martes, 1 de noviembre de 2011

Tu libertad termina donde empieza la mía ¿o al revés?

por Federico García (publicado en El Sur, de Concepción)

Entre los eslóganes de moda no hay ninguno con tanto potencial cómo este para hacer desagradable la vida de los demás.

Hace unos días trataba de trabajar en silencio mientras en la misma sala otra persona escuchaba música. ¿Quién pasaba a llevar los derechos del otro? ¿El que escuchaba música o el que pedía silencio? Un poco a mi izquierda había otro que evidentemente hacía uso de su libertad de prescindir del baño diario. El problema de las libertades, y el conflicto que se genera, ha estado presente en la mayoría de las recientes manifestaciones sociales: la libertad de manifestarse en la calle contra el derecho al orden público, el derecho parar las clases versus el derecho a estudiar, etc.

Que mi libertad termina donde empieza la del otro es, por eso, un eslogan vacío, por mucho que se le atribuya a un brillante pensador decimonónico. Vacío porque nadie sabe exactamente cuál es ese lugar donde termina la libertad de uno y empieza la del otro, y mucho menos quién y cómo fija ese límite. La discusión, tomando esta consigna como punto de partida, puede llegar al infinito.

¿Cómo se resuelve este conflicto cuando el eslogan no funciona? Una posibilidad es recurrir a la fuerza. Eso es justamente lo que hacen muchos para garantizar sus derechos auto conferidos. Pero el recurso a la fuerza -la ley de la selva- es justo lo que quiere evitar quien se apoya en esta idea. Ha de agradecerse al eslogan y a quien lo propuso el haber mostrado cuál es el problema, pero éste tendrá que ser resuelto por otra vía, porque esa frase será atractiva pero no tiene contenido.

El problema es que, cuando hay dos libertades con aspiraciones irreconciliables, una tiene que primar sobre la otra. No hay más salida. Si el eslogan pretende maximizar la libertad, lo cual es bueno, la vida cotidiana muestra que el límite a la libertad no lo puede poner la libertad de otros, a no ser que se quiera descender a la ley del más fuerte. Habrá que ver, entonces, cuál de las dos libertades en pugna tiene de su parte la razón o el derecho, pero esto implica apelar a algún bien superior a la libertad misma. Esto es algo que va más allá de la idea en la que se funda el famoso eslogan: demuestra que una sociedad no puede sustentarse en una mera evasión de conflictos (ilusoria, por lo demás) o dicho de modo abstracto, sobre un fundamento negativo.

¿Qué es eso que está por sobre la libertad? ¿Acaso no es la libertad el bien superior? Aunque parezca atractivo pensar así, es casi absurdo. Es casi absurdo porque la libertad es sólo una capacidad, y una capacidad necesita de un objeto para llegar a ser plena, es decir, si no se elige algo, la libertad termina en nada. Esto obliga a volver a una concepción de la sociedad fundada en una idea del bien común. Significa volver a una idea de la libertad que sea algo más que una ausencia de coerción, a una idea de la libertad entendida como “libertad para”, es decir, dirigida hacia algún bien. No es fácil determinar esto, pero la realidad suele ser compleja y reacia a acomodarse a fórmulas y soluciones fáciles. La gran pregunta es, entonces, dónde empieza el derecho a poner límites a la libertad de otros, y sobre todo, por qué.

martes, 18 de octubre de 2011

Democracia y tomas

por Federico García (publicado en El Sur, de Concepción)

Cuando le planteé, tímidamente, a un alumno partidario de la toma de su Facultad, que no tenía derecho a impedir asistir a clases a los alumnos que no estaban de acuerdo con la toma, me respondió "es que es la mejor manera de presionar". Yo creía que Platón había demostrado concluyentemente que el fin no justifica los medios, pero no puedo culpar a ese alumno de ignorarlo, si hasta él se da cuenta de que la educación que ha recibido no es muy buena. Cuando insistí diciendo que si la educación es un derecho no se puede impedir que haya clases para los que quieren recibirlas, respondió que la asamblea estudiantil, que era soberana, había decidido la toma, y había que respetar la decisión. ¡Qué obediencia a la autoridad! Por supuesto que no tenía idea quién le había otorgado a la asamblea estudiantil el poder de decidir esas cosas. Me pareció que una asamblea que se otorga a sí misma plenos poderes sobre otros está entre lo ridículo y lo totalitario.

