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viernes, 18 de noviembre de 2016

Elección de Trump: todavía no es el apocalipsis

Lo más notable de la elección de Donald Trump como presidente de los EE.UU. ha sido la reacción de sus opositores, incluso en países como el nuestro: de la negación a la histeria, pasando por todo tipo de posteos extremos en las redes sociales y comentarios en medios más tradicionales. Se dijo que había ganado el odio y la intolerancia pero en realidad el triunfo de Trump sacó a la luz todo el odio e intolerancia que sus opositores llevaban dentro. De alguna manera, los partidarios de Clinton no vieron al verdadero Trump (de lo contrario no se hubieran equivocado tanto en sus prediccionessino que proyectaron hacia él sus propios miedos e inseguridades. Donald Trump ha sido comparado con Hitler y Chávez, en las páginas de El Mercurio. Se escribió que su elección significaba el triunfo de la paranoia y del rechazo al que es diferente, sin considerar el rechazo que suscitaban los electores de Trump, los “deplorables” o simplemente “los malos”entre la clase bien pensante. Los que están firmes junto al pueblo no pueden soportar que el pueblo no siga sus dictados.  

Pero no va a pasar nada grave, para la tranquilidad de los tolerantes y democráticos que todavía no recobran la calma. En Estados Unidos no existe la tradición de perpetuarse en el poder mediante la manipulación de las Constitución. Ya tendrán otra oportunidad. Cierto que esto es de poco consuelo para quienes que por no salir de su burbuja vieron el triunfo tan cercano y consideran el poder casi como un derecho. Pero las raíces de la reacción histérica al triunfo del candidato republicano se hunden más profundamente: la indignación es moral, no meramente política. No es simple tristeza por una derrota, es la impotencia frente a una realidad inaceptable, la perplejidad ante un mundo que parecía seguro y que repentinamente se desmorona y parece carecer de sentido.  

Esta moralización de la política lleva a ver la deliberación sobre la vida común no como un ejercicio en conjunto para llegar a decisiones aceptables, sino como una contienda entre buenos y malos (o entre progreso y reacción). Los oponentes no están simplemente equivocados sobre lo que es mejor para la sociedad: tienen mala intención y, como son malos, se los puede insultar y despreciar sin cargo de conciencia: no tienen derechos. La posición de superioridad moral, además de ser satisfactoria es tan agradable sentirse bueno es muy cómoda porque no exige hacer nada en concreto, sólo asumir públicamente ciertas posturas. En cierto sentido esta polarización de la política es inevitable en la medida en que la sociedad pierde, o ha perdido, una noción común de lo bueno, pero es eso mismo, la noción de un bien común contra la idea de un pluralismo relativista o una política de identidad de grupos, lo que divide a la sociedad sin pueda vislumbrarse una posible salida. 

Reconocer esta situación sería aceptar que el conflicto va más allá de lo que podría aguantar la democracia, pero el sistema todavía resiste: el conflicto se da en las urnas aunque algunos quieran llevarlo a las calles. Si esto no va a llegar más lejos, un primer paso para quienes han sido derrotados en esta elección ya sea real o simbólicamente sería un intento serio de comprender a sus contrarios e intentar una refutación que vaya más allá de la condena moralizante o del desprecio. Eso sería un intento por recuperar o construir algo en común, claro que es más fácil revolcarse en la autocompasión y la victimización, y echarle la culpa a otros, a los malos. 

martes, 20 de agosto de 2013

La intolerancia de los inteligentes

Ha quedado en el pasado el incidente de la profanación de Catedral de Santiago por parte de un grupo de partidarios del aborto. (No es la primera vez que ocurre algo semejante, y así como van las cosas, no será la última). Como la memoria nacional es corta, estas cosas no reciben toda la atención que se merecen. Los culpables no recibirán ningún castigo, como tantos otros que han quedado impunes tras cometer desmanes parecidos, y, pasados unos días, la atención se desvía hacia otros temas.

Una gran mayoría, de todos los sectores, condenó el hecho. Algunos, además, notaron con preocupación que quienes profanaron la Catedral no hayan mostrado ningún tipo de arrepentimiento, como tampoco lo hizo el estudiante que escupió a Michelle Bachelet. Ha surgido la preocupación por el creciente clima de violencia en el país. Pero eso no es tan extraño; siempre ha habido odio y violencia, y la Iglesia siempre será una piedra de escándalo.

Lo que llama la atención, más que la falta de arrepentimiento de quienes cometen la violencia, es la defensa (parcial) que algunos intelectuales han hecho del incidente en la Catedral. Dos profesores universitarios (de Santiago y Valparaíso), han argumentado en la sección de cartas del diario que es perfectamente legítimo interrumpir una ceremonia de culto para manifestar desacuerdo con ciertas posturas. Una acción de este tipo estaría amparada por la libertad de expresión.

