martes, 18 de junio de 2019

La enseñanza de la historia

La reciente eliminación de la asignatura de historia del programa obligatorio para tercero y cuarto medio suscita las reacciones esperadas. Nadie se mostró a favor del cambio y el gobierno tuvo que dar explicaciones. Esto ya ha había pasado cuando se propuso eliminar filosofía, todo muy predecible. La discusión, en cualquier caso, es casi, casi puramente teórica: los problemas de la educación en Chile son tantos y tan diferentes, que un cambio en el programa no afecta mucho lo que aprenden los alumnos. Sin embargo, esta preocupación tan superficial por la enseñanza de la historia (la controversia pasará pronto para dar lugar a otras preocupaciones) puede dejar algunas lecciones útiles, no para los estudiantes absorbidos por sus pantallas, sino para los adultos que se dedican a hablar de estas cosas cuando son noticia.

Quizás la primera lección es respecto al hecho mismo del cambio. No porque haya un cambio necesariamente habrá una mejora. Puede que lo que conveniente sea hacer bien lo que se supone que hay que hacer antes de intentar hacer algo distinto. La siguiente lección es básica, aunque cueste una vida aprenderla: siempre es una cosa por otra, no se puede tenerlo todo. Sería ideal que los estudiantes estudiaran de todo y en profundidad, pero un día sólo alcanza para tanto. De esto se sigue, como corolario, que no puede enseñarse en el colegio (tampoco en la Universidad) todo lo que es necesario y bueno para la vida, y la implicancia es que un estudiante suficientemente maduro como para movilizarse y protestar debe poner de su parte para aprender lo que considera valioso y que no está recibiendo en el colegio. Lo mismo se aplica a los padres.

Conviene considerar, también, que los programas existen en el papel, pero la realidad se da en sala de clases. De nada sirve -más que para sentirnos satisfechos de nosotros mismos- que en el programa haya muchas horas de historia y filosofía si las clases de dichas materias son deficientes por la indisciplina en el aula, la falta de interés de los alumnos, o la baja capacidad o formación del profesor. Quizás haya que comenzar reformulando los programas de las escuelas de pedagogía (tan llenos de forma y faltos de contenido).

Las consideraciones anteriores necesariamente llevan a las preguntas más fundamentales sobre la educación, sobre todo escolar: ¿Qué es lo que se quiere o espera del colegio? ¿Que prepare para el ingreso a la universidad, que prepare para el desempeño en la educación superior, que prepare para la “la vida” o “futuro”, o que entregue cultura general, que genere buenos ciudadanos para la República? Y estas preguntas no pueden responderse totalmente, porque en una sociedad como la nuestra, que intenta ser pluralista, hay demasiadas ideas incompatibles acerca de lo bueno. Quizás la lección más importante que deba extraerse de esto sea que a lo mejor no es bueno que un ente burocrático estatal, como el Ministerio de Educación, controle de manera directa o indirecta como se forma a los jóvenes, pero ningún gobierno se atrevería a implementar un cambio de ese tipo.

domingo, 23 de septiembre de 2018

El anónimo amenazador

Donald Trump es un presidente popular –aunque quizás algunos prefieran decir populista. Popular, no en el sentido de ser preferido por la gran mayoría: en las democracias modernas los triunfos suelen ser por un estrecho margen y en Estados Unidos se puede llegar a ganar una elección por debajo de ese margen. Trump es popular, pero también tremendamente impopular. No sólo lo rechaza una inmensa minoría, sino que incluso algunos de quienes votaron por él lo hicieron sólo para evitar una alternativa peor. Pero es popular en el sentido de que sus opiniones son las de lo que habitualmente se ha llamado el pueblo (o también el vulgo), contrapuesto a la élite, que se precia de tener opiniones ilustradas y sofisticadas.  Entre este tipo de opiniones se encuentran algunas como que la patria y soberanía están por sobre los organismos internacionales, que una familia grande y unida –compuesta de padre, madre e hijos– es algo bueno, que las fuerzas armadas son elemento positivo, que la pena de muerte es un castigo adecuado para ciertos crímenes y otras que es mejor no poner para no irritar a los políticamente correctos.

