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martes, 12 de mayo de 2015

¿Qué puede hacer la derecha en esta crisis?

El cambio de gabinete ha bajado la temperatura de la crisis política. Al parecer el Bacheletismo, aceptando su baja popularidad, ha decidido moderarse, al menos en las formas. La derecha se alegra: sin que tuviera que hacer mucho, el adversario ha colapsado por su debilidad interna. Las cosas han vuelto a su cauce normal, la política a la que estábamos acostumbrados. Pero la baja en la popularidad del gobierno no es necesariamente una buena noticia para la derecha. Por poco que aprueben del gobierno muchas personas, a la hora de la verdad, van a seguir votando por la izquierda; otros, simplemente, no votarán; y la popularidad de la oposición sigue siendo baja. Sin embargo, parece que la derecha simplemente sigue a la espera de un desenlace pre-escrito. Puede que Michelle Bachelet nunca vuelva a ser la de antes (en política nunca se sabe), pero la indignación ciudadana no puede sostenerse indefinidamente: la atención y memoria del público son cortas. Si la crisis se vuelve permanente la gente se acostumbrará a  vivir con ella, después de todo, hay países que se encuentran en un estado de corrupción mucho peor que el nuestro y, a pesar de todo, la vida se las arregla para continuar.

Por lo mismo, aguantar y esperar que pase la crisis es una mala estrategia para la derecha. Las consecuencias podrían ir mucho más allá de la próxima elección. En cierto sentido la clase política ha sido víctima de su propio relato: los políticos se habían erigido en protectores de la gente frente a los abusos de los grandes empresarios y ahora resulta que recibían su dinero y hasta se comportaban como ellos. Para la persona de a pie, la sensación de impotencia es grande. Parece que no hay manera de escapar del sistema, parece imposible que las cosas cambien. A nadie le gusta sentirse forzado. Frente a eso, la idea de empezarlo todo de nuevo se hace muy tentadora. La clase política aún tiene su poder, pero ha perdido autoridad, y ese poder sin autoridad genera resentimiento.

Pero esto no tiene terminar necesariamente en una gran hoguera de cuyas cenizas renazca la sociedad (el eterno sueño revolucionario). De las crisis se puede aprender. La ciudadanía está siempre dispuesta a perdonar y a comprender, por algo Bachelet pudo ser re-elegida tras el Transantiago y el terremoto del 2010. Pero para lograr eso hay que pedir perdón. El primero que haga un reconocimiento de culpa y tome las medidas correspondientes tendrá las mejores posibilidades de recuperar parte de la credibilidad perdida.

Pero además de eso, es tiempo oportuno para corregir algunos problemas del sistema político, tal como el sistema político pretende corregir los problemas del sistema económico. (El problema es que la limitación del poder político sólo puede venir de sí mismo.) Es una oportunidad que la derecha puede aprovechar para promover sus ideas, por encima de la defensa de sus políticos. Propuestas no faltan: limitar las re-elecciones de todos los cargos de elección popular, congelar las dietas parlamentarias (y que el aumento se haga efectivo en el período siguiente), bajar los impuestos que afectan a los más pobres, como el IVA (recortar el dinero disponible es quizás la manera más efectiva de limitar el poder político), disminuir los cargos disponibles para amigos y parientes (eso implicaría, por ejemplo, que las embajadas dejen de ser premios y que vayan, como mínimo, a alguien que hable el idioma del país), constituir en entidades autónomas, como la Contraloría, otros órganos del Estado, como el Servicio de Impuestos Internos , dar mayor autonomía a las regiones, etc. Estas cosas implican sacrificios, pero de no hacerlos el costo, para el país, puede ser mucho mayor y una oportunidad como ésta, para tomar la ofensiva, probablemente no se presente en mucho tiempo.

jueves, 16 de abril de 2015

No hay mucha salida de esta crisis

Si solo una persona –o unas pocas–  quebrantan una ley, tenemos un crimen. Si lo hacen todos –o casi todos–  tenemos una crisis. Puede ser que la ley sea inadecuada (cuando la ley quiebra a los ciudadanos, los ciudadanos quebrantan la ley) o que la población sea depravada. No es que esta crisis abarque a toda la población, pero sí a muchos (¿casi todos?) de los que tienen que ver con el financiamiento de las campañas políticas, que es el primer ámbito de la crisis.