Dejando de lado que probablemente dichos profesores no tolerarían lo mismo en sus salas de clases, es notable que, para algunos académicos, la religión ni siquiera pueda quedar relegada al ámbito privado, que es una de las aspiraciones de la sociedad pluralista. No se trata en este caso de apoyar una contramanifestación en la calle, sino de justificar el ingreso a un lugar privado para interrumpir las actividades de quienes se reúnen ahí.

Estas breves muestras de sinceridad liberales, que de cuando en cuando aparecen en los medios, muestran que el proyecto pluralista va más allá de intentar la convivencia de visiones distintas: promueve la transformación de la sociedad mediante la imposición de una visión determinada de la realidad y no tolera posiciones divergentes. Así lo ha declarado en el pasado otro académico de una universidad del sector oriente de Santiago. Por un lado se amedrenta mediante la violencia, y por el otro se teoriza, justificando la supresión –paso a paso– de quienes piensan distinto.

Frente a esto el diálogo sirve de poco. Ya empieza a circular la idea de que habrá que sufrir (discriminación, demandas judiciales, funas, etc.) por exponer ideas que opuestas a lo políticamente correcto – el testimonio es el mejor argumento. Es de esperar que este ambiente violento no se extienda y que los intelectuales  que lo justifican sean rechazados por la comunidad académica (cómo hasta el momento lo han sido, si bien de manera preocupantemente tibia). Aun así, tomado la situación en conjunto, uno comienza a preguntarse qué lugar tendrán dentro de “El otro modelo” quienes no lo comparten. 

martes, 21 de agosto de 2012

Marihuana en el Senado

por Federico García (publicado en El Sur, de Concepción)

“No se puede razonar con un marihuanero –me informó un psicólogo cuando le pregunté por el tema– cualquier cosa que amenace su placer será rechazada de plano”. A fin de cuentas, la marihuana es una droga y eso es una causa de que en el debate se cuelen tantos errores de razonamiento, aunque probablemente la causa principal de que la discusión se vea plagada de falacias es la poca costumbre que tenemos de argumentar con rigor.

Por ejemplo, se ha dicho que la confesión del senador Rossi ha sido “valiente” frente a la hipocresía nacional que tiende a ocultar las realidades desagradables. Veamos: si se dice “valiente” es que ya se ha llegado a una conclusión favorable. Distinto sería si el senador hubiera dicho que se emborracha un par de veces al mes, o que ha participado en carreras clandestinas. Algo así, al no estar pre-aprobado por buena parte de los comentadores, no haría al que lo confiesa merecedor del adjetivo “valiente”.

No está demás una digresión sobre la hipocresía. Ésta tiene dos contrarios, igualmente sinceros: la virtud y el cinismo. No porque la hipocresía sea mala todo lo que se le oponga será necesariamente bueno. El cinismo puede ser peor que la hipocresía, pero esto es irse por las ramas de la lógica.

La discusión sobre las drogas no es principalmente sobre  si se legaliza o no una práctica masiva (podría aplicarse a la evasión de impuestos, a la conducción por sobre el límite de velocidad, etc.) o sobre qué es lo más eficiente económicamente. La cuestión de fondo, relacionada con las anteriores pero que no suele aflorar en estos debates, es qué y cuánto estamos dispuestos a tolerar como sociedad.

La eliminación completa de algunos males acarrearía males mayores, por eso se los tolera. En el caso del tabaco, por ejemplo, la balanza se inclina cada vez más hacia su prohibición total, en desmedro de ciertas libertades. Se lo considera tan malo, que supresión compensaría los males que esta misma pueda causar. Respecto de las drogas no se ha visto una discusión de fondo, ni tampoco mucha difusión, sobre el alcance de los males que causan, tanto físicos –y mentales–  como sociales como para poder formar un juicio sobre si corresponde tolerarlas o no. 

Tampoco se ha debatido si acaso la libertad de quienes quieren acceder fácilmente al placer de drogarse valdría la pena frente a los males que podrían ocasionarse por la legitimación social y legal de la droga: es decir, si una sociedad que se preocupa por el bien de sus ciudadanos puede o no permitir, con todo lo que eso implica, este tipo de males. Frente a esto, argumentos de tipo económico o práctico son accidentales.

Con esto se llega a un tema más fundamental aún: qué tipo de bienes compartidos debe custodiar una sociedad. (En el caso de las drogas, dado su efecto en la mente humana, van mucho más allá de la salud corporal). Si no hay noción de esto, es inevitable que el debate eluda los problemas de fondo y se resuelva a favor del que lo manipule más hábilmente.