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martes, 18 de junio de 2019

La enseñanza de la historia

La reciente eliminación de la asignatura de historia del programa obligatorio para tercero y cuarto medio suscita las reacciones esperadas. Nadie se mostró a favor del cambio y el gobierno tuvo que dar explicaciones. Esto ya ha había pasado cuando se propuso eliminar filosofía, todo muy predecible. La discusión, en cualquier caso, es casi, casi puramente teórica: los problemas de la educación en Chile son tantos y tan diferentes, que un cambio en el programa no afecta mucho lo que aprenden los alumnos. Sin embargo, esta preocupación tan superficial por la enseñanza de la historia (la controversia pasará pronto para dar lugar a otras preocupaciones) puede dejar algunas lecciones útiles, no para los estudiantes absorbidos por sus pantallas, sino para los adultos que se dedican a hablar de estas cosas cuando son noticia.

Quizás la primera lección es respecto al hecho mismo del cambio. No porque haya un cambio necesariamente habrá una mejora. Puede que lo que conveniente sea hacer bien lo que se supone que hay que hacer antes de intentar hacer algo distinto. La siguiente lección es básica, aunque cueste una vida aprenderla: siempre es una cosa por otra, no se puede tenerlo todo. Sería ideal que los estudiantes estudiaran de todo y en profundidad, pero un día sólo alcanza para tanto. De esto se sigue, como corolario, que no puede enseñarse en el colegio (tampoco en la Universidad) todo lo que es necesario y bueno para la vida, y la implicancia es que un estudiante suficientemente maduro como para movilizarse y protestar debe poner de su parte para aprender lo que considera valioso y que no está recibiendo en el colegio. Lo mismo se aplica a los padres.

Conviene considerar, también, que los programas existen en el papel, pero la realidad se da en sala de clases. De nada sirve -más que para sentirnos satisfechos de nosotros mismos- que en el programa haya muchas horas de historia y filosofía si las clases de dichas materias son deficientes por la indisciplina en el aula, la falta de interés de los alumnos, o la baja capacidad o formación del profesor. Quizás haya que comenzar reformulando los programas de las escuelas de pedagogía (tan llenos de forma y faltos de contenido).

Las consideraciones anteriores necesariamente llevan a las preguntas más fundamentales sobre la educación, sobre todo escolar: ¿Qué es lo que se quiere o espera del colegio? ¿Que prepare para el ingreso a la universidad, que prepare para el desempeño en la educación superior, que prepare para la “la vida” o “futuro”, o que entregue cultura general, que genere buenos ciudadanos para la República? Y estas preguntas no pueden responderse totalmente, porque en una sociedad como la nuestra, que intenta ser pluralista, hay demasiadas ideas incompatibles acerca de lo bueno. Quizás la lección más importante que deba extraerse de esto sea que a lo mejor no es bueno que un ente burocrático estatal, como el Ministerio de Educación, controle de manera directa o indirecta como se forma a los jóvenes, pero ningún gobierno se atrevería a implementar un cambio de ese tipo.

lunes, 31 de agosto de 2015

La ineptitud política

El día jueves 27 de agosto quedó claro cómo es al actual gobierno (en caso de que a alguien le quedara alguna duda): una mezcla de incompetencia, corrupción e ideología, con las correspondientes improvisaciones, divisiones internas, caos, doble estándar, violencia e irresponsabilidad.

Lo que podría haberse manejado de manera normal, sin sobresaltos, desató reacciones incomprensibles. Aclaremos: lo que pide alguien no es lo mismo que lo que quiere. Si se le da lo que pide, puede negársele lo que quiere y vice versa. Esto lo sabe cualquiera que haya estado en una discusión. Es verdad que a veces se pierde la cabeza y la situación se descontrola, pero es de esperar que a un equipo de gobierno sepa tratar políticamente con otros seres humanos. 