Para salir de una crisis se puede aplicar la ley a rajatabla, caiga quien caiga, y eso suele implicar que van a caer casi todos, o se puede mirar para el lado. Lo primero sólo beneficiaría a los pocos que esperan salir libres de polvo y paja, y para hacerlo se requiere de una gran fuerza que respalde a la autoridad. Generalmente se prefiere lo segundo: estamos en democracia y las leyes las hacen las mayorías; y en este caso es aun más cierto que quienes han cometido los delitos son los hacen las leyes. Por lo demás, cuando nadie obedece las leyes se produce un colapso del sistema, la mayoría le dobla la mano al orden: una crisis social. El financiamiento de las campañas políticas no es el único lugar donde pasa esto, es cosa de ver la copia en el ámbito académico o el consumo de marihuana. Los hechos se imponen y la autoridad es impotente para hacer valer la ley para todos por igual.

En nuestro caso se produce una situación curiosa: si bien los que han cometido los delitos tienen el poder de absolverse o de ignorar lo que han hecho (es cosa de ver el comportamiento del Servicio de Impuestos Internos), la mayoría que otorga el poder mediante el voto no está dispuesta a perdonar. Pero esa mayoría no tiene los medios o a quien dirigirse para resolver la crisis. Se produce una tensión entre dos elementos que se necesitan mutuamente, pero que no se soportan. La clase política asumió que la ley era inadecuada y prefirió ignorarla antes que declarar su opinión de la misma, y la ciudadanía asume que la clase política es depravada. No está claro quién tendrá la última palabra. En Chile nunca pasa nada hasta que pasa algo.

Pero las raíces de la crisis llegan más hondo: las leyes no son lo más importante; para que se sostengan, y con ellas la sociedad, es necesaria la voluntad general de obedecerlas y la voluntad de la autoridad de hacerlas cumplir, sobre todo cuando se producen las primeras infracciones. Sin eso, de nada valen. Es decir, la sociedad depende de un sustrato moral previo a las leyes, y nuestra sociedad evita, precisamente, definir lo bueno y lo malo, relegando lo moral a la subjetividad. Lo que queda en común, entonces, es muy poco.

martes, 4 de marzo de 2014

Lo que no puede decir sobre Venezuela

No debieran causar escándalo las declaraciones de la Fech respecto de Venezuela, tampoco la reticencia de nuestras autoridades en tomar una postura definida. Para el socialismo la democracia y los derechos humanos son herramientas políticas, no bienes a proteger; ¿puede explicarse de otra manera, por ejemplo, el asilo a Honecker a principios de los noventa? El gobierno de Nicolás Maduro es un régimen afín y puede contar con las lealtades de siempre, sin importar lo que haga.

Pero hay algo más, que pocos han mencionado. Lo que no se puede decir sobre Venezuela es que la actual situación venezolana es muy parecida a la de Chile en 1973: un gobierno democráticamente elegido que ha violado la constitución, socavado la institucionalidad, atacado la libertad de prensa, causado un desastre económico y fomentado la violencia. A ojos del mundo, y de Chile, esto no puede seguir. Pero cuando un gobierno tiene como meta hacerse con todo el poder, y para eso desfigura sus instituciones, no queda una vía institucional para resolver el problema. El sentido común dado por la distancia hace que una gran mayoría se sitúe del lado de los manifestantes y contra el gobierno.

Para el caso chileno las cosas se complican. Durante veinte años, primero de manera sutil y luego más descarada, la coalición de partidos de izquierda ha reivindicado la Unidad Popular y la figura de Salvador Allende, y por otra parte, vilipendiado al gobierno que derrocó a Allende cuando la situación en Chile era parecida a la de Venezuela hoy. Los cambios de nombres a las calles, la proclamación de Allende como el chileno más grande de la historia, la firma de Ricardo Lagos al pie de la Constitución de 1980, son muestra de ello.