La narrativa que llevó a Trump a la presidencia de los EE.UU. se basa en esto: la élite constituida por los gerentes de las empresas transnacionales, las burocracias administrativas y políticos de carrera (el “Estado Profundo”), los organismos internacionales y, por supuesto, los grandes medios de comunicación, promueve una agenda política y económica ajena a los intereses de la nación (la nación es un concepto pasado de moda para la elite cosmopolita) y se encuentra totalmente desvinculada del sentir popular que él representa.

La élite progresista, sobra decirlo, piensa que esta sensibilidad es de palurdos retrógrados que quedaron al margen de la historia. Pero la historia da muchas vueltas y lo que estaba al margen pasó a al centro: la progresía no podía creer que había perdido una elección que daba por ganada (después de la iluminada presidencia de Obama era imposible volver atrás). La campaña contra Trump ha sido constante y él mismo –con sus palabras y comportamiento presente y pasado– no deja de suministrar abundante material a sus detractores. Pero ellos, viniendo de posiciones élite en la prensa, la política (incluido su propio partido), el mundo del espectáculo, etc. entran en el escenario de juego que el mismo Trump ha marcado.

Uno de los últimos hechos de esta oposición es una columna anónima publicada en el New York Times no pasó desapercibida en los medios chilenos. En ella, un alto funcionario de la administración contrario a la gestión de Trump cuenta cómo él y otros trabajan secretamente, desde dentro, para impedir que se realicen los proyectos del presidente, por bien del país. Aquí en Chile, algunos se cuadraron con la decisión del Times indicando que la amenaza que Trump representa para la democracia amerita tomar medidas inusuales como publicar textos anónimos. (Es notable la facilidad con que algunos reconocen amenazas para la democracia en gobernantes elegidos democráticamente, siempre que no sea en Chile.) Lo que el Times  y sus pares chilenos no llegaron a considerar es que el hecho encaja perfectamente con la narrativa del presidente: paradójicamente, al darle voz a una oposición interna encubierta, el Times le dio la razón a Trump.

lunes, 15 de enero de 2018

El ciudadano promedio de Kast y Bellolio

Ha sido interesante leer el intercambio de columnas entre Cristóbal Bellolio y José Antonio Kast, publicadas en The Clinic. Quizás sea demasiado comentar sobre lo ya comentado, pero como estamos en verano se le puede dedicar algo de tiempo a estas cosas. Sin duda Kast ha sido un fenómeno. Habiendo renunciado a su partido, pudo juntar las firmas necesarias para presentar una candidatura presidencial independiente y alcanzar una votación inesperadamente alta, con pocos medios económicos, corriendo contra un candidato competitivo de su sector y con la oposición de importantes miembros de su antiguo partido. Si a esto se le suma un discurso directo y poco conciliador, es sorprendente que haya alcanzado una votación superior a la de una candidata de uno de los partidos políticos más establecidos.

Por supuesto, el candidato tocó una tecla del electorado y el intelectual progresista exige una explicación. Surge, de manera casi automática, la comparación con Donald Trump, el fantasma del populismo de derecha. Pero tal como los que se equivocaron rotundamente respecto del futuro de Trump no son los más indicados para explicar su triunfo, tampoco lo son quienes se sorprenden con la votación de Kast (nos explican cómo pasó lo que ayer nos decían que era imposible). En este sentido la columna de Bellolio es especialmente iluminadora, no por lo que dice de Kast, sino por lo que muestra de Bellolio. Para empezar, podemos destacar la siguiente frase: “Tanto Trump como JAK dicen hablar por el ciudadano promedio –que en su imaginario es hombre, blanco, maduro, heterosexual, creyente y patriota.” No hace falta de defender a Kast, que ya lo hace en su respuesta a Bellolio. Para el caso, da lo mismo lo que Kast piense que sea el ciudadano promedio. Lo que resulta chocante es que Bellolio no ve que basta un acceso muy general a las estadísticas nacionales para darse cuenta de que el ciudadano promedio es como lo que, según él, cree Kast.

