Al poco rato de hablar con él, el profesor visitante de los EE.UU. hizo un mea-culpa por lo que su país le había hecho al nuestro antes y durante 1973. No es la primera vez que un profesor visitante me pide perdón a nombre de su país por lo hechos pasados en los que él, personalmente no ha tenido participación ni responsabilidad (la uniformidad que impone la academia es notable). La primera vez, hace varios años, dejé pasar el asunto. Esta vez, sin embargo, decidí seguir un poco la conversación para ver cómo terminaba. Sin llegar a decirle que sus consideraciones, por muy bien intencionadas que fueran, me parecían un ejemplo más de la típica condescendencia del mundo desarrollado hacia el nuestro, que más que hacer algo busca sentirse bien con sus propios sentimientos culposos (cómo si no fuera posible derrocar a un presidente frívolo e inepto como Allende sin la ayuda de una potencia mundial), le dije que no le diera tanto crédito a la CIA, que había otras fuerzas y factores en juego, etc. Pero insistió, insistió en que todo era culpa de su país, que los tremendos intereses de las compañías mineras estadounidenses habían sido la causa de la intervención militar. Ante su insistencia, mencioné que si bien la CIA había apoyado a la oposición, al gobierno de Allende no le faltó el apoyo de la KGB (así que se daba un cierto equilibrio). Aquí dio un pequeño respingo: que una organización malévola como la CIA apoyara a las malévolas fuerzas golpistas era esperable y casi obvio (¡lo sospeché desde un principio!), pero que otra organización malévola como la KGB o la Stasi apoyase a la buena gente de la Unidad Popular era sorprendente, casi un error en la matrix. De pronto, se abrió un panorama: la cosa no era tan simple como lo establecía la narrativa oficial, los buenos no eran tan buenos como se suponía y las motivaciones no eran tan claras como aparecían. (Cuando le insinué que el apoyo del bloque comunista a Allende había sido mayor que el apoyo de los EE.UU. a las fuerzas armadas chilenas ya casi no estaba escuchando.) Pero la conversación pronto derivó a otros temas. No se trataba de llegar a una mejor comprensión de la historia reciente de Chile, sino de mostrar una postura de altura moral. Eso se había logrado con las primeras declaraciones y una mayor reflexión sólo hacía peligrar eso.
martes, 28 de julio de 2015
martes, 21 de julio de 2015
Más sobre la copia
Hace unas semanas chileb.cl publicó un artículo sobre la copia. No es frecuente que se haga referencia a este problema cuando se habla de educación en Chile, de hecho, nadie comentó el artículo. El autor comenzaba aludiendo al problema moral que implica la copia, recordando que todos rasgamos vestiduras ante las faltas éticas de políticos y empresarios, pero que la falta de ética en los estudiantes es una conducta generalizada. (Como es casi imposible controlar la copia, suelo decirle a mis alumnos que si copian probablemente yo no los pille, pero que si lo hacen, no tienen derecho a quejarse del “sistema corrupto”: se hacen partícipes. La cara de sorpresa que ponen algunos es digna de verse.) Sin embargo, me parece que el autor de tan atingente artículo pasa, casi sin solución de continuidad, del problema moral al problema material. En énfasis final está en que los estudiantes aprueban sin aprender (lo cual es ciertamente un problema) y por ello serán malos profesionales.
Quisiera retomar el hilo argumental del artículo al que me refiero y complementar el aporte de su autor. Es cierto que la copia produce alumnos que aprueban sin aprender, pero también es cierto que se puede ser un profesional mediocre pasando a punta de copia o pasando a punta de 4.0, además la mayoría de las cosas que se aprenden en el aula se olvidan. Lo más grave de la copia, y esto hay repetirlo una y otra vez, es que atenta contra la verdad, y va creando un ambiente en el que la conducta inmoral, la mentira, no es percibida como tal. El pragmatismo que pone el resultado por sobre el modo de conseguirlo (el fin justifica los medios) puede ir permeando, después, a otras áreas de la vida: un ejemplo de ello es considerar que la copia es más mala por la falta de aprendizaje que por la falta a la verdad.
La información que tengo al respecto es anecdótica, pero son observaciones de personas que han estado en el lugar de los hechos, en contacto directo con los alumnos que copian. Se podría decir que al no ser científica y no aportar cifras, no es válida, pero por tratarse conductas morales, este tipo de información puede ser muy reveladora (además, obtener estadísticas fiables acerca de algo que implica engaño, es difícil).