Esa conversación me dejó pensando sobre la cuestión de la legitimidad del poder, incluido el poder democrático. ¿Quién puede darle poder a una mayoría para privar a la minoría de algo que se considera un derecho? La participación universal en la política se basa en la igualdad entre los seres humanos. Si todas las personas somos fundamentalmente iguales, entonces todas tenemos el mismo derecho a participar en el gobierno. Por el contrario, si hay personas que son, por la razón que sea, inherentemente superiores a otras, a aquellas les correspondería gobernar y a las demás obedecer.

Asumiendo que todas las personas son iguales y capaces de participar en el gobierno, un sistema que nace de manera casi natural es el de la decisión por mayoría de votos, ya no todos pueden ejercer el poder directa y simultáneamente. Pero es aquí donde una democracia puede demoler su propia base: si empieza a tratar a la minoría como objetos sin derechos (ya sea como medios de presión, de obtención de ventajas, etc.) y no como seres humanos iguales a la mayoría, se queda sin fundamento. Ya no es el gobierno del pueblo o el gobierno de iguales por sus iguales, entendiendo que todo el pueblo tiene derecho a participar en el gobierno, sino en el gobierno del más fuerte. El que la fuerza esté dada por números es sólo una circunstancia. Ahora, si se da esa situación, la minoría a la que no se le han respetado sus derechos podría llegar a comportarse de igual manera e imponerse mediante algún otro tipo de fuerza. Se ha socavado el fundamento de la democracia aunque el que gobierna por la fuerza use mecanismos en apariencia democráticos.

Intentar hacer de la voz de la mayoría la ley suprema, sin respetar ningún derecho pre-existente, es abrir una caja de Pandora que eventualmente acabará con la democracia en la que se apoya esta noción. Por eso es preocupante que idealistas estudiantes nieguen a otros sus derechos a estudiar o a trabajar, sólo porque una mayoría (bastante relativa por lo demás) lo decreta permisible, sin cuestionarse el derecho o la legitimidad del poder que ejercen.

jueves, 13 de octubre de 2011

Enseñar ética

por Federico García, publicado en El Diario de Concepción

Siempre ocurre que después de algún escándalo financiero, como el de Enron hace varios años o el más reciente de La Polar, suenan algunas voces indicando que es indispensable que se incorpore algún ramo de ética a los programas de Ingeniería Comercial, MBA y otros.

Los que impartimos cursos de ética, que ya están incorporados en muchos de estos programas, no podemos sino sonreír. ¡Cómo si obligar a la gente a estudiar ética fuera a hacerla buena! No es que no sirvan, pero no son lo más importante. Es que la ética es un saber práctico, de los que se aprende haciendo. Ninguna cantidad de horas escuchando lecciones de moral puede reemplazar al ejercicio diario de actos buenos, que llevan a una persona a tener una vida recta.

¿Cómo enseñar ética, entonces? Sin duda la reflexión sobre el actuar humano, en una bien pensada clase, puede ponerlo en una sólida base. Sin embargo, la enseñanza de la ética ocurre en todo momento, incluso en el aula, pero no en forma teórica. La enseñanza de la ética ocurre en primer lugar con el buen ejemplo del profesor, que llega a la hora porque es de justicia para con los estudiantes, que no regala las notas para evitarse malos ratos, que nunca termina la clase antes de la hora para congraciarse con sus alumnos, etc. La enseñanza de la ética se da también en las exigencias prácticas a los alumnos: cuando no se tolera la más mínima copia en pruebas, o no se deja pasar un trabajo mal hecho, por ejemplo, o cuando se hacen valer y no se relajan las indicaciones estipuladas en el programa al comienzo del año, cuando se le llama la atención, siempre, al alumno que llega atrasado porque la impuntualidad es una falta de respeto.

Esto se puede hacer en cualquier ramo, no sólo en ética. Y este tipo de enseñanza no es sola responsabilidad de quienes nos dedicamos profesionalmente al estudio de cuestiones morales, sino de todas las personas que tienen alguna incidencia en la educación de otras. Así se previenen, desde sus posibles orígenes, los desfalcos, la corrupción y otros males a gran escala. Si se descuida esto, sin embargo, el alumno de un MBA o de ingeniería comercial recibirá sus lecciones de ética empresarial, pero será un conocimiento vacío, que habrá llegado demasiado tarde por no estar respaldado en la práctica diaria, que es donde se enseña y se aprende la ética.

martes, 4 de octubre de 2011

Iglesia y Concertación

por Federico García
(publicado en El Sur, de Concepción)

Que los líderes de la Concertación no fuera al tradicional Te Deum en la Catedral de Santiago el pasado 18 de septiembre llamó la atención de todo Chile, y no sólo por la mala educación.