Vamos por partes. Hombre: un poco menos de la mitad de la población es masculina. No alcanza a ser el promedio, pero se acerca. En todo caso, Kast tiene el apoyo de mujeres (comenzado por las de su familia) así que atribuirle una creencia de ese tipo podría implicar hasta mala fe. Blanco: el tema racial en Chile es complicado, pero al menos se puede decir no sólo que el promedio, sino que la gran mayoría de los chilenos descendemos de españoles y de otros europeos. Si acaso el ciudadano promedio es o se considera blanco requiere más estudio. Maduro: basta ver la pirámide poblacional chilena para darse cuenta de que nuestro promedio de edad no hace más que subir. Heterosexual: de nuevo, la gran mayoría de la población es heterosexual, aun tomando como parámetro las cifras más elevadas sobre la población homosexual. Creyente: lo mismo, la gran mayoría de la población adhiere a algún credo. Patriota: no conozco datos al respecto –y habría que definir el término– pero no parece descabellado pensar que la mayoría de la gente siente algún tipo de amor por la comunidad nacional a la que llama patria.

Por lo tanto, si Bellolio tiene razón respecto de lo Kast cree, entonces Kast tiene razón sobre la realidad nacional. El paso a la segunda tesis de la columna es un poco más complejo. ¿Acaso el votante promedio se siente amenazado por “el otro”? Esto se puede abordar desde la teoría o la práctica. En teoría, podemos decir que si hay visiones del mundo que son incompatibles, una tendrá que imponerse sobre la otra dentro de una misma comunidad. Por ejemplo, si uno cree que las fronteras nacionales son cosa del pasado y otro quiere conservarlas, no es posible que cada uno siga “su proyecto de vida” de manera independiente, como quiere el liberal. Podemos hacer reglas para resolver estas diputas, pero, por una parte unos verán su visión de las cosas confirmada y otros no, y por otra, hay llegar a un acuerdo para poder hacer esas reglas, lo que prolonga el debate (de ahí el asunto Constitucional). En la misma línea, la pluralidad de las formas y proyectos de vida naturalmente tiende a crear grupos con intereses distintos, que van a entrar en conflicto por la conformación general del todo. Las minorías convencidas, organizadas, financiadas y con elementos bien posicionados pueden llegar a imponer sus puntos de vista, pero de cuando en cuando –y cuando esas posturas se hacen extremas– la mayoría hace sentir su voz (de eso se trataba la democracia). Que el liberalismo no sea sustentable, de hecho, ni siquiera coherente, es algo necesariamente tiene que pesarle a los liberales aunque no deba sorprenderles. En la práctica, es cosa de ver lo que escribe Bellolio. Habla de “canutos delirantes” y de “viejos decrépitos”. Ese tipo de desprecio, que viene del mismo Bellolio, confirma lo que él dice que creen Kast y sus votantes,  sólo que no llega a considerar que puedan tener razón. 

lunes, 23 de octubre de 2017

Visita papal y Estado laico

“¡Que viva el Papa! (pero que viva lejos)” pareciera el lema de tantos que no dejan de hablar sobre el costo económico de la visita de Francisco. No es sorpresa, estas inquietudes económico-religiosas son tan antiguas como el Evangelio mismo: “uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dijo: ‘¿Por qué no se vendió este perfume en trescientos denarios para dárselos a los pobres?’. Dijo esto, no porque se interesaba por los pobres, sino porque era ladrón y, como estaba encargado de la bolsa común, robaba lo que se ponía en ella. Jesús le respondió: ‘Déjala... ’” (Jn 12: 4-7).

