martes, 15 de mayo de 2012

¿Y si la educación fuera un bien de consumo?

por Federico García (publicado en El Sur, de Concepción)

Los nuevos líderes del movimiento estudiantil han recordado hace poco que para el Presidente la educación era un bien de consumo. Muchos rasgamos vestiduras cuando dijo eso, y con razón, porque la formación de personas no es un intercambio comercial. Sin embargo, por desacertadas que hayan sido las palabras del Presidente, merecen consideración, pues esconden más de lo que aparentan.

Esto me quedó clarísimo un día de clases frente a un curso apático y distraído. Busqué la manera de motivar a los alumnos para que se tomaran en serio mi ramo, que no les era muy atractivo. Les pregunté si acaso la educación era un bien de consumo. Con eso capté su atención. Respondieron unánimemente que no, por supuesto. Entonces les pedí que imaginaran por un momento que la educación –más específicamente, mi ramo- era un bien de consumo por el que habían pagado con anticipación. ¿Cuál sería su actitud entonces?

“Piensen -les dije- que el profesor es el fabricante de un ‘producto’ llamado educación. El fabricante o proveedor debe, por contrato, entregar el ‘producto’ durante un tiempo determinado y a una hora determinada. Depende del ‘consumidor’ -ellos- si acude a recibirlo, y cómo y cuánto aprovecha el ‘producto’ educación.”

El llamado de atención surtió efecto y se dieron cuenta que el que llega atrasado, el que se distrae y conversa en clases, el que se queda dormido o comienza a cerrar el cuaderno antes de que la clase termine, claramente –con sus actos lo demuestra- no piensa que la educación sea un bien de consumo sino algo bastante inferior, que trata con bastante menos consideración que a cualquier cosa que compra en algún vilipendiado mall.

Al parecer, la indignación suscitada por la comparación del Presidente no es más que una reacción visceral, pero que tapa el hecho que, para muchos, los bienes de consumo son lo realmente deseable, y la educación, a lo más, un medio para conseguirlos.

Antes de indignarse por una frase desafortunada convendría averiguar qué lugar ocupa la educación en la escala de importancia de cada uno. ¿Se presta más atención a la vitrina de una tienda que al pizarrón? ¿Se lee con más atención el menú de un local de comida que el texto asignado por el profesor? ¿Se valoran más dos horas de clases que el concierto de un grupo de moda? (¿A cuál se llega atrasado y a cuál con anticipación? ¿En cuál se pide que la función termine antes de lo previsto y dónde se pide “otra, otra”?).

Se podría llegar a pensar que al equiparar la educación con un bien de consumo se le hace un favor, ya que hoy no hay lugar para bienes que no sean de consumo, y lo que no está dentro del consumo simplemente no existe. Pero sabemos que los bienes materiales y la educación son cosas distintas. Ahora, si la educación no es un bien de consumo, hay que aclarar qué es y eso exige una noción del hombre educado, cosa compleja. Por el momento, mis alumnos entendieron que la educación se merece, al menos, el trato de un bien de consumo.

2 comentarios:

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  2. Interesante columna, Federico. Yo aportaría lo siguiente:En tanto la "educación" engloba practicamente la totalidad de la experiencia humana en socialización, muchas categorías pueden imponerse sobre ella desde la lógica del sentido común, o bien, desde análisis más depurados.
    Una de estas miradas es la de "bien de consumo". Ahondando en esta imposición, señalaría lo siguiente. Actualmente, la instrucción (llámese profecionalización) de los habitantes de nuestro país y, así también en el mundo, se ha vuelto una necesidad compulsiva. Pero no vista necesariamente como necesidad compulsiva para aportar a la sociedad desde distintas visiones técnicas unicamente, si no que necesidad compulsiva en términos de asegurarse a futuro una plaza laboral y, en definitiva, una vida "segura", todo esto, a costa de esta inversión llamada "educación". A esto se le suma la representación social adherida a las distintas profesiones y cartones de los tipos más variados (licenciado, magister, doctor).

    Cuando llegamos a este punto, y la actividad de instruirse o formarse en un determinado campo se vuelve una imposición cultural para sobrevivir, aquellos jóvenes que ingresan por una especie de inercia al sistema de educación superior (así como también escolar) comienzan -tarde o temprano- a buscar el sentido a todo este camino. Muchas respuestas pueden asomarse ahí; unos encontrarán el sentido en el dinero a futuro, otros en la ayuda a los demás, otros simplemente no encontrarán el sentido, otros una mezcla de todas las anteriores y así. Finalmente, el producto de esto es lo que usted ve en su clase: jóvenes desmotivados, con una lista de prioridades bastante distinta a la que personas como usted pretendería encontrar. Ante este panorama, llega la hora de realizar apuestas. Por un lado, aquellos profesores encargados de asumir a estos grupos humanos, podrían realizar reflexiones (similares a la que hizo usted, por ejemplo) acerca de la importancia de educarse, de formarse en esa profesión determinada, del contexto nacional, entre muchas otras.Para cerrar, y exponiendo mi propia apuesta, creo que el camino es resignificar la educación hacia el encuentro con uno mismo. Conocer el mundo y sus distintas posibilidades, y explorar en nuestro interior buscando por las cosas que nos motivan a despertar por la mañana, aquellas que consideramos importantes para nuestra vida. Deconstruir el significado asociado socialmente a las distintas carreras y la educacación, para luego construir una visión personal acerca del mundo que nos rodea. Por seguro, haciendo esa reflexión, muchos se volcarán y desviarán a otros caminos, pero lo importante, en su fin último, es la plenitud personal en interacción con otros.

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