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martes, 9 de agosto de 2016

Pokemones ¿y después qué?

Han pasado ya varios días desde que está disponible en Chile el juego-aplicación “Pokemón Go” y no deja de ser notable la cantidad de gente que anda por las calles cazando animalitos virtuales. Las voces agoreras, en serio y en broma, han deplorado la situación y juzgado a esta generación que parece poseída de una estupidez colectiva. Esta situación particular no es para tanto: conozco muchos buenos profesionales, padres responsables y ciudadanos comprometidos que han bajado la aplicación sin destruir sus vidas en el proceso de captura y entrenamiento de los animalitos virtuales (aunque alguno tuvo que ponerle freno al asunto en su oficina). Por lo demás, es probable que el tiempo perdido en cacerías de pokemones no hubiera sido aprovechado en alta cultura de no existir este juego. No vale la pena preocuparse y añorar  un pasado mejor, dentro de poco “Pokemón Go” no será más que un recuerdo y en el futuro habrá otras cosas en las que perder el tiempo.

La histeria colectiva de un juego de realidad aumentada es sólo un elemento de algo más amplio. Es tentador recurrir a teorías sobre el comportamiento masas (y Chile parece ser un lugar especialmente susceptible a este tipo de fenómenos), pero también se puede mirar la situación desde la perspectiva de la cultura del entretenimiento y el afán de novedades. Si no es “Pokemón Go”, será otra cosa: revisar compulsivamente los whatsapps, navegar por internet sin destino alguno, mirar video tras video en youtube, volver una y otra vez a las noticias por si ha pasado algo, etc. Actividades inofensivas, todas ellas, por supuesto, pero destinadas a llenar tiempos vacíos. Y habría que preguntarse si esto es tan inofensivo o apunta a algo más profundo.

Lo que devela la cultura de la distracción es, por una parte, la dicotomía entre trabajo y juego, que lleva, como contrapartida, a la evasión continua. A juzgar por resultados y actitudes, para mucha gente el trabajo es poco más que una actividad penosa, que hay que soportar para poder vivir. (El estudio es también, entonces, una actividad penosa que hay que soportar para poder obtener un trabajo para poder vivir: quizás en el problema del sentido se encuentre una de las semillas del malestar estudiantil). Por lo mismo, es natural querer escapar del trabajo. Para quienes tienen un trabajo de escritorio, la pantalla es un medio muy eficaz. Pero una vez terminado el trabajo no está claro que comience la vida, entre otras cosas, porque no está claro en qué consiste eso. Frente a una vida con poco contenido o proyecto, o concebida como pura distracción (distracción o diversión de sí misma), es natural que una novedad como un juego de realidad aumentada genere un movimiento de masas: entrega una sensación de propósito a medida que se van cumpliendo metas intrascendentes. Es como la venida de un mesías que viene a liberar al pueblo de su aburrimiento y sinsentido. Un falso profeta, pero no importa, si éste no cumple su promesa, ya vendrá otro.

martes, 24 de marzo de 2015

¿Y si la universidad no prepara para la vida?

Se supone que la universidad es para prepararse para “la vida”. Algunas de las lecciones vitales más valiosas pueden aprenderse durante los primeros días, en un ritual primitivo y bárbaro llamado mechoneo. En el mechoneo los estudiantes de primer año son sometidos a vejaciones de todo tipo y sólo luego de haberlas sufrido pacientemente pueden ser admitidos como miembros de esa comunidad de profesores y estudiantes que juntos buscan la verdad. La primera lección es sobre la inconsecuencia del ser humano: quienes declaran querer un mundo mejor, estar en contra de abusos de todo tipo y a favor de los oprimidos, tratan a sus compañeros peor que a animales. La segunda es sobre la propia alma: quienes que hoy entran a la universidad y sufren humillaciones, dispensarán el mismo trato vejatorio a los “mechones” del próximo año. La tercera es parecida a las anteriores: quienes supuestamente cultivan la razón y el pensamiento crítico no dudan en perpetuar cada año una tradición violenta y estúpida, sólo porque es una tradición. Un añadido: no se puede contar con la autoridad competente para que restaure el orden. Pero no se trata de esto.