Lo que los camioneros querían era la atención de los medios para mostrar que en la Araucanía reina la violencia, llegar a la Moneda para entregar una carta era algo secundario. De haberlos dejado marchar libremente por la Alameda y haberles permitido llegar a la Moneda, todo hubiera acabado sin mayores problemas, en una mañana. Pero para unos gobernantes que hablan repetidamente del sueño de Allende, la visión de los camioneros es algo más allá de cualquier pesadilla (un fantasma recorre Chile, el fantasma de León Vilarín...) y perdieron el control de sí mismos primero y luego de la situación. La ideología impide el razonamiento. De paso, le dieron a los camioneros lo que querían: la atención completa de los medios de comunicación, el protagonismo en la agenda y la constatación -frente a todo el país- de que al gobierno no le preocupa el terrorismo en la Araucanía; la confirmación de que este gobierno divide al país, fomenta el odio y se sirve del poder y las leyes para sus propios fines y los de sus partidarios. 

En medio de la agitación, la presidente desaparece, para emerger al día siguiente hablando de la importancia del diálogo (pero ya nadie le cree). Este gobierno no pasó agosto. Lo que queda es esperar que los que tengan el poder de hacerlo mantengan una semblanza de orden hasta las próximas elecciones.

lunes, 24 de agosto de 2015

Conversación de cosas no dichas

“Acá hay una conversación de cosas no dichas, en Chile hay aborto” ha dicho nuestra presidente en una entrevista radial, repitiendo un conocido argumento que puede usarse a favor de lo que sea, afirmando que tal o cual cosa “es una realidad”. Por supuesto que en Chile hay aborto, además, se ha dicho hasta el cansancio. También hay maltrato a las mujeres, conducción a exceso de velocidad, malversación de fondos públicos, evasión de impuestos, etc. El hecho material que algo ocurra no implica absolutamente nada en su favor o en contra. La cuestión es qué se hace con eso que ocurre. Como argumento es banal, por no decir estúpido, y como algunas de las personas que lo repiten son bastante hábiles, lo que hay que hacer es indagar, precisamente, sobre lo implícito, sobre lo no dicho.

La primera de las cosas no dichas es que esto no es una conversación ni un debate, porque un argumento del tipo usado por la presidente ya asume que el aborto no algo ni tan malo ni tan grave como para prohibirlo en toda circunstancia. Y si los ricos pueden hacer algo que lo pobres no pueden permitirse, eso tampoco es razón para permitirlo o prohibirlo, depende de la cuestión previa, que algo asumido pero no dicho. Si los ricos lo hacen y es grave, entonces la solución es una mayor fiscalización, no una despenalización. La voluntad de imponer el aborto en Chile es clara y previa a cualquier debate. Dada la solidez de las razones médicas, éticas (y prudenciales) para defender el derecho a la vida del que está por nacer, la actitud de nuestras autoridades sólo puede ser calificada de contumaz (como lo hizo el profesor Jorge Martínez Barrera, del Instituto de Filosofía de la PUC).

Una segunda cosa no dicha es que si bien en Chile hay aborto, no sabemos cuántos casos de los abortos que hay quedarán cubiertos por las tres causales que contempla la despenalización (probablemente muy pocos). Tampoco sabemos a ciencia cierta cuántos abortos hay; es un delito que la víctima no denuncia (porque muere) y la familia tampoco (porque es cómplice). Lo que sí sabemos es que las estimaciones más serias, como las del Dr. Elard Koch, están muy por debajo de las cifras que entrega la propaganda pro-aborto. También sabemos, por el testimonio del Dr. Nathanson, que el lobby pro-aborto no tiene problemas en inflar las cifras para su conveniencia.

La tercera cosa no dicha es la intención que hay detrás de la despenalización del aborto. Una cierta desconfianza de los ciudadanos hacia el gobierno es siempre saludable, pero en este caso (y con este gobierno) es algo obligatorio. Los principios invocados en dos de las tres causales abren la puerta a una despenalización más amplia, éste ha sido el camino seguido por los países dónde hay aborto. Tampoco se ha dicho cuánta presión internacional ha habido para despenalizar el aborto, ni los intereses económicos involucrados.

