algo que por sí solo sirve de poco (nadie quiere comer harina o huevos crudos) y con sus ideas y trabajo hace algo muy apetecido,  tanto, que algunos, que suelen ser los dueños  del cuchillo, inmediatamente piensan en el reparto sin preguntar la opinión del que hizo la torta.

La justicia del reparto no es algo que se pueda determinar por una fórmula, hay varios elementos a considerar. Primero, que la generación de riqueza implica la creación de algo nuevo: la torta no es reducible a sus componentes, la idea –lo nuevo– es esencial, pues sin ella no hay torta. La capacidad de llevar una idea a la práctica –coordinar la producción de ingredientes y combinarlos– lo es casi todo: es lo que hace que surja el valor económico a partir de lo que vale menos económicamente. La labor de quienes hacen esto merece una recompensa adecuada, ya que de ella dependen y derivan su valor económico los otros trabajos.

Segundo, quien crea riqueza no puede hacerlo sólo; depende de una sociedad, que, entre otras cosas, contiene una economía de dinero y un marco legal que le brinda seguridad para emprender su trabajo. Hay países donde se puede crear riqueza y otros en que la corrupción, desorden y control burocrático lo hacen muy difícil. Depende también del trabajo de otros para poder llevar a cabo su emprendimiento. Debe, por lo tanto, retribuir a la sociedad y a quienes participan en su mismo empeño.

Quien hornea la torta –por ser quien agrega valor al trabajo de otros al coordinarlos– suele quedar con el sartén por el mango. Quienes le prestan ayuda o proveen de ingredientes, al no tener otras alternativas corren el riesgo de tener que conformarse con un pedazo muy chico, que siempre será mejor que lo poco que tienen: harina cruda o tiempo vacío. Es la tentación del empresario: que a la hora de decidir cuánto ha de retribuir, en vez de ver hombres que contribuyen a su empresa, vea sólo factores económicos que deben ser optimizados.

Por lo demás, si el que hornea la torta retribuye lo menos posible, en vez de considerar en lo que aportan la sociedad en general y los demás involucrados, en particular, a su empresa, se corre el riesgo que el sentimiento de malestar se vuelva contra la misma empresa. Pero esto es una consideración práctica, no de justicia.

Todo esto puede considerarse sin omitir que las relaciones de producción y distribución son complejas, y por eso, para hablar de economía –aunque sea de ética económica– hay que haber estudiado el tema. Reducirlo a unos pocos lugares comunes no hace justicia a la realidad. 

1 comentario:

  1. De tanto oír del reparto de tortas ya no se piensa en lo que ha costado hacerla, sólo en repartirla. Qué bueno que nos recuerdes la parte de la mezcla y del horneo.

    Saludos

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