Aunque la universidad prepare para la vida adulta mediante la enseñanza de una profesión (la universidad chilena es eminentemente técnica), la técnica o profesión es sólo una parte de la vida, incluso es sólo una parte en su mismo ejercicio. También están los hábitos sin los cuales no puede hacerse bien ninguna cosa. Y es aquí, por lo que poco que alcanzo a ver desde mi posición, que la universidad falla. El ambiente que proporciona es completamente irreal y en vez de preparar para la vida adulta tiende a prolongar la adolescencia. Me explico: en la vida real la acciones tienen consecuencias, repercuten sobre quien las realiza. Hay situaciones en las que la relación entre acción y consecuencia se hace más tenue o se retrasa, pero en la universidad esto puede llegar al extremo.

He visto alumnos que se dedican a jugar computador y a ver series de televisión durante todo un semestre y sólo al final –porque reprueban el ramo– se dan cuenta de que lo que hicieron fue una pérdida de tiempo. En la “vida real” una persona no alcanza a pasar un dos meses sin hacer su trabajo (los empleos políticos y gubernamentales no cuentan como “mundo real”). He sabido de alumnos que llegan a hacer un ramo hasta cinco veces (¡en una universidad tradicional!): sólo después de reprobarlo por tercera vez caen en causal de eliminación y el consejo de la facultad siempre da segundas y terceras oportunidades. En la “vida real” es difícil que pasen esas cosas (extensiones de plazos, tolerancia para con reiteradas inasistencias, indolencia constante, etc.) sin fracasar, menos cuando se trabaja independientemente. En este sentido un pequeño comerciante o un agricultor tendrían mucho que enseñar a algunos estudiantes que conozco, pero la universidad no puede hacerse cargo de todo.

martes, 20 de enero de 2015

El trabajo mal hecho

Anécdotas al respecto hay muchas. Hace un tiempo un amigo que mandó a empastar su tesis se quejaba de que el título no quedó centrado en la tapa. ¡Qué costaba fijarse bien y hacerlo correctamente! Esas cosas, me dijo, no pasan en otros lugares. Si se trata de arreglos en la casa o del auto, pasa algo parecido: nunca queda bien a la primera; hay que ir por un segundo o tercer trabajo, hasta que finalmente el resultado es aceptable. Es la pelea por el mínimo, no en los estudios, sino llevada al plano del trabajo. La consecuencia lógica de unos estudios llevados como una carga, de los cursos pasados estudiando lo menos posible, es un trabajo mal hecho. Quizás eso no pase en otros lugares, como dijo mi amigo, pero aquí casi todos hemos entregado alguna vez un trabajo hecho a la rápida, para salir del paso. Y quizás en ese salir del paso está la clave del asunto: se busca salir del paso porque la vida está en otra parte y por lo mismo, cuando se trabaja así, la cabeza y el corazón no están en la labor presente, sino en un descanso futuro que suele ser precisamente nada, hacer nada.

La distinción que hay que hacer es entre una recompensa externa y una interna. La primera, la externa, se puede obtener de muchas formas. Es cierto, uno trabaja para que le paguen y con ese dinero poder mantener a la familia y darse algún gustito por ahí. Pero la relación entre el dinero, o también el reconocimiento, y el trabajo bien hecho no tan estrecha como parece. Si se logra engañar al jefe o al cliente se puede recibir el mismo dinero haciendo menos. El dinero y el reconocimiento pueden llegar también por otras fuentes (¿será esa la causa de la popularidad de casinos y loterías y de los “realities”?). Pero la excelencia, en cambio, sólo puede ser alcanzada haciendo bien la tarea, y como hacer bien un trabajo exige esfuerzo y dedicación, sólo el amor puede un sustento adecuado. La satisfacción interna sigue al trabajo hecho con amor, y lo demás puede venir por añadidura. Pero ese amor por la propia tarea no parece ser muy abundante por estos lados. Quizás la diferencia entre desarrollo y sub-desarrollo sea algo más profundo que la pura economía.