Y la última cosa no dicha es el horror del aborto, la deshumanización de una sociedad que se permite destruir a sus miembros más inocentes y más débiles. Para ver esto es cosa de mirar a los países donde se ha impuesto, de a poco, siempre de a poco, la cultura de la muerte. 

jueves, 9 de abril de 2015

Los desastres

Chile parece ser un país en constante emergencia: la tranquilidad es algo anormal. Sin embargo, nunca estamos preparados. Cada emergencia es una sorpresa. Vivimos como si nunca fuera a pasar nada, hasta que pasa algo, y siempre pasa algo. Es cómodo vivir así: para las autoridades es mejor que la gente esté tranquila y que la plata se gaste en cosas vistosas y no en prevención. (A demás, si la prevención se hace bien, se evita el desastre y aparece, entonces, como innecesaria). Para uno mismo es más fácil no aparecer ante los demás como pesimista, evitar la angustia de anticiparse y el trabajo de prevenir. Prepararse para lo peor parece un sinsentido: planificar para el día que uno espera que nunca llegue. Pero es mejor estar preparado mil veces y no necesitarlo nunca, a necesitarlo una vez y no estarlo.

En las emergencias el ciudadano busca el apoyo del gobierno. Es natural, el gobierno existe para ocuparse de aquello que supera las capacidades del hombre común. Pero el gobierno, excepto las fuerzas armadas y de orden, habitualmente falla en estos casos; la ineptitud es patente y, sin embargo, se sigue esperando que el gobierno sea la solución. Las comunidades se organizan después de cada emergencia, pero por falta de preparación esa organización es poco profesional. Ya que siempre habrá desastres y ya que no se puede esperar mucho del gobierno, quizás sea el momento de potenciar las capacidades del hombre común para reaccionar frente a una emergencia. La misma Onemi tiene una serie de recomendaciones para enfrentar mejor las emergencias, entre otras cosas, recomienda tener la capacidad de ser autosuficiente –como familia– por 72 horas. Es casi impensable que mucha gente se tome en serio estas recomendaciones, la imprevisión del chileno es proverbial (es cosa de ver el nivel de endeudamiento). Aun así, podría ser útil hacerse algunas preguntas para estar mejor preparado, más todavía si hay personas que dependen de uno.

Por ejemplo ¿Sabe ud. a qué desastres está expuesto por la zona en que vive (incendio forestal, maremoto, inundación, etc.)? ¿Sabrá qué hacer cuando alguno de esos desastres ocurra? ¿Qué tiene pensado hacer respecto de otras emergencias derivadas de un desastre (incomunicación, saqueos, etc.)? ¿Tiene como cocinar si falta el gas o la electricidad? ¿Tiene en su casa cosas como una linterna, una radio a pilas, un viejo celular cuya batería no se acabe en un día? ¿Conoce a sus vecinos? ¿Tiene como defender a su familia en caso de un desorden más grave? ¿Tiene un arma y sabe usarla? ¿Es ud. físicamente capaz de afrontar una emergencia (correr sin fatigarse, cargar a otra persona, etc.)?¿Sabe si el neumático de repuesto de su auto está en buen estado? ¿Mantiene el estanque del auto con suficiente bencina para afrontar una emergencia? ¿Sabe tratar heridas y emergencias médicas menores? ¿Tiene en su casa un botiquín de primeros auxilios? ¿Están en buen estado los medicamentos de su botiquín? ¿Sabe qué hacer para entretenerse ud. y a sus niños cuando no hay televisión o internet? ¿Sabe cómo disponer de desechos si no hay alcantarillado o recolección de basura? En fin, la lista podría seguir. Pero no se trata de prepararse para el apocalipsis, ya que cuando finalmente llegue no habrá nada que hacer. No se trata, tampoco, de que estas medidas vayan a salvar la propia vida o la de un familiar (aunque podrían hacerlo), porque el ser humano aguanta mucho, pero sí que podrían hacer una emergencia más llevadera. Se trata de tener la tranquilidad mental de estar lo mejor preparado posible, de saber que en caso de emergencia uno no quedará completamente a merced de lo que otros hagan, y, sobre todo, de tener la tranquilidad de conciencia de saber que quienes dependen de uno pueden dormir tranquilos, porque uno se ha hecho el primer responsable de su seguridad.

martes, 13 de mayo de 2014

Los poderosos de siempre

Los poderosos de siempre se oponen a la reforma tributaria –parece que hay muchos más de los que se suponía. Para que no fueran un grupo tan indefinido, se los redujo a unas 4.500 familias (podría  publicarse una lista para conocerlas por nombre). Algunas de estas familias podrían tener decenas miembros, por lo que el grupo sigue siendo difuso. Además, quienes nos informan sobre esto dicen que no hay que creer todo lo que se dice, por lo que al final todo sigue envuelto la neblina de la vaguedad.