Es por esto que la izquierda no se pone del lado de los manifestantes venezolanos. Venezuela poco nos importa en términos materiales, pero Venezuela hoy es una manera de ver desapasionadamente el Chile de 1973. Dar la razón a los manifestantes es como darle la razón al pronunciamiento militar. Como esto no escapa la atención de algunos, se han querido marcar diferencias. Un columnista llegó a decir que Nicolás Maduro era derechista, porque se comportaba como la derecha espera que se comporte un socialista. Se ha dicho que el gobierno de Allende no cayó por sus propios errores, como parece que debiera caer el de Maduro, sino que fue derrocado por la CIA. Eso suena tremendamente parecido al discurso Chavista-Castrista. (Además, si a los EE.UU. le interesaba que la UP cayera, la URSS tenía igual interés en que se mantuviera, cosa que se silencia).

Pareciera que el desmoronamiento institucional de Venezuela es total, cosa que no llegó a ocurrir en Chile. El proceso venezolano, además, ha sido lento, por lo que la reacción ha sido tardía e ineficaz. Venezuela tampoco está en medio de una pugna mundial, las potencias están demasiado ocupadas en otros lados como para hacer algo más que declaraciones. Quién sabe qué ocurrirá. No es mucho lo que podemos hacer desde aquí, pero lo que sí importa es que podamos juzgar nuestra historia con el desapasionamiento con que juzgamos la situación de un país distinto del nuestro. 

martes, 17 de diciembre de 2013

Los restos de un naufragio

La catástrofe electoral de la derecha se veía venir. Se venía escribiendo al respecto y mucho más se escribirá todavía. Una crisis es una oportunidad –se ha dicho– pero la derecha se enfrenta a más que una crisis: ha sufrido mucho daño y tiene que reconstruir.

Siempre está la tentación de renunciar y asumir que no hay nada que hacer; “es que Chile tiene alma socialista” me decía un amigo hace algunos años. Los resultados electorales del último siglo, y del anterior, parecen confirmarlo. Pero por otra parte, las encuestas sobre temas como legalización de la marihuana, aborto o matrimonio entre personas del mismo sexo, además de la alta abstención electoral, parecen apoyar la intuición Napoléonica –compartida también por Chesterton– acerca del conservadurismo del pueblo.

En todo caso, atrincherarse en los quórums parlamentarios, que es más o menos lo que el sector venía haciendo, ya no es posible. La mayoría no acepta por mucho tiempo la noción de que la democracia no consiste en dos lobos y una oveja votando qué habrá de almuerzo.

Para salir de una situación como ésta lo primero es asumirla. La derecha se encuentra en un estado de desastre. Tratar de taparlo aludiendo a que la izquierda disminuyó su votación en términos absolutos o a algún otro factor circunstancial (que los hay) como la enfermedad de Pablo Longueira o la popularidad casi mesiánica de Michelle Bachelet no va a resolver ningún problema.

La manera recuperarse comienza por entender bien las causas del desastre, que son muchas y variadas. Espero contribuir en algo con esto. Vamos a lo básico: una elección puede darse en distintos niveles. Si todos están de acuerdo en lo que hay que hacer (fines) y en los medios para lograrlo, sólo queda elegir a la persona más adecuada para ejecutar los medios: un gerente. Pero puede  que, habiendo acuerdo en los fines, la discrepancia esté en los medios; eso es otro nivel. Lo difícil es cuando el desacuerdo está al nivel de los fines, y es aquí donde estamos ahora. No cuenta decir que todos queremos lo mismo (un país mejor, más justo, etc.),  porque esos conceptos pueden llenarse con contenidos muy distintos y hasta opuestos.
 
La derecha ofrece gente capaz y medios eficaces, mientras que la izquierda ofrece una visión de la sociedad.  Dicho de otro modo, la derecha usa el lenguaje de la conveniencia –crecimiento económico, eficiencia, emprendimiento– y la izquierda un lenguaje moral –justicia, derechos, comunidad. (No es que la izquierda sea inmoral, es demasiado moralista.) Siendo importante lo conveniente, nadie se identifica con eso. La persona se identifica, lucha por algo que le dé sentido a lo útil. Me parece, y no sólo a mí, que aquí está el meollo del asunto.  Ya habrá oportunidad para ver  dónde y cómo encontrar un lenguaje moral.