martes, 23 de julio de 2013

Disculpas públicas

Cuando termina el semestre comienzan a llegar alumnos a ver al profesor. Son los que reprobaron el ramo y vienen a ver si pueden pasar por alguna vía alternativa. Sobra decir que la mayoría son caras que se ven por primera vez: la baja asistencia a clases y el nulo contacto previo con el profesor suelen ser un denominador común en estos casos.

“Es que si repruebo otro ramo pierdo la beca”, “es mi último semestre, y si no apruebo me demoro un año más en egresar”, “voy a perder el crédito”, son llamados a la piedad con los que el estudiante en problemas busca conmover al profesor, y el corazón, por una mal entendida compasión, se ablanda. La educación superior ya no es el lugar de preparación para enfrentar la realidad, dónde el joven aprende a hacerse responsable de sus decisiones, es decir, a ser adulto.

Hay ocasiones en las que hasta un director de carrera usa su peso para que un alumno pase una asignatura que ya ha reprobado. La universidad no puede permitirse perder muchos alumnos, ni aceptar sólo a los bien preparados; necesita el dinero de las matrículas, y el estudiante, si se retira (o no es aceptado), probablemente sea bien recibido en otro lugar. Así, el profesor, que al final del semestre también está cansado y sin ganas de pelear, cede, y toma un examen de repetición o pide un trabajo adicional para que el estudiante cumpla con los requisitos mínimos y pase el ramo. ¿Quién no se ha visto necesitado de misericordia alguna vez?

Confieso: he dado inmerecidas segundas oportunidades, los he dejado pasar. ¿Por qué es precisamente mi ramo el que va a hundir al alumno, y no cálculo, anatomía o microeconomía?  Es que si los errores de los arquitectos se tapan con enredaderas y los de los médicos con tierra, los errores de los filósofos… (¿O es simplemente imposible errar en filosofía?). Sé que debería ocuparme de formar el carácter de los alumnos además de su intelecto, pero eso es una labor intensiva, y con muchos alumnos no se puede profundizar suficientemente en cada uno (la educación, o instrucción, chilena sigue un modelo de producción masiva, no de formación individual).

Pero no lo haré más. Una conversación con un amigo me mostró la gravedad del asunto. En su trabajo para una empresa de servicios debe revisar propuestas de licitaciones. A veces tiene que rechazar algunas por errores formales o de contenido. ¿La respuesta? “Es que si no me la acepta me van a echar de la pega”. Está claro de dónde viene esa mentalidad, cuál fue la formación de ese profesional.

Pido disculpas públicas a todos los que han tenido que vérselas con situaciones de ese tipo. Pido disculpas también a mis alumnos: por ahorrarles un mal rato en la universidad probablemente los he expuesto pasar por algo mucho peor cuando salgan más allá de los muros de la academia. Pero no volverá a suceder. Lo prometo.

Nota: 
Los errores de los filósofos –incluyendo las corrientes anti-filosóficas– son tan graves que, cuando ocurren y se masifican, pueden devastar sociedades enteras. Los siglos XIX y XX están llenos de ejemplos, aunque los hay en todos tiempos. Aun así, los ramos de filosofía siguen siendo los parientes pobres de las carreras universitarias.

martes, 12 de marzo de 2013

Los más ricos de Chile

El ranking de la Forbes sobre las personas más ricas del mundo, entre los que hay varios chilenos y un informe de la OECD, provocaron nuevamente la acostumbrada discusión sobre la desigualdad. Mientras unos miran con anhelo el modelo de la vieja Europa ignorando que se derrumba –porque el famoso estado de bienestar alcanzó sólo para una generación- otros apuntan a la igualdad que campea en países donde la libertad es un artículo de lujo.