Ah, pero no se trata del costo en sí, sino de que el Estado tenga que asumir una buena parte de él, y más encima que de facilidades tributarias a las empresas que hagan donaciones para cubrirlo. No hay que pensar mal, tratándose del uso de platas fiscales todos estamos igualmente indignados por los despilfarros de los que nos enteramos –no nos queda otra– por la prensa. Pero si acaso el dinero destinado a los gastos de la visita papal hubiese sido mejor usado en otras cosas o hubiese terminado quién sabe dónde, es un asunto distinto. Tampoco se trata de sacar cálculos: si los muchos argentinos que vendrán a ver al Papa dejarán ingresos equivalentes a los gastos, o si la presencia en los medios internacionales que tendrá el país de alguna manera compensa los costos, son cosas marginales. Es una cuestión de principio. No se trata aquí de recibir a un jefe de Estado, como a tantos otros, porque este viaje es pastoral. Todo esto ha llevado a algunos a preguntarse qué tan laico es el Estado de Chile. La respuesta es sencilla en teoría, lo que es más complicado es la relación que tiene un estado laico con una sociedad que es mayoritariamente creyente.

No basta con repetir la consigna de que el Estado ha de ser neutral frente la religión. Por una parte, simplemente no se puede: la pretensión de neutralidad frente a este tipo cosas, aunque sea uno los pilares de la modernidad liberal, es ya un juicio sobre ellas. Además, la realidad es siempre más compleja de lo quisiéramos. El Estado laico puede tratar a las religiones –sin tener una religión oficial– como a cualquier otra iniciativa importante para los ciudadanos y promovida por ellos: así como entrega dinero y reconocimiento a deportistas y a artistas –y la distribución de recursos limitados siempre implica abandonar la neutralidad– no habría razón para escandalizarse porque se entreguen recursos para la venida del Papa. Pero la religión, sobre todo la religión católica, no es una iniciativa más de la que participen los chilenos. La Iglesia estaba en el territorio antes de la configuración actual del Estado y probablemente seguirá estando después de que el Estado de Chile, tal como lo conocemos, desaparezca. No tiene simplemente un valor patrimonial y una presencia histórica, sino que ha configurado la cultura y la sociedad a un nivel que es difícil de reconocer, simplemente por lo habitual: es cosa de considerar el descanso dominical, los nombres que usamos, la celebración de fiestas como la Navidad, etc. Incluso la misma distinción entre lo religioso y lo político es una idea cristiana. Todo esto puede afirmarse o rechazarse, sin imponerse, pero no tan sencillo permanecer simplemente neutral.

viernes, 18 de noviembre de 2016

Elección de Trump: todavía no es el apocalipsis

Lo más notable de la elección de Donald Trump como presidente de los EE.UU. ha sido la reacción de sus opositores, incluso en países como el nuestro: de la negación a la histeria, pasando por todo tipo de posteos extremos en las redes sociales y comentarios en medios más tradicionales. Se dijo que había ganado el odio y la intolerancia pero en realidad el triunfo de Trump sacó a la luz todo el odio e intolerancia que sus opositores llevaban dentro. De alguna manera, los partidarios de Clinton no vieron al verdadero Trump (de lo contrario no se hubieran equivocado tanto en sus prediccionessino que proyectaron hacia él sus propios miedos e inseguridades. Donald Trump ha sido comparado con Hitler y Chávez, en las páginas de El Mercurio. Se escribió que su elección significaba el triunfo de la paranoia y del rechazo al que es diferente, sin considerar el rechazo que suscitaban los electores de Trump, los “deplorables” o simplemente “los malos”entre la clase bien pensante. Los que están firmes junto al pueblo no pueden soportar que el pueblo no siga sus dictados.  

Pero no va a pasar nada grave, para la tranquilidad de los tolerantes y democráticos que todavía no recobran la calma. En Estados Unidos no existe la tradición de perpetuarse en el poder mediante la manipulación de las Constitución. Ya tendrán otra oportunidad. Cierto que esto es de poco consuelo para quienes que por no salir de su burbuja vieron el triunfo tan cercano y consideran el poder casi como un derecho. Pero las raíces de la reacción histérica al triunfo del candidato republicano se hunden más profundamente: la indignación es moral, no meramente política. No es simple tristeza por una derrota, es la impotencia frente a una realidad inaceptable, la perplejidad ante un mundo que parecía seguro y que repentinamente se desmorona y parece carecer de sentido.  