Quisiera retomar el hilo argumental del artículo al que me refiero y complementar el aporte de su autor. Es cierto que la copia produce alumnos que aprueban sin aprender, pero también es cierto que se puede ser un profesional mediocre pasando a punta de copia o pasando a punta de 4.0, además la mayoría de las cosas que se aprenden en el aula se olvidan. Lo más grave de la copia, y esto hay repetirlo una y otra vez, es que atenta contra la verdad, y va creando un ambiente en el que la conducta inmoral, la mentira, no es percibida como tal. El pragmatismo que pone el resultado por sobre el modo de conseguirlo (el fin justifica los medios) puede ir permeando, después, a otras áreas de la vida: un ejemplo de ello es considerar que la copia es más mala por la falta de aprendizaje que por la falta a la verdad.
La información que tengo al respecto es anecdótica, pero son observaciones de personas que han estado en el lugar de los hechos, en contacto directo con los alumnos que copian. Se podría decir que al no ser científica y no aportar cifras, no es válida, pero por tratarse conductas morales, este tipo de información puede ser muy reveladora (además, obtener estadísticas fiables acerca de algo que implica engaño, es difícil).
La copia en Chile se considera “normal”. Quienes son testigos directos de ella, los estudiantes, no la consideran algo grave: “Le pregunté a mi compañero sobre la prueba, pero me dijo que la había copiado entera, así que no sabía si le había ido bien o no” me dijo una alumna como si nada. Puede causar cierto rechazo si produce algún perjuicio, como en el caso de las pruebas evaluadas con una escala relativa, pero sigue siendo algo completamente incorporado a la conducta: “Algunos de mis compañeros copian y eso me baja la nota –y ud. ¿no copia? – sí, pero sólo cuando estoy muy urgida.”
Se forma una especie de “punto ciego moral” que abarca a casi toda la población estudiantil. La mentira se ha establecido como el modo habitual de comportamiento, precisamente en el lugar dónde se supone que se busca la verdad. Como este comportamiento es una ceguera (nos afecta a los profesores también, que no tratamos la copia con la gravedad que se merece), no nos damos cuenta de lo que implica: una corrupción profunda del alma que ha insensibilizado parte de su conciencia. Frente a esa corrupción, el ideal –la honradez, la honestidad, la sinceridad– produce burla y rechazo.
Mientras tanto, se protesta contra las estructuras y se buscan grandes reformas, pero es más arduo reformar lo pequeño. Es difícil vislumbrar para Chile, en un futuro previsible al menos, un cambio en este ámbito, pero si se llama la atención repetidamente sobre el problema puede que más de alguno se lo tome en serio, aunque sea sólo en su vida personal.
martes, 14 de julio de 2015
El gobierno y la delincuencia
La gente, mediante “cacerolazos” y cartas a los diarios, le
pide al gobierno que detenga la ola de delincuencia. Es razonable: los gobiernos
se forman, entre otras cosas, para entregar seguridad, custodiar el orden
público y garantizar la tranquilidad y la paz. Pero no se saca nada con reclamar.
Este gobierno está de lado del delincuente y no del ciudadano común. No se trata
de algo explícito, no, pero de un sentimiento sutil que conforma una mentalidad.
Son ciertas ideas generales sobre el mundo, el hombre y la sociedad que van,
poco a poco, decantando en acciones u omisiones, en una tendencia.
Estos sentimientos e ideas de fondo suponen que el
delincuente, más que culpable, es víctima. Víctima de las estructuras injustas,
del sistema cruel (que hay que cambiar).
El crimen es, por lo tanto, una respuesta a una violencia ya presente en
la sociedad y el delincuente está en la vanguardia en la lucha contra el
sistema. Por otra parte, la policía, los jueces, las cárceles son parte de un
sistema represor (dispositivos disciplinarios) que oprime y criminaliza al que
no se conforma con esta sociedad injusta. El que comparte la ideología que
anima a nuestro gobierno no puede dejar de sentir cierta alegría cuando se
entera de un asalto en el barrio alto. Retazos de esta sensibilidad algunas
veces salen a la luz, como por ejemplo cuando una conocida periodista dice que
los asaltos debieran considerarse como un impuesto a la riqueza. ¿Qué ocurre
cuando un criminal asalta a una persona de izquierda? Será algo más que un
error, por algo en un país del norte se decía que un conservador es un liberal
que ha sido asaltado.