Aunque nadie esté obligado a ir a la Misa de Acción de Gracias, el Te Deum de Santiago siempre ha tenido buena concurrencia de parte de todos los sectores políticos. Sin ser parte del protocolo oficial, es una tradición –un rito republicano, si se quiere- que es importantes por lo que representa.

La ausencia de la izquierda este año no fue una simple omisión. ¿Una señal de la disolución del conglomerado del arco iris? ¿Una demostración práctica de que ni siquiera  sus dirigentes se consideran a sí mismos como líderes? ¿Una iniciativa para desmarcarse del Gobierno que pasa por encima de la necesidad de mostrar unidad nacional durante las fiestas patrias?

Difícil saberlo, pero probablemente haya algo más todavía. La Izquierda siempre se preocupó de mantener buenas y estables relaciones con la Iglesia. Mal que mal, estuvo muy necesitada de la ayuda eclesiástica durante el Gobierno Militar y en ella encontró protección. Durante los veinte años que siguieron, el gobierno concertacionista siempre recurrió a la Iglesia cuando se presentaba algún conflicto. A pesar de la separación entre Iglesia y Estado que existe desde 1925, los obispos mediaron con cuanto grupo había que pusiera al gobierno en apuros, y generalmente contribuyeron a alcanzar la paz. (Por qué los obispos no pidieron, a cambio de tantos servicios algunas garantías que impidieran la erosión de las buenas costumbres, es algo que no termino de entender).

¿Por qué esta repentina frialdad o distancia de la Concertación? Dentro de la ella siempre ha habido quienes hacen alarde de su condición de católicos. Recuerdo un candidato que aparecía en su foto de campaña con su parroquia de fondo. Uno de sus partidos incluso se declara oficialmente “cristiano” (en el nombre al menos). ¿Por qué este desaire concertado? ¿Será para que ciertos grupos o personas dentro de la Concertación se muestren más decididamente de un lado u otro? ¿Será para macar la identidad del nuevo conglomerado opositor?

Ni la historia, ni la antigua amistad y ni siquiera el peso de las tradiciones fueron razones suficientes para que los líderes de la izquierda nacional asistieran al Te Deum. ¿Será que ahora que no son gobierno la Iglesia ya no puede hacerles ningún servicio por lo que se la descarta? Si así fuera, este gesto habría mostrado la verdadera naturaleza de la antigua amistad, además de la tendencia muy chilena a actuar con mirada a corto plazo. Como sea, en Chile las memorias son frágiles y nadie se acuerda de nada pasados unos meses, por lo que darse un pequeño lujo faltando a la buena educación con viejos amigo, o atentando simbólicamente contra la unidad nacional puede no tener costo alguno. Quiera Dios que quienes tengan que sacar alguna lección de este impasse, lo hagan.

martes, 20 de septiembre de 2011

El movimiento estudiantil, por dentro

por Federico García (publicado en El Sur, de Concepción)

Los movimientos verdaderamente populares han sido pocos en la historia, porque las revoluciones no las hace el pueblo sino los intelectuales usando al pueblo como carne de cañón. El movimiento estudiantil no es una excepción.

No crea usted que el movimiento estudiantil es espontáneo. Ya el año pasado se hablaba de movilizaciones, pero los efectos del terremoto eran muy recientes como para llevarlas a cabo. Por eso lo de este año no pilló por sorpresa a ningún estudiante atento. Cuando empezaron las tomas y marchas callejeras recordé que un profesor de la universitario ya me había advertido que este año sería complejo: los comunistas eran “conservadores” al lado de los anarquistas que andaban agitando los ánimos en las distintas facultades.

Aunque el movimiento estudiantil tenga apoyo de la ciudadanía, no es un movimiento social sino político. Hay que notar que se gestó en las federaciones de estudiantes, hábilmente manejadas por unos pocos para obtener los resultados esperados. Cualquier cientista político sabe que los resultados de una elección pueden variar bastante según sea la forma de sufragio (los políticos también saben esto, por eso prefieren no cambiar el sistema binominal) y los dirigentes aprovechan esto cada vez que pueden.