En todo caso, los poderosos de siempre se han asustado un poco (ya era hora) y al verse acusados por  videos emanados de los sótanos de La Moneda, probablemente se sientan como Sócrates ante el tribunal ateniense (supongo que el equivalente actual a una comedia de Aristófanes es un video en You-Tube). Les habría hecho bien leer la “Apología”, habrían estado mejor preparados  (ya decía Leo Strauss que Platón era un autor peligroso), pero  supongo que no tenían tiempo para esas filosofías.

Ahora bien, si los poderosos de siempre fuesen tan poderosos, un video como el que los acusa no habría llegado a ver la luz. Es de suponer que se les oponen otros bastante poderosos también, aunque sólo lo hayan sido desde 1990. Si sale la reforma tributaria quedará claro quién es el más poderoso.

Por otra parte, habría que ver si es verdad que estos poderosos lo han sido siempre. Quizás entre ellos se encuentren los descendientes directos de aquellos españoles esforzados que llegaron a estos fértiles valles con Pedro de Valdivia hace casi quinientos años –eso es como desde siempre– y se repartieron las tierras (sus nombres están inscritos en un monumento en el cerro Santa Lucía). Habría que ver, también, si este selecto grupo excluye a quienes no son miembros de las familias fundadoras de Chile (tomos I, II y III).

Pero una mirada a la historia reciente muestra, en cambio, que entre los poderosos que denuncia el gobierno hay bastantes recién llegados. Los grupos de inmigrantes se han integrado bastante bien en Chile. Es cosa de ver a los croatas (Luksic), a los ingleses (Edwards), italianos (Angelini), alemanes (Paulmann), suizos (Frei), españoles llegados después de la independencia (Menéndez), palestinos (Saieh) y otros. Ninguno de ellos fue bien visto en su época, los de siempre les tenían sobrenombres y los miraban en menos, pero ellos se ganaron su lugar. No fue hace mucho, menos desde siempre.

Esta imagen que ha creado el gobierno es una forma de manejar a los que no son poderosos, manipulando el lenguaje, la imaginación y otras formas de acceder a la realidad. Esa forma de concebir y ejercer el poder sugiere que los que ahora ocupan el gobierno aspiran a ser controlar vastas áreas de la vida nacional, y por mucho tiempo. A ver si alguien se anima a hacerles un video.

viernes, 18 de abril de 2014

Un programa oculto

Se podría pensar que el programa de la Nueva Mayoría tiene bastante de populista. Hay pocas cosas como una gran alza de impuestos para crear tensiones y separar aguas. Los bonos permanentes, la gratuidad en la educación superior, los guiños a “la calle” y ese tipo de cosas parecen confirmar esa imagen.

Aun así, no es claro que el pueblo –lo que sea que signifique esa palabra– esté muy comprometido con el programa de los actuales gobernantes. En primer lugar porque nadie vota por programas, sino por emociones y lealtades anteriores a justificaciones racionales –además, el programa del gobierno fue entregado tan tarde que no daba el tiempo para leerlo informadamente antes de votar. En segundo lugar, son muchísimos los que no se molestan en votar.

Pero hay algo más. Una buena parte del programa de la Nueva Mayoría simplemente no está en sintonía con lo piensa o cree la mayoría, sino que es el reflejo de una pequeña elite. Es cosa de ver temas como el ya tan mencionado aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo o la marginación de la religión. Desde las redes sociales y ONGs la realidad se ve de una manera, pero twitter no es Chile.

Las cosas mencionadas arriba no son es accesorias al programa. A proyectos de ley como el AVP e identidad de género se les ha puesto “suma urgencia”. Este último recibió muy poca publicidad, hasta que hubo alguna oposición por parte de la Alianza.

Esta parte del programa, al no ser preocupación de la mayoría o, mejor dicho, al ser directamente contraria a la visión de la mayoría, no tuvo mayor figuración en las campañas políticas. Las posiciones de los candidatos frente a estos temas nunca se explicitaron. No es muy provechoso especular, pero se puede suponer que de haberse puesto todas las cartas sobre la mesa, el resultado final hubiera sido distinto.