No viene al caso refutar esta mentalidad. Por una parte es
un insulto a todas las personas de bajos recursos que buscan mejorar su
condición mediante el trabajo y el estudio. Es un insulto, también, a la misma
humanidad del delincuente, que es considerado como un animal incapaz de acción
propia, que sólo responde al medio en que fue criado y los estímulos que recibe.
Muchos ya han llegado a la conclusión de que el gobierno no hará más que
cambios cosméticos, pero será completamente incapaz de controlar la delincuencia
por un problema de fondo, no de gestión. A los ciudadanos no les queda más que
defenderse por sí mismos: poner rejas, alarmas, luces, cámaras, cerrojos;
transformar sus casas en cárceles. Lo grave es que esa defensa no puede pasar
de ahí, si se usa la fuerza, hasta el punto de dañar al criminal, el ciudadano
honesto teme que la ley se vuelva en su contra, no se imagina vivir al otro
lado de la ley. Es, después de todo, un burgués viviendo bajo un régimen que lo
desprecia.
martes, 7 de julio de 2015
Aborto: derechos en cuestión
Comencemos considerando que el lector de estas líneas tiene
derecho a la vida. En concreto, este derecho consiste en que a uno no se le
puede despedazar, ahogar en una solución salina, triturar el cráneo, etc. Para hacer valer este derecho se recurre a las instituciones
y, en caso extremo, a la propia fuerza. Cuál sea el origen o fundamento de este
derecho no es algo para investigar ahora, basta con que el lector esté
convencido de que es titular del derecho a no ser asesinado. Pero aparte de la
pregunta por el fundamento de este derecho, pueden hacerse otras de alguna
manera relacionadas con la anterior: si tengo el derecho a la vida, ¿desde cuándo lo tengo?
y ¿quién más lo tiene?
Respondamos en primera persona. ¿Desde cuándo tengo derecho
a que se respete mi vida? Desde que yo soy
yo, obvio, dado que yo soy el titular. Pero desde cuándo hay un sujeto de
derechos, desde cuándo soy, eso ya no es tan obvio. Uno puede hacer memoria, y como
mínimo sabe que si hay recuerdos
conscientes, hay un titular del derecho a la vida. Cada uno sabrá qué edad tendría
cuando formó sus primeros recuerdos ¿Tres años? Bien, pero antes de eso, a los
once meses ¿tenía yo derecho a no ser muerto? Parece que sí, entre otras
razones porque once meses yo era yo, el mismo que soy ahora, aunque no lo
supiera. La auto-conciencia no parece
ser el criterio último de inicio del derecho a la vida. Por lo demás el sueño,
la anestesia, la borrachera o las drogas también anulan la conciencia pero no
quitan el derecho a la vida. Es cierto que el que pierde la conciencia por
estas causas la recupera después de un tiempo, sí, pero también el ser humano
demasiado joven para ser consciente la alcanza si se espera lo suficiente. La
continuidad del “yo” a través de los periodos de inconsciencia y llevada aún al
periodo anterior su inicio hace que nos replanteemos la cuestión. Quizás el
concepto clave aquí es el de continuidad. Si la conciencia no es continua, habrá
que ver qué es lo continuo, lo que da unidad. El comienzo de este continuo que
es la vida de cada uno tendrá que estar en un inicio que sea una ruptura con algo anterior o en una novedad (de lo
contrario nuestro “yo” se extendería indefinidamente hacia el pasado). El
nacimiento no es una ruptura tan grande como para ser ese inicio, porque es un
evento que puede ocurrir en distintos momentos para cada uno (nueve meses de gestación, ocho
meses y medio, etc.). Es decir, el suponer que ya hay un “uno” que espera nacer
indica que se existía antes de eso. De hecho, el único evento en la vida de
cada uno que supone una novedad, que no presupone que “uno” existe en el momento
anterior, es la concepción o fecundación, dónde dos se transforman en “uno” y
aparece algo o alguien realmente nuevo. Todo lo que viene después es un
continuo gradual: cambios de tamaño y figura, aumento de capacidades, etc.