No soy parte del movimiento estudiantil pero al tener contacto con la universidad he llegado a saber algunas cosas que quizás usted no sepa. Por ejemplo, es de notar que el número mínimo de asistentes a una asamblea, para que sea válida, es bajísimo en relación al total de alumnos de cada facultad. En casi todas las votaciones de las que he tenido noticia no alcanza a votar el 30% de los estudiantes. ¿Le parece un porcentaje que asegura la representación?  En cualquier país una elección que tuviera menos del 40% de participación sería un fracaso, pero en las federaciones eso no llama la atención.
 
El voto secreto, pilar de la democracia, es casi inexistente. Se vota a mano alzada con las consiguientes pifias a la minoría. Por supuesto que no se invita a observadores externos a las asambleas. ¿Se imagina una elección nacional dónde no pudiera haber observadores de otros países? Suscitaría sospechas, por decir lo menos. Podría seguir dando ejemplos de asambleas invalidadas por resquicios; estatutos y opciones de voto definidos entre cuatro paredes, etc. La democracia universitaria no pasa las pruebas más básicas que se le exigirían a cualquier otra.

La reacción contra de quienes han logrado hacer una oposición efectiva es la prueba más contundente del espíritu antidemocrático –y políticamente interesado- del movimiento. Usted ya habrá leído sobre funas a certámenes, funas con violencia física, por supuesto.

Por otra parte, si le queda alguna duda de que se trata de un movimiento político, vea el contenido de las demandas, y verá que exceden ampliamente lo académico, y con un sesgo bastante claro. Es natural que quienes organizan movilizaciones tengan ventaja sobre los que van a la universidad a aprender. Pero es inaceptable que un grupo ruidoso y con frecuencia violento le quite al resto, sea o no minoría, la oportunidad de estudiar.  Es demasiado exigirle a un alumno que estudie, y que además se defienda contra quienes no lo dejan estudiar. Pero no hay mal que dure cien años, y este, al parecer, no durará ni uno.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Filósofos en la calle

por Federico García
(publicado en El Mostrador)

Se supera a sí mismo Arturo Martínez. Hace pocos días fue el hazmerreír de las redes sociales al declarar que la culpa de la violencia en las manifestaciones era de los profesores de filosofía porque “a los cabros les llenan la cabeza de porquerías, para que salgan a tirar piedras y hacer desórdenes”. Su acusación me trae a la memoria la de Anito, Meleto y Licón: resulta que ahora, como en Atenas, los profesores de filosofía, al igual que Sócrates, somos culpables de corromper a la juventud. La verdad es que me honra que me comparen con el primero de los maestros.

Lo que no se imaginan los que se burlan del dirigente, es que tiene toda la razón. Parece imposible que de la sala de clases de un tranquilo profesor de filosofía pueda salir una turba violenta. ¿No se acuerdan que Abimael Guzmán, de Sendero Luminoso, era profesor de filosofía? (Claro que lo suyo no era Leibniz precisamente). Es que las ideas tienen consecuencias, como escribió hace tanto tiempo Richard M. Weaver, pero aun hay sectores en nuestro país que no se han enterado. Los hombres de acción son, casi siempre, títeres de los intelectuales.

Por lo demás, Martínez muestra una lógica de cierto rigor: si los “cabros” tiran piedras, es porque tienen la cabeza llena de porquerías (¿a alguien le cabe alguna duda?). Si tienen la cabeza llena de porquerías, esas porquerías tienen que venir de algún lado (evidente). Por lo tanto los responsables de la violencia son los que originan y transmiten esas ideas-porquerías que llenan las cabezas de los “cabros”. Lo más probable, por lo tanto, es que los responsables sean los profesores de filosofía, encargados de educar a la juventud sobre el mundo de las ideas. Brillante.  Martínez ejemplifica lo que han dicho algunos de los más grandes filósofos: que todos, en alguna medida, somos filósofos.