Si acaso esto constituye engaño, abuso de confianza o al menos desprecio por los electores (ya se ha escrito mucho sobre los silencios de Michelle Bachelet), es algo puede discutirse extensamente. Pero tal como en el mercado existe la publicidad engañosa, en la política democrática puede existir el abuso y el fraude hacia el elector. Un desprecio así del hombre común y su manera de ver mundo no puede venir sino de un sentimiento de superioridad, muy propio del ingeniero social que va mucho más allá de la planificación económica.

Es difícil ponerle remedio a este tipo de corrupción de la democracia, salvo que los que una oposición convencida se atreva decirlo todo y con claridad, sin miedo a que se la califique como promotora de una campaña del terror. Esto supone, claro está, que la oposición de hecho piense distinto al actual gobierno en las materias que fueron silenciadas durante la campaña.

jueves, 23 de enero de 2014

Consideraciones sobre el Barón Munchausen

La biblioteca de la escuela de Reigolil es sorprendentemente buena. Hace unas semanas pude leer ahí un pequeño libro de Stefan Zweig que buscaba hace tiempo y algunas otras cosas interesantes. Me sorprendió encontrar una versión de las Aventuras del Barón Munchausen, un libro que mi abuelo solía leernos los domingos en la tarde. La película, la de 1988, fue una de las primeras que me llevaron a ver al cine.

Comentando el hallazgo con un colega, consideramos que la estructura de algunas de las aventuras se repite en varios cuentos de hadas e incluso en un cuento tradicional chileno: el héroe consigue varios servidores, cada uno de ellos con alguna habilidad única, con los cuales sortea diversas pruebas. El héroe, sin embargo, no posee habilidades específicas, sólo inteligencia para dirigir a los especialistas. Mi amigo me hizo notar el parecido de esta estructura con la consolidación del poder real en Europa “el rey de Francia, rodeado de sus ministros (cada uno con su función)”, y la conversación nos llevó al problema de la política y la técnica, tan presente en los últimos cuatro años.

Este problema no siempre se entiende a la primera. La actividad humana es variada, puede ser económica, médica, bélica, educativa, etc. Todos esos aspectos son necesarios, pero si uno de ellos gobierna a los demás se puede producir un desorden. La actividad humana que gobierne a las demás tendrá que ser una actividad no-específica, a un nivel distinto de las otras. En la vida personal se llama ética, en la vida en sociedad, política. Lo totalmente humano no es reducible a uno de sus aspectos.

Las conclusiones que se siguen pueden resultar interesantes. La función principal de un gobierno sería, por redundante que parezca, gobernar. Lo menciono, porque cuando lo pregunto en clases la respuesta suele ir por alguna actividad específica, generalmente asociada a la provisión de servicios. “La función del gobierno es entregar salud / educación / satisfacer mis necesidades”, son respuestas típicas.

Decir que gobernar sea educar, o curar, o incluso crear oportunidad para generar riqueza es finalmente reductivo. Lo es, además, por partida doble. Primero, porque la salud, la instrucción, la solvencia económica, etc. son principalmente asuntos individuales, aunque sean de muchos individuos. Cuándo un problema de muchas personas se transforma en un problema social es una cuestión prudencial, pero los asuntos comunes van más allá de la agregación o suma de los personales.

En segundo lugar, es reduccionista olvidar la función general o política del gobierno porque supone dar a alguna actividad específica preeminencia por sobre otras –aunque haya jerarquías– pero desde la misma visión parcial. Tiende a producirse una pugna entre las distintas actividades, y suelen salir victoriosas las actividades económicas o médicas, por ser las más básicas o necesarias, pero eso es justamente poner las cosas al revés.  

Y esto es lo que consideraba en un aislado internado rural, al encontrar un libro que solía leerme mi abuelo.

martes, 7 de enero de 2014

Saqueos y Centralización

Cuando terminó de temblar el 27 de febrero hace casi cuatro años, y comprobé que el corte de luz era total, fui a revisar que las armas estuvieran en su lugar. En la oscuridad total podía esperarse un saqueo. Sin embargo, en el centro de Santiago no pasó nada y, era una ventaja de vivir a un par de cuadras del Ministerio de Defensa, los servicios básicos estaban restablecidos antes del mediodía. No fue así en otros lugares de Chile.