Esta moralización de la política lleva a ver la deliberación sobre la vida común no como un ejercicio en conjunto para llegar a decisiones aceptables, sino como una contienda entre buenos y malos (o entre progreso y reacción). Los oponentes no están simplemente equivocados sobre lo que es mejor para la sociedad: tienen mala intención y, como son malos, se los puede insultar y despreciar sin cargo de conciencia: no tienen derechos. La posición de superioridad moral, además de ser satisfactoria es tan agradable sentirse bueno es muy cómoda porque no exige hacer nada en concreto, sólo asumir públicamente ciertas posturas. En cierto sentido esta polarización de la política es inevitable en la medida en que la sociedad pierde, o ha perdido, una noción común de lo bueno, pero es eso mismo, la noción de un bien común contra la idea de un pluralismo relativista o una política de identidad de grupos, lo que divide a la sociedad sin pueda vislumbrarse una posible salida. 

Reconocer esta situación sería aceptar que el conflicto va más allá de lo que podría aguantar la democracia, pero el sistema todavía resiste: el conflicto se da en las urnas aunque algunos quieran llevarlo a las calles. Si esto no va a llegar más lejos, un primer paso para quienes han sido derrotados en esta elección ya sea real o simbólicamente sería un intento serio de comprender a sus contrarios e intentar una refutación que vaya más allá de la condena moralizante o del desprecio. Eso sería un intento por recuperar o construir algo en común, claro que es más fácil revolcarse en la autocompasión y la victimización, y echarle la culpa a otros, a los malos. 

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Rodeo, mecanicismo y new age

La discusión en torno al rodeo no tiene mucho sentido: los puntos de vista que se oponen son un excelente ejemplo de inconmesurabilidad. Sin embargo, con el espíritu alegre de estos días, se puede intentar aplicar a este tema algunas teorías y ver qué pasa, sin siquiera tener que entrar en temas morales.

Una aproximación al rodeo es derechamente negar el sufrimiento del animal, afirmando que el animal, como es simplemente un conjunto de partes que están en un mismo lugar no puede sentir dolor: no hay “un” ser que pueda sentirse adolorido, sólo una pluralidad de elementos que funcionan coordinadamente. Esto parece ir en contra de la evidencia más elemental; todos han visto como el novillo reacciona ante el caballo y como muge al verse golpeado. ¿Pero cuál es la diferencia entre el mugido de un novillo y el sonido que hace la alarma de un auto cuando se lo golpea? ¿Le duele al auto, y lo expresa haciendo un sonido? ¿Cuál es la diferencia entre un ser vivo y una máquina compleja? Frente a una objeción como esta se hace necesario formular una teoría de los seres vivos que supere el mecanismo subyacente a gran parte del pensamiento contemporáneo y eso lleva la discusión sobre el rodeo a profundidades no previstas.

Otra aproximación al problema consiste en negar el dolor del animal desde la experiencia personal: “el novillo no siente dolor durante el rodeo, es más, la adrenalina provocada por la persecución hace que el rodeo sea para él una experiencia apasionante”. ¿Cómo puede saberse eso, si es imposible entenderse con el animal? (Es complicado pretender conocer la subjetividad de un ser del que ni siquiera podemos estar seguro que tiene subjetividad.) “Yo lo sé, porque en una de mis vidas anteriores fui un novillo, y correr el rodeo es una de las memorias más gratificantes que me quedan”. Ante una apelación a un testimonio de ese tipo, el argumento se detiene abruptamente, primero, por un asunto de lealtades: se supone que la gente que cree en la reencarnación está en contra de cosas como el rodeo, y en segundo lugar, porque la refutación implica examinar la naturaleza del alma humana y eso lleva la discusión a alturas a las que no todos están acostumbrados.