He ahí su acierto y su error. Porque son las ideas las que mueven al mundo, y cuando no son las ideas, son sus parientes pobres, las ideologías. Cualquier persona sensata se da cuenta de que lo que hay detrás del movimiento estudiantil es una ideología. Una ideología que promueve la división y que permite el uso de la violencia. No todos los que adhieren al movimiento la comparten, por supuesto, pero los ideólogos tienen un nombre un tanto despectivo para quienes adhieren sin convocar. Quizás no todos han recibido esa ideología de parte de sus profesores de filosofía, pero algunos sí. Es rescatable y alentador, en todo caso, que un dirigente sindical llame al anarquismo y al comunismo “porquerías”.

Tampoco todos los “cabros” que tienen la cabeza llena de porquerías, que son muchos, se dedican a la violencia. La mayoría de ellos vegeta, conectado a una pantalla luminosa que le permite realizar su fotosíntesis. Ellos también han tenido sus “profesores”, pero no en las aulas. Son los “educadores” informales: la publicidad, el cine, las redes sociales, la música. Ojalá los profesores de las aulas a los que alude Martínez tuviesen ese tipo de influencia. Estos “educadores” informales también entregan una cierta “filosofía” de vida, que tiene cierto parecido con la de Epicuro y a veces con la de Diógenes. Pero quienes están detrás de estos educadores informales, los proveedores de televisión, música y demases, se mueven por una filosofía distinta (más parecida a la de Smith) que nada tiene que ver con entregar a las personas un conocimiento realista del mundo. Los resultados son patentes en todos lados. ¿No tenía razón Lenin al decir que la misma burguesía vendería al comunismo la soga para que fuera ahorcada, y llegaría incluso a prestarle el dinero para ello? 

miércoles, 24 de agosto de 2011

Educación, pero no demasiada por favor

por Federico García
(publicado en El Sur, de Concepción)

Cuando les pregunté a mis alumnos cómo era la educación en Chile, respondieron que mala. Cuando les pregunté si su actitud contribuía a mejorar la situación, guardaron silencio. Se quejaban por la extensión de un texto que les mandé a leer, poco más de cincuenta páginas.

La educación de calidad requiere del esfuerzo de todos: de los estudiantes menos facebook, televisión y twitter, más lectura y estudio. Porque la educación no entra por osmosis, y como casi todo lo que vale, no es algo que inicialmente resulte agradable, fácil, ni breve.

Pero en la educación se va más allá todavía: no se trata de obtener algo, sino de llegar a ser algo o alguien distinto de lo que se era. Se trata de un cambio personal profundo, y si todos los cambios cuestan y asustan un poco, mucho más un cambio que toca lo más íntimo de cada persona: ideas fundamentales, ideales éticos y estéticos, visiones del mundo y de la historia. Es más fácil y cómodo tratar de obtener los efectos de una educación pero sin entregarse a ella. Eso es imposible, en todo caso, y una muestra de mediocridad.

Por eso, es fácil darse cuenta de que lo que hoy piden los estudiantes no es educación de calidad. Lo que en realidad quieren son los resultados de una educación de calidad, pero sin los esfuerzos ni cambios personales necesarios para recibirla. En definitiva, quieren lucrar con la educación pero sin invertir en ella.

De los estudiantes adherentes al paro conozco algunos que apenas ven la sección deportiva del diario. ¿Libros? Hace años que no leen más que los obligatorios. Podría abundar sobre la cantidad horas que se pierden frente a todo tipo de pantallas, sobre la cantidad de horas que se duermen en clases (si es que asisten a ellas), pero no creo que haga falta. Lo que se echa en falta es verdadero afán de conocimiento y descubrimiento intelectual, y no una obsesión por eliminar el lucro del lugar dónde se estudia para conseguirlo más adelante en el lugar de trabajo.

Un profesor de ingeniería en Concepción me contaba que cada vez que los alumnos vienen a rogarle que les suba una nota, les muestra unas fotos del colapsado edificio Alto Río, “eso es lo que pasa cuando se pasa un ramo sin saber la materia”. La respuesta es, como la que recibía yo de mis alumnos al enfrentarlos con el reto de recibir una educación, el silencio.

Es deber de muchos, por supuesto, hacer lo posible para que los alumnos se dispongan a recibir una buena educación. Pero no es fácil cuando lo que en realidad quieren no es educación, sino un título para conseguir un empleo. El que no me crea, que intente educar de verdad y verá la reacción de la mayoría los estudiantes cuando realmente se les ofrece educación de calidad.