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martes, 31 de marzo de 2015

Libertad académica e identidad institucional

Comencemos por lo obvio para llegar a lo más complejo. La libertad académica no puede ser absoluta. Un profesor que tenga la cátedra de filosofía antigua, por ejemplo, no puede dedicarse a enseñar un texto como el Poema de Mío Cid, que no es antiguo ni filosófico. Esto, si bien en la práctica no presenta ningún problema, lo hace en principio ¿Quién decide cuándo termina la edad antigua? ¿Quién decide qué es filosofía y qué no? Pareciera que eso no puede quedar al arbitrio de cada académico, es algo que viene dado por una tradición. Aunque la libertad académica no puede ser completa, sino que se da en un campo previamente delimitado, es absolutamente necesaria para que la universidad cumpla su función: buscar la verdad, investigar la realidad de las cosas, en comunidad. Las nociones de verdad y de comunidad académica son particularmente importantes: la libertad académica puede verse amenazada por presiones externas, pero también puede verse comprometida desde dentro. En la medida que un investigador niegue la existencia de una realidad que pueda ser objetivamente conocida y por lo tanto, comunicada, y lo vea todo en función de relaciones de poder, por ejemplo, no tiene sentido de hablar de libertad académica. Si la investigación y la docencia están fundadas en algo distinto al anhelo de comprender la realidad, la libertad académica queda en entredicho. Es por esto que ideología y libertad académica son excluyentes. En la academia, la voluntad (de poder, de cambio, etc.) nunca puede estar por sobre la mirada contemplativa que busca la comprensión: theoría por sobre cualquier praxis. La libertad académica exige una responsabilidad académica, que podríamos llamar honestidad intelectual.

La honestidad intelectual está profundamente ligada a la noción de identidad comunitaria, en la medida en que la investigación se realiza dentro de una comunidad, como lo es la universidad. Una comunidad puede ser criticada desde dentro, pero la crítica puede llegar a un punto en que pone a quien la hace fuera de la misma. Es la comunidad la que tiene el derecho a decidir esto (y es un riesgo que corre quien habitualmente se sitúa en los límites). En este contexto, la expulsión de la comunidad simplemente viene a establecer un hecho ya ocurrido. Por supuesto, que quien se da cuenta de que ya no forma parte de una comunidad debe, si es honesto, retirarse de ella. No sería honesto ir en contra de una comunidad y a la vez esperar su apoyo. Se entiende que un profesor de economía de la Universidad Arcis, por ejemplo, que llegue a ser un neoliberal convencido, tenga que dejar esa casa de estudios. Si se concibe la universidad como algo más que un soporte material para un grupo de profesores independientes, el pluralismo intra-universitario necesariamente será algo limitado, como lo es siempre la libertad dentro de una comunidad. Puede haber comunidades académicas con vínculos más fuertes que otras, como las universidades católicas, pero eso depende de cada comunidad académica, no del individuo.

martes, 17 de marzo de 2015

Fomento de la cultura chilena

El senado acaba de aprobar la ley que obliga a las radios a trasmitir un 20% de música chilena (ya sea compuesta o interpretada por chilenos). Es delicado el asunto: si no se puede obligar a alguien a hacer algo, es problemático obligarlo a que lo haga de determinada manera. El interesado podría simplemente negarse del todo y la situación final vendría a ser peor que la inicial. Pero como el espacio para transmitir ondas de radio es limitado, es razonable que esté regulado en vistas al bien común, aun así no deja de causar cierta intranquilidad que el Estado pautee a los medios de comunicación. El ingenio humano sabrá zafarse de una imposición como esta; posiblemente las radios cumplan con la letra de la ley transmitiendo música chilena en un horario especial, entre dos y seis de la mañana.

La Sociedad Chilena de Derechos de Autor celebra, por supuesto, con esto espera aumentar sus ingresos, pero el radioyente interesado tiene otras opciones para escuchar la música que le gusta y explorar cosas nuevas. Habrá que ver si se produce una fuga –que no será muy numerosa; aquí se trata de influir sobre la multitud que nunca ha sido muy independiente– hacia emisoras online. Por otra parte, los músicos chilenos tenían otros medios para fomentar el gusto por su música, pero parece más fácil influir sobre los legisladores que hacerlo directamente sobre la gente. Se ha dejado de lado el trabajo previo, en la formación de los gustos, sentimientos y aficiones de las personas, que sirven de sustento a las  leyes. Se ha dejado de lado y pasado por alto a la sociedad. El camino que se tomó más parece proteccionismo y aunque un proteccionismo de este tipo no tenga grandes consecuencias siempre implicará algún tipo de injusticia en el otro extremo del tejido de relaciones sociales: cuando en un sistema dinámico e interdependiente se fija, o intenta asegurar, alguna de las partes (en este caso, las ganancias de la Sociedad Chilena de Derechos de Autor) las repercusiones suelen ser más fuertes para las demás partes, que se ven obligadas a soportar una mayor tensión.