Sobre lo segundo, sin entrar en el fundamento del derecho a
la vida, se puede responder que si alguien más tiene un derecho que yo tengo,
tendrá que ser alguien como uno, otro como yo. ¿En qué sentido como yo? Por
supuesto que no en un parecido superficial, tamaño, figura, capacidades; cosas
que admiten grados, de más o menos. De ser así, los que fueran más como uno
podrían reclamar el mismo derecho con más propiedad que los menos parecidos. Tendrá
que ser entonces un parecido en algo fundamental, que no admita de grados. Aunque no parezcan ser los términos más adecuados, se
podría formular así: si alguien más, si algún otro, tiene derecho a la vida,
ese otro tiene que ser el mismo tipo de
cosa que yo. Es decir, otro ser humano. Otro Homo sapiens. Y el feto, el embrión, lo es.
martes, 30 de junio de 2015
Los interminables debates de la democracia
Hace unos días leí una columna de un reconocido comentador
de la realidad nacional, en la que se decía que el debate acerca de la necesidad de nueva constitución para Chile ya estaba zanjado, haciendo salvedad de
algún pequeño grupo recalcitrante que probablemente nunca estaría de acuerdo. Más tarde me topé
con otra columna de opinión, en un medio alternativo, que afirmaba que la
legalización del aborto en Chile ya no era algo discutible. Es curioso observar
que primero se dice que en democracia todo puede discutirse, para luego declarar
que la discusión se acabó. La preguntas que surgen ante este tipo de afirmaciones, naturalmente,
es cómo puede saberse en una sociedad democrática cuándo un debate está zanjado
y quién puede decidir ese tipo de cosas. Tendría que haber un acuerdo previo
sobre esto, de no haberlo, el debate se transformaría en un mecanismo que el
más hábil usa para imponer su agenda. Pero nuestra sociedad es tan pluralista
que no existe un acuerdo acerca de cómo y cuándo dar por terminado un debate.
Es un problema que reconocerán los lectores de Alasdair MacIntyre: no tenemos
un acuerdo sobre cómo se llega a un acuerdo.
Una posibilidad es apelar a la mayoría, pero no es tan
simple. En algunos casos porque a la mayoría no le interesan los temas que se
debaten, pero sobre todo, porque las mayorías son cambiantes y dar por
terminado el debate en un momento dado entrega un resultado distinto que
hacerlo en algún otro momento. (Los debates empiezan cuando una minoría alcanza
suficiente influencia como para hacer oír su voz, y se dan por finalizados
cuando esa minoría deja de serlo, o da esa impresión al menos, y logra imponerse.)
Además, las mayorías no debaten, son influenciadas solamente por unos pocos que
debaten entre ellos. Quizás sería más honesto reconocer que en realidad los
debates en una democracia son asunto de una élite que los usa para imponer su
visión de las cosas sobre el resto de la sociedad. La promulgación de una ley tampoco puede ser el final de un debate, por un lado porque los debates se inician en torno a leyes ya existentes, y por otro, porque una nueva ley regula la conducta pero no la expresión e intercambio de ideas.
Puede ser tentador pensar que el debate debe ser una
conversación permanente, como diría Richard Rorty, en la que ninguna conclusión es definitiva
(como una sociedad pluralista no reconoce verdades universales, lo único que queda
es hablar para tratar de llegar a un consenso, siempre provisorio). Pero eso no
sirve cuando se trata de cuestiones prácticas, porque en algún momento hay que
dar la conversación por terminada y pasar a la acción. Un debate interminable
le daría toda la ventaja al que quiera conservar las cosas como están, y por lo
mismo, quien inicia el debate tiene todo el interés en declararlo zanjado
apenas alcance una pequeña mayoría, por temporal y circunstancial que sea. Este
desacuerdo profundo sobre cómo se puede llegar a un acuerdo en cosas
fundamentales es quizás la división más profunda de nuestras sociedades
pluralistas: si no se puede llegar a un conocimiento de estas cosas, y además
es necesario pasar de la palabra a la acción, lo único que va quedando es una
lucha de poder, por civilizada que sea en su modo.
martes, 23 de junio de 2015
Sobre el cambio de hora
Ha pasado el solsticio de invierno, los días empiezan a alargarse y hemos sobrevivido al nuevo sistema horario chileno. Nos han quedado algunas lecciones interesantes. Es destacable que el Estado tenga poder para fijar la hora: se suponía que las doce del día se definían por el punto más alto del sol en su recorrido (así como los cien grados se definen por la ebullición del agua), pero el parecer eso es demasiado incómodo y dado que es más fácil cambiar la hora que cambiar los horarios, el Estado decide cambiar la hora. En cualquier caso, las horas de luz cada día siguen siendo las mismas, el poder del estatal no ha llegado a tanto todavía. Ahora bien, la hora oficial puede ser la que sea, pero los horarios tienen que tener alguna relación con la realidad objetiva. En relación con esto recuerdo que los neoyorkinos se jactaban de que las oficinas financieras de Chicago tenían que empezar sus labores una hora antes (según la hora oficial), para poder estar a la par con Nueva York (en otro huso horario). Al parecer la nueva hora oficial de Chile no guarda mucha relación con la realidad horaria chilena.