Nadie ha notado ni ha querido decir, sin embargo, que de las fortunas más grandes de Chile que aparecen en el ranking de Forbes, casi todas son recientes y forjadas por familias de inmigrantes llegados a Chile en el siglo XX.

En otras palabras, la desigualdad que se denuncia es real, pero eso no implica que Chile sea un país donde  no se puede surgir, incluso desde muy abajo. De otra forma no se explica que dentro de los más ricos del país haya cada vez menos familias antiguas y cada vez más personas que llegaron a estas tierras con poco más que lo puesto. Algún entusiasta aventurará que dentro de este grupo hay incluso algunos que no accedieron a la educación superior (como Paulmann), pero esos casos son excepcionales por lo que se pueden considerar anecdóticos.

¿Qué pasó, entonces, con la antigua elite castellano-vasca que se repartió las fértiles tierras del Chile tradicional? No es que se haya extinguido a punta de no reproducirse (como les pasó a los WASP en Norteamérica), sino que ha sido superada por otros en creación de riqueza. Mientras unos seguían apegados a la tierra o a las profesiones liberales, los inmigrantes desarrollaron negocios poco explorados en el ámbito del comercio o de la manufactura, o crearon otros que antes no existían en áreas como el turismo, produciendo riqueza donde antes sólo había potencial.

Es que la riqueza no es un juego de suma cero, como parecen creer los que llaman a redistribuir: crece a medida que se agrega valor a las cosas, y ese valor se agrega mediante el trabajo. Si Chile es un país más rico de lo que era antes y la población ha aumentado, es porque se ha creado riqueza. Y la riqueza, obviamente, no se genera espontáneamente: la crean personas innovadoras, dispuestas a arriesgarse y a trabajar duro. Si al chileno medio no le calza bien esa descripción, no hay que extrañarse entonces que la mayoría de los más ricos pertenezcan a las distintas “colonias”.

La desigualdad se podría suprimir eliminando las grandes fortunas o impidiendo la acumulación de riqueza. Pero junto con los ricos desaparecerían también las de fuentes de trabajo (y los ingresos tributarios) que crean esos hombres que surgieron no porque la torta se repartiera de manera más equitativa, sino porque hornearon la suya propia.

No es esto una propuesta de solución a los problemas económicos de Chile, sólo que antes de repetir lugares comunes, es interesante considerar los inicios de personas como Paulmann, Yarur, Saieh, Hites, Falabella, y otros. Muy probablemente, en su juventud no perdían el tiempo leyendo columnas como ésta, y mucho menos, comentándolas.

martes, 16 de octubre de 2012

En el día del Profesor

por Federico García (publicado en El Diario de Concepción)

El 16 de octubre es el día del profesor. Antes lo fue en otras fechas, pero se cambió porque a cada día le basta su afán. Por mi parte, creo que el día del profesor debería ser el último día de clases, en ese día se puede ponderar la labor del profesor y agradecerle adecuadamente.

La mayoría de las cosas que se aprenden se olvidan, y eso es causa de algún pesar para los profesores, pero algunas quedan para siempre y eso es una alegría como pocas, ya lo decía Gabriela Mistral.

El profesor Millman fue mi profesor de matemáticas en primer año de universidad. Era un curso de nivelación para quienes no estábamos listos para Cálculo I. Aprendí bastante, lo suficiente como para luego pasar Cálculo I (a pesar de que el profesor de Cálculo I era belga y no se le entendía absolutamente nada). Pero matemáticas no fue lo más importante que aprendí del profesor Millman: su lección más duradera fue sobre justicia.

Un día cualquiera el profesor terminó de pasar la materia correspondiente a una unidad diez minutos antes de que terminara la hora de clases. Los alumnos le sugerimos que nos dejara salir, ya que no tenía sentido empezar una nueva unidad en el corto tiempo que quedaba. El profesor dudó un momento y luego dijo que no. Dijo que en conciencia no podía dar la clase por terminada ni siquiera diez minutos antes, porque era su deber para con nosotros, sus alumnos, y para con las autoridades de la universidad hacer clases todo el tiempo encomendado.