Los saqueos, sean en Córdoba o en Concepción, son una manifestación del fracaso de la política más patente y grave que la abstención electoral. Significa que una buena parte de la gente respeta las leyes penales sólo por temor al castigo (lo que en general se reserva para las leyes de tránsito), y que toma muy poco para que la sociedad se descomponga. Sólo una delgada línea de Carabineros marca la frontera entre la civilización y la barbarie, dice el tópico.

Pero los saqueos en Concepción nos llevan a otro tema: la centralización. Hay muchas aristas, pero podemos comenzar con una afirmación. Frente a un problema, la solución más adecuada y rápida, puede conocerla y aplicarla mejor quién esté contacto directo con el problema. En Concepción, el problema urgente después de los desastres naturales fue el saqueo. La autoridad local tenía pleno conocimiento de la gravedad del caso, mientras que para la autoridad central era uno entre muchos, y al no sentirlo directamente, vacilaba por consideraciones políticas.

La alcaldesa hacía llamados públicos al poder central para que desplegara a las fuerzas armadas para restablecer el orden. La administración central se demoró tres días en hacerlo. (La presidenta dijo hace poco que su respuesta había sido inmediata). Decir que la autoridad nacional entregó al saqueo a la ciudad de Concepción durante tres días puede parecer exagerado, pero así lo ven algunos vecinos.

Por supuesto que algunos problemas locales necesitan, para su solución, de recursos materiales y administrativos, que, por economías de escala, tienen que estar concentrados. Además, una excesiva autonomía de las partes puede ir contra la coordinación necesaria para el buen funcionamiento del todo. Sin embargo, la dependencia casi completa de las regiones respecto de la capital puede resultar desastrosa, como experimentaron las autoridades penquistas que veían el caos a su alrededor sin poder hacer más que rogar a un gobierno nacional colapsado y distraído que se ocupara de un problema lejano.

La descentralización no pasa sólo por la distribución de recursos (que es lo que piden los movimientos sociales), sino también por la autonomía en la toma de decisiones. Esto se ve con particular nitidez en el caso de las emergencias. Esa autonomía puede también crear las condiciones para que se generen recursos (o al menos evitar su destrucción). Ahora bien, ceder poder, ceder control, es algo que difícilmente puede esperarse de un político o un burócrata, pero examinar las tendencias propias de la democracia y el Estado moderno es algo que excede el modesto propósito de este escrito.

martes, 27 de agosto de 2013

Democracia: antes, durante, después

Hechos recientes en Egipto (levantamiento popular, caída de un dictador, elección de un presidente, violencia contra los cristianos coptos, derrocamiento del presidente por el ejército, etc.) han llevado a algunos, no a tratar de comprender la compleja situación del mundo islámico, sino a hacer comparaciones con Chile (típico).

La fecha es propicia; se acerca otro aniversario de la caída de Salvador Allende y es casi imposible no hacer paralelos. Pero la lejanía, en el espacio y contexto cultural, nos permite analizar la situación – al menos conceptualmente–con un poco menos de apasionamiento que el que suscita la nuestra.

El derrocamiento de un jefe de Estado elegido por votación popular es universalmente condenado por anti-democrático. Pero una mirada reflexiva nos obliga a preguntarnos por la democracia y sus fundamentos. Después de todo, como se preguntaba un autor estadounidense, si los generales alemanes hubiesen derrocado a Hitler en 1933 ¿habrían recibido una condena universal? Es un hecho poco considerado que el partido Nacionalsocialista alemán haya accedido al poder mediante elecciones democráticas. El origen no siempre legitima.

La democracia, considerada externamente, es un procedimiento para elegir a los gobernantes. Se asume es superior a otros con los que la humanidad ha vivido por siglos. Es superior porque respeta la igualdad fundamental de todas las personas, y por lo mismo, su libertad. Lo contrario es la ley del más fuerte. Pero si el que accede al gobierno mediante una elección no acepta la igualdad de las personas y no está dispuesto a respetar los derechos fundamentales, impone la ley del más fuerte por la fuerza de los números: una dictadura disfrazada de democracia (como ocurre cuando un grupo numeroso de estudiantes no respeta el derecho a estudiar del resto de sus compañeros).