En Chile la gran mayoría se ha mostrado en desacuerdo con el nuevo horario de invierno; al parecer los resultados no fueron los esperados. El Gobierno, sin embargo, no ha echado pie atrás. Esta es la primera lección y no necesita de mayor explicación. De ésta se sigue otra. Es notable que a pesar de las incomodidades de esta medida nadie haya pasado de los reclamos (abundantes en los medios de comunicación) a la acción. Ninguna municipalidad, universidad, asociación de colegios particulares, oficina, industria, etc., ha atrasado una hora el inicio y el fin de sus actividades para mejor ajustarse a sus necesidades o cuidar de su gente. Esto, por supuesto, sería algo muy complicado, pero llama la atención que no se haya hecho ni un intento siquiera. La sociedad ha sido incapaz de organizarse para algo más complejo que una marcha o una campaña de recolección de alimentos: lo que pasa de ahí lo espera del Estado; pide que se cambie la hora oficial en vez de ajustar su horario por su propia cuenta al margen de los dictados burocráticos. Es una señal para el gobierno: frente al desacuerdo con una medida impopular la oposición más fuerte que puede esperar de la gente que trabaja son cartas al diario. (Ni una marcha, manifestación, huelga o campaña de recolección de firmas). El gobierno puede hacer lo quiera, la gente común acatará con unos cuantos alegatos inútiles e inofensivos y acabará acostumbrándose. Esto no es ninguna sorpresa, después de todo, son las mismas lecciones del Transantiago.
martes, 16 de junio de 2015
“Ya no basta con rezar”
La base de la pasarela que está frente a la universidad sirve como lienzo para los muralistas que buscan trasmitir su mensaje. El estilo de las UMLEM (Unidades muralistas luchador Ernesto Miranda) es reconocible y no varía mucho de un mural a otro, se nota que se ha creado escuela. Estos murales no son grandes obras de arte pero sí son bastante expresivos (rostros de ojos grandes, mucho color rojo, contraste, etc.). Esta mañana, sin embargo, apareció una imagen distinta en la base de la pasarela: una reproducción del afiche de la película "Ya no basta con rezar" (Aldo Francia, 1972): un sacerdote, empuñando la mano izquierda y lanzando una piedra con la derecha, y en letras negras, la consigna que le da el nombre a la película (más de cuarenta años, que parece que pasan en vano: en Chile no hay mucha renovación política, en ningún sentido). Tiene su qué, el mensaje es directo: la universidad es una universidad católica.
Me llamó la atención la representación del sacerdote: con sotana y cuello romano. La costumbres han cambiado, pero la iconografía, no. Creo que es casi imposible que en sus vidas, los muralistas hayan visto por las calles a un sacerdote de carne y hueso vestido con sotana. Por de pronto, de los que hacen clases en la universidad ninguno usa sotana. Cuello romano, sí, pero tampoco todos van de riguroso negro. Hay alguno por ahí que no lleva nada que señale su condición clerical. En esto está la ironía, por supuesto. Los sacerdotes que andan de sotana, o al menos de traje y cuello romano, no tiran piedras, y si hay sacerdotes que tiran piedras (aunque desde antiguo los clérigos tienen prohibido empuñar las armas), esos no suelen andar de sotana ni usar el cuello romano. Es más, probablemente si hubiera algún sacerdote dedicado a tirar piedras, probablemente no podría ser reconocido como tal por su indumentaria externa: inútil, entonces, como modelo para un muralista que quiera interpelar a la Iglesia.
Más allá de la imagen, queda la consigna. ¿Querrán decir que a pesar de todo, de lo demás, hay que seguir rezando todavía? ¿Es que Dios no ha muerto aún, ni si quiera para los muralistas? Vale la pena preguntarse si quienes sinceramente escribieron eso en el muro, o adhieren a ello, han rezado lo suficiente como para poder llegar a pronunciar con propiedad una consigna así. La gente que conozco que reza, reconoce que reza demasiado poco como para poder decir que ese recurso está agotado. (Y si alguien se ha encontrado alguna vez con un alma de oración, sabrá que su mirada a la realidad es mucho más profunda y certera que la que pueda ser expresada en cualquier consigna.) Pero sólo quería referirme a un mural visto en la oscuridad de esta mañana.
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