Ante la insistencia de los alumnos, añadió que para eso le pagaban, que al final éramos nosotros quienes le pagábamos para que nos enseñara, y que no era justo que acortara la clase si es que recibía su sueldo –nada de malo, añadió– puntualmente. Le dijimos que no nos importaban mucho esos diez minutos, que se los perdonábamos. Pero el profesor Millman se mantuvo firme y se dispuso a aprovechar el escaso tiempo que quedaba.

Ya olvidé casi toda la matemática que alguna vez aprendí, pero esa lección de justicia no se me olvida nunca, y algunas veces la aplico yo mismo con mis propios alumnos, que no acaban de entenderla completamente.

martes, 10 de julio de 2012

¿Dónde se aprende a ser hombre?

por Federico García (publicado en El Sur, de Concepción)

Es lamentable sorprender a un alumno copiando. Casi puede decirse que merece el castigo sólo por dejarse sorprender, pero eso sería caer en la lógica del resultado, que es lo que lo impulsa a copiar en primer lugar. Además, el engaño habitual y la poca seriedad con que profesores, padres, administradores y alumnos nos tomamos esto son también un espectáculo lamentable. (Luego se nos ocurre pensar que el “desarrollo” que tanto anhelamos es algo que caerá del cielo sin que tengamos que cambiar la forma de hacer las cosas.)

Pero lo más lamentable es lo que ocurre en el momento mismo en que el estudiante es sorprendido:

-“Voy a tener que quitarle el certamen: estaba copiando”.
-“¿Por qué profesor? Si no he dicho nada”.

-“Ud. estaba hablando durante la evaluación”.
-“Pero si no he dicho nada”.

-“Yo escuché claramente (porque mis tímpanos no han sido destruidos por audífonos que inyectan ruidos estridentes directamente al canal auditivo) que ud. le pidió a su compañero la respuesta a la pregunta siete”.
-“No, profesor, si le estaba pidiendo la goma de borrar”.

-“Acaba de negar haber hablado, y ahora dice que estaba pidiendo la goma de borrar”.
-“Pero si no estaba copiando, profesor”.

El alumno descubierto es incapaz de asumir lo que ha hecho y reconocer cuando ha perdido. Más grave todavía, no se da cuenta que al copiar ha entregado su honestidad a cambio de un par de décimas que no tendrán mayor relevancia en el resto de su vida. En lenguaje coloquial, ha sido poco hombre.

No puedo eximir de culpa al estudiante, sería confirmarlo en su estado de poco-hombría; el hombre asume sus propios actos y espera que los demás hagan lo mismo. A los dieciocho años ya se es mayor de edad y se debe al menos empezar a tener una idea de lo que eso implica.

Pero el problema es más amplio. Primero, por el modelo que han tenido estos alumnos. Se les ha inculcado que lo más importante es la utilidad: estudiar para obtener trabajo, trabajar para ganar dinero, decir la verdad porque nadie quiere tratar con un mentiroso, moverse porque nadie contrata a un flojo... Todo en función de lo útil, nada porque sea valioso en sí mismo.

Segundo, por el modelo que falta: a la mayoría no se la ha mostrado un ideal al que aspirar y se encuentra en la Universidad sin saber lo que es ser hombre, ni cómo se llega a serlo. Algunos ni siquiera vislumbran que en la vida hay llegar a ser hombre, formar el carácter, que al ser humano le corresponde aspirar a más que sólo estar bien alimentado, bien vestido y bien entretenido.

Enseñar esto es tarea de todos, pero sobre todo de los padres. ¿En qué están?¿Qué es lo que quieren -realmente- para sus hijos? ¿Se dan cuenta que si no los educan ellos, los educará la publicidad (privada o estatal) para que sean parte de una masa bien amaestrada?