Los efectos de esta carencia de ideas repercuten en varias cosas. Por ejemplo, no es que el sector no sepa comunicar, aunque tiene muchísimo que aprender en ese campo, sino que no tiene un mensaje comprehensivo. (Los publicistas no son problema, como dejó claro la película “No”, trabajan para el que les pague más.) Es cosa de comparar el Segundo Piso de Lagos y de Bachelet con el de Piñera.

También, si no se tiene algo propio es tentador “abrazar las banderas del adversario” para ganar. Pero esa misma expresión es muestra de pobreza intelectual y de frivolidad. Una cosa son los métodos del adversario, otra su identidad. Si se abraza la identidad del contrario se pierde de la peor manera posible.

Ilustrémonos con un ejemplo: la izquierda se dedicó por años a lavar la imagen de Salvador Allende. (He visto su retrato a la venta en ferias callejeras, junto al Sagrado Corazón y a san Sebastián.) Logró que se lo eligiera como el chileno más grande de todos los tiempos, etc. El ministro Hinzpeter decidió aparecer, en una de las primeras fotos públicas, bajo del retrato de Allende. En vez de concluir que, tal como la ha hecho la izquierda, había que promover héroes y símbolos propios, concluyó que había que acercase a la imagen de una persona que ejemplifica todo lo que la derecha aborrece. Con esa “nueva derecha” no se necesita una izquierda.

Pero no todo está perdido: el socialismo siempre termina por consumirse a sí mismo, y cuando ese proceso se completa, es necesario un gobierno que sea capaz de ordenar la casa. Pero resignarse a eso puede costarle mucho al país. Si la derecha no logra proponer algo sólido que haga frente a las ideas –y no sólo a la administración– de la izquierda, estará condenada a tener gobiernos esporádicos al servicio de las irresponsabilidades izquierdistas.

martes, 12 de noviembre de 2013

Catastrofismos

Creo que era Gonzalo Vial el que decía que Chile se encuentra al borde de un precipicio cultural y moral. Es tentador pintar un cuadro así, es un recurso retórico habitual. Alguna vez lo he hecho yo mismo. Pero me parece que es más certero T.S. Eliot cuando dice que el mundo no acabará reventando, sino que se desinflará (aunque G.K. Chesterton, que reconocía que los hombres vacíos terminan así, se reservaba el derecho a terminar con una explosión).

En todo caso, lo de estar al borde de un precipicio es engañoso porque a los abismos culturales y morales no se cae repentinamente, sino que se desciende de a poco. No se construyó Roma en un día, y también su caída fue precedida de una lenta decadencia. A los historiadores les gusta hablar de procesos.

Aun así, el rechazo a esta manera de plantear las cosas no viene tanto de la consideración de procesos paulatinos –que siempre acaban en algún lugar– sino más bien de una actitud de rechazo, un cierto “esto (sería tan terrible que) no puede pasar (aquí)”. Eso, más que un recurso retórico, es una falacia.

Los argumentos de necesidad son para la lógica, la metafísica y algunas otras disciplinas, pero no para la historia y la política. Muchas cosas impensables pueden pasar.  ¿Esclavitud en país que nace con una declaración de libertad, como Estados Unidos? ¿Persecución anticristiana (con abundantes mártires) en una tierra tan católica como Méjico? ¿Escasez de alimentos en un país con enormes reservas petroleras, como Venezuela? ¿Una oligarquía gobernante en una sociedad fundada sobre la base de la abolición de las clases sociales, como la Unión Soviética? ¿El reconocimiento del mercado como una fuerza reguladora de la economía por parte de uno de los últimos gobiernos comunistas (en China)? No hace falta seguir.

Lo que ha pasado antes puede volver a ocurrir. La actualidad implica potencialidad (ese sí es un argumento de necesidad metafísica). El recurso al miedo, el catastrofismo, puede no ser el recurso más elegante, ni si quiera el más efectivo. Pero la negación de la posibilidad de la catástrofe no puede basarse en un simple “esto no puede pasar”. Eso no es un argumento. ¿Quiere decir que estemos al borde del precipicio? No necesariamente, pero tampoco hay que descartar la posibilidad. Lo más probable es que ya estemos bastante abajo, pero también bastante acostumbrados.