Un régimen de gobierno, para ser democrático, no sólo debe respetar la forma sino también el fondo.  La democracia no sólo está en el origen de un gobierno, sino que también en ejercicio del poder, y por lo mismo, en el abandono del mismo. Cuando un gobierno que surge con el apoyo de una mayoría cambia las reglas para perpetuarse, deja de ser democrático: falla en la prueba final de la democracia. Lamentablemente esto ocurre con cierta frecuencia en Latinoamérica.

Si acaso el gobierno del derrocado presidente de Egipto tenía intenciones de perpetuarse indefinidamente no es algo que pueda resolverse aquí (aunque la ideología de la Hermandad Musulmana y la experiencia de la revolución islámica en Irán pueden servir de indicios). En todo caso, un gobierno guiado por una ideología totalitaria no puede ser democrático, por mucho que se sirva de la democracia para llegar al poder.
   
En cuanto al caso chileno, todavía falta mirar con detenimiento la ideología que guiaba al gobierno de Allende, los modelos en que se inspiraba, los fines que se proponía y la manera en que ejerció el poder durante sus mil días, para poder juzgar adecuadamente su derrocamiento. Mientras tanto quizá convendría llenarse menos la boca con la palabra democracia, y más la cabeza con el concepto.

martes, 21 de mayo de 2013

La candidata afectiva

Algunos esperábamos que la candidatura de Michelle Bachelet reventara por su evidente incompetencia, pero la irritación seguía al asombro al verse que parecía imposible botar a la candidata.

Sin embargo las cosas ocurren de manera distinta a lo esperado y, en vez de reventar, la candidatura de Bachelet parece irse desinflando de a poco. Habrá que ver cuánto alcanza a desinflarse de aquí a noviembre. Por lo mismo escribo esta columna antes que quede obsoleta.

A pesar de la baja de entusiasmo en las filas del bacheletistas, aún muchos se preguntan cómo es posible que el actual gobierno tenga menos aprobación que el anterior, cuando por donde se mida lo haya hecho mejor. No se trata sólo del crecimiento económico y empleo, sino también de la reducción de la desigualdad y pobreza, aumento del ingreso mínimo real, etc.

Una explicación posible está en el hábil manejo, por algunos sectores, de cierto descontento acumulado, y en la poca habilidad comunicacional del gobierno. Algo de eso habrá. Pero me parece que para buscar la causa hay que ir un poco más profundo.

Lo que todos queremos, en última instancia, es felicidad, y el actual Presidente hace muchas cosas pero no entrega eso. Michelle Bachelet, en cambio, a pesar de su falta de carácter para actuar y de su nula responsabilidad para hacerse cargo de lo que hace, sí entrega felicidad o al menos un sentimiento que se le parece.

Esto es serio, porque nos remite a la pregunta sobre qué debe hacer un gobierno por los ciudadanos. La respuesta que casi siempre obtengo cuando pregunto esto a mis alumnos (estudiantes en una universidad tradicional no-estatal) es que la función del Estado es satisfacer todas las necesidades. Eso explica bastantes cosas. Si les pregunto si eso incluye las necesidades afectivas, se ríen un poco. Pero eso es lo que hace Bachelet.

Si el actual gobierno reemplazó la política por la técnica, el gobierno anterior politizó hasta los sentimientos. Quizás el error de Piñera y asesores, fue querer cumplir los anhelos más profundos de los chilenos sólo con un gobierno eficiente, olvidando que lo que estaba en juego era algo más amplio: dejar claro que la función del Estado no es hacer que los ciudadanos se sientan queridos y felices, sino velar por el bien general. Esto puede parecer la receta para una derrota, pero el ofrecimiento de Churchill al pueblo inglés fue “sangre, trabajo, lágrimas y sudor”, y el Primer Ministro obtuvo apoyo.

Ahora, si la frase de Churchill suena a locura, no es sólo porque sean estos otros tiempos, sino porque la costumbre de esperar la satisfacción directamente desde el Estado (más que un orden que habilite para conseguirla) ha calado tan hondo que a pocos se les ocurre cuestionarla. Alguien que intente ganarle a Bachelet no en su propia cancha de generar sentimientos simpáticos y afectuosos, sino que quiera cambiar la manera de entender la función del gobierno y la política, tendría que ser un estadista, y en el modelo de nuestra ex-presidenta, los estadistas no caben.