Por mi parte, antes de la prueba les digo a los alumnos que más vale sacarse una mala nota, que no cambiará el curso de sus vidas, que vender su hombría por un par de décimas. Algunos me miran sorprendidos: es la primera vez que oyen algo así.

lunes, 2 de mayo de 2011

Profesional Exitosa y ¿mamá?

(posteado en El Mostrador)
por Federico García

La Concertación llamó al gobierno a que "abra la chequera” con el posnatal, pero aunque el nuevo postnatal resuelve algunas cosas, no llega al fondo del problema, porque lo que está en juego no es una cantidad de tiempo, sino el conflicto entre trabajo y crianza de niños.

Ese conflicto tiene poca solución, a pesar de los  bien intencionados seminarios y libros que intentan ayudar a las mujeres a "conciliar” trabajo y familia. Es que nos hemos acostumbrado tanto a pensar en positivo y a hablar de de sinergías, que nos olvidamos de que siempre habrá algunos juegos de suma cero. El tiempo que se dedica a una cosa necesariamente se le quita a otra: no hay vuelta que darle. Y tanto el trabajo como la familia necesitan, para desarrollarse con éxito, todo el tiempo que se les pueda dedicar. Es muy difícil, si no imposible, dedicarse profesionalmente a los dos.

Ahí está la clave. Nadie imagina que pueda haber alguien que sea a la vez un excelente abogado litigante y un buen profesor de enseñanza básica. Nadie en su sano juicio animaría a un joven talentoso a dedicarse a la oftalmología y también a la ingeniería naval. Sin embargo, a las mujeres se les dice que pueden ser al mismo tiempo buenas madres y profesionales exitosas, como si ser madre fuera un hobby como armar aviones a escala, que se puede realizar en el tiempo libre con excelentes resultados. Es que puesta en la balanza contra cualquier profesión, la maternidad sale perdiendo, tanto en la consideración de los hombres como de las mujeres, y de la sociedad en general. ¿Será una especie de culto a la productividad económica? ¿Un machismo que se niega a evaluar a las mujeres en su propio campo? ¿O un feminismo que se no se resiste a jugar de visita? No lo sé. Como todo fenómeno social, tendrá muchas causas.

No se me pasan por alto objeciones a este planteamiento. Hay mujeres que afirman haber logrado conciliar la familia con un trabajo profesional exigente. Pero habría que preguntarle a los hijos por su experiencia porque siempre conviene oír a las dos partes. Ahora, es muy frecuente que esas mamás que supuestamente han podido conciliar trabajo y familia, lo hayan hecho a costa a costa del trabajo o de la familia de otras mujeres. La misma ministra del Sernam admite que pudo dedicarle tiempo a su trabajo porque además de tener una asesora del hogar (que es como sub-contratar servicios maternales), contaba con la ayuda de su madre y de su abuela. Es decir, tres mujeres dedicadas a la familia de una que trabajaba. Lamentablemente las hijas de la ministra no van a poder contar con su ayuda cuando a ellas les toque ser madres porque ese modelo no es sustentable.

Si el conflicto trabajo-crianza ha pasado en parte desapercibido hasta ahora es porque ha habido personas, en su mayoría mujeres, que han hecho de su profesión el cuidado de los niños pequeños. Pero no conozco ninguna mujer que esté feliz de que su hijo de seis meses esté en la sala cuna, menos todavía si es de la Junji. Además, si separar a las madres de sus hijos tan pequeños fuera inocuo, un postnatal tan largo sería innecesario y el debate no tendría sentido.

Evidentemente, también hay mujeres que tienen que trabajar para sacar adelante a su familia, pero por dura que sea su situación, ellas no experimentan el conflicto, porque claramente su trabajo es para su familia y no es un mundo distinto que necesite de conciliación. Lo que al final queda claro es que lo que es bueno para el cuidado del niño es malo para el trabajo de la madre. Quizás hacía falta una medida extrema como un posnatal de seis meses para darnos cuenta de esto.