Hasta la cuestión más simple puede volverse enrevesada con un par de preguntas, pero este hecho no es excusa para ignorarlas y quedarse en fáciles argumentos emocionales y moralistas. En ninguno de los casos queda zanjada la cuestión, y mientras tanto, dicen las reglas de los debates, mientras quien tiene la carga la prueba no pueda probar nada, se mantiene el statu quo. 

jueves, 8 de septiembre de 2016

El mito fundacional

El mito es necesario. Un mito, una historia sagrada sobre los orígenes, forja los vínculos profundos para que una sociedad se mantenga unida. La historia mítica refuerza la identidad, canaliza las fuerzas destructivas hacia un enemigo común, distingue claramente entre buenos y malos, legitima el uso de la violencia. La narrativa, más que las ideas abstractas, es especialmente importante porque los seres humanos así entendemos nuestra vida. Por lo mismo, en una comunidad, quien no cree en el mito está en riesgo de quedar excluido. Se entiende, entonces, que la derecha, casi entera, ha aceptado el mito fundacional de la izquierda. El mito fundacional de la izquierda chilena actual tiene todos los elementos necesarios para constituirse en una religión política: profetas precursores, un mesías, un adversario, mártires, una iconografía particular, música sacra, etc.

La historia sagrada, incuestionable, discurre más o menos así. Salvador Allende era un demócrata sincero y convencido que encarnó las aspiraciones populares para un Chile mejor, en solidaridad con toda Latinoamérica. Sin embargo, no pudo llevar a cabo su proyecto, porque una conjunción de intereses extranjeros y oligárquicos –que querían mantener al pueblo subyugado– logró derrocarlo no por la cobardía de sus seguidores o porque el pueblo no estuviera de su lado, sino mediante el uso de fuerza superior. Esto dio paso a una violenta dictadura que persiguió implacablemente, como política de Estado, a los opositores que no lograron huir del país. No en vano el Gobierno Militar es calificado, por los más fervorosos, como una de las dictaduras más sangrientas de la historia. Fue un período oscuro, pero el enemigo fue finalmente derrotado tras una ardua lucha por la libertad (la llamada “recuperación de la democracia”).  Pero esto no ha acabado: hay quienes no han renegado completamente de sus creencias antiguas: tienen que ser desenmascarados y sometidos a un ritual de humillación purificadora; quedan todavía algunas prácticas inaceptables, tienen que ser eliminadas, gradualmente primero, totalmente después.

Esta es la fe de la izquierda, es lo que se enseña a las nuevas generaciones. Esta es su memoria (la memoria, subjetiva, no es lo mismo que la historia). Cuestionarla es grave, no se puede hacer en compañía respetable. La derecha vive un exilio en su propio país, no tiene una narrativa con la que pueda dar sentido a sus ideas inconexas, una historia que unifique su experiencia. No tiene memoria. Sólo le queda plegarse a un mito en el que ocupa un rol execrable. Si quiere sobrevivir tiene que hacer algo con este mito. Pero un mito no se desarticula con otro mito, sino con la crítica histórica (sólo un mito que resista la crítica histórica puede ser un mito verdadero).  La resistencia de los creyentes sinceros y de quienes se benefician (económica y políticamente) es siempre fuerte.

Como todo mito, el mito fundacional de la izquierda tiene elementos de verdad, pero en este caso, la desmitificación no es algo tan difícil de hacer ya que se trata de tiempos recientes y existen abundantes documentos, necesarios para la crítica. La declaración de la Cámara de Diputados y la carta de Eduardo Frei a Mariano Rumor, por ejemplo, son documentos elocuentes que pueden ser ignorados, pero no suprimidos. Hay una reveladora entrevista al mismo Allende y ciertas declaraciones de Patricio Aylwin que han sido preservadas para la memoria posterior. Puede demostrarse fácilmente que Allende no era un demócrata, ni que la izquierda “recuperó” la democracia burguesa en la que nunca creyó. No es difícil mostrar que el proyecto de la UP era totalitario y que no era apoyado por la mayoría. En fin, se podría seguir, pero no es esta la instancia para hacer este trabajo. Si acaso después de la desarticulación de los mitos es posible una sociedad cohesionada, es un problema aparte.