Hay otros aspectos de la cultura chilena, sin embargo, que se sí han visto reforzados en este pequeño episodio: pretender arreglar problemas mediante leyes sin prestar atención a las costumbres, y recurrir o usar al Estado para solucionar un asunto que debía haberse resuelto mediante el trabajo de los directamente afectados e interesados.

martes, 2 de diciembre de 2014

Aborto, libertad y derechos

Si hay algún absoluto moral que hoy sea aceptado, es que la libertad de uno termina donde empieza la del otro. No es mucho, pero es algo. Dónde queda ese misterioso lugar donde se encuentran ambas libertades, qué se hace en caso de un conflicto irreconciliable y por qué se ha de respetar la libertad del otro, son cosas no resueltas. Algunos, más concretos, dicen que la libertad de uno termina donde empiezan los derechos del otro, y por supuesto, queda por resolver cuáles son esos derechos y quién cuenta como un "otro" que pueda tener derechos. Si bien estas formulaciones no consideran una buena parte de la vida moral del hombre, son relevantes para la discusión actual sobre el aborto, que hace tiempo dejó de ser un asunto de salud.

La pregunta por el "otro" es la primera; desde la respuesta que se obtenga podrá resolverse la cuestión de sus derechos. Ya es un problema plantearse quién es sujeto de derechos, y si alguien tiene el derecho de determinar quien cuenta como un "otro". Si los derechos son algo meramente otorgado por unos a otros entonces no son verdaderos derechos. Si se entiende el derecho como aquello que a uno le pertenece, como lo propio, no puede ser algo recibido sino poseído desde que se es. Después de todo, quien otorga también puede quitar. La libertad de uno o de una, entonces, ¿termina dónde empieza el derecho del feto a no ser destruido? ¿Es el feto un sujeto de derechos? Es tentador disminuirle los derechos al embrión humano (¿con qué derecho?), al fin y al cabo, un embrión puede ser molesto y si se lo quita de en medio no hay quien reclame por él. Además, él es diferente. Sin embargo, proceder de esta manera lleva a algunas posiciones que pueden llegar a ser insostenibles.

Está claro que el ser humano adulto es sujeto de derechos. La pregunta es dónde radican esos derechos humanos. Siguiendo la definición, podría responderse que radican en misma humanidad, en el hecho de ser humano y no otra cosa. Siendo así la situación, dado que el embrión que es tan miembro de la especie Homo sapiens como cualquier adulto, también es sujeto de derechos humanos y esos derechos constituirían un límite a la libertad de otros. Para quitar o disminuir los derechos del embrión, entonces, es necesario hacer que los derechos humanos no radiquen en la humanidad misma, sino en alguna característica de ella, como la auto-conciencia, la capacidad de proyectarse al futuro y tener intereses propios, la capacidad de sentir dolor, el desarrollo del sistema nervioso central, ser querido o deseado por otros, etc. El problema es que es si se procede así hay otros que caen o pueden caer en la categoría de los sin derechos, como los niños recién nacidos o los enfermos mentales severos. Si bien en el Chile actual es insostenible afirmar que un niño de pocos meses no tenga derechos, por no tener auto-conciencia, intereses propios, etc. ya hay profesores de prestigiosas universidades que proponen esto en revistas académicas. Es el "progreso" lógico de una posición a otra. 

Pero eso no es lo de fondo. El asunto es que las características de un ser humano, como la capacidad de tomar decisiones sobre su vida, su inteligencia, el desarrollo o deterioro de su sistema nervioso, etc. son todas características que admiten de grados, de más o menos. Si los derechos de la persona radican ahí, se abre la puerta a distintas categorías de seres humanos, con más o menos derechos según sea mayor o menor su desarrollo cognitivo, capacidad para proyectar el futuro, etc. La humanidad, en cambio, no admite de grados, o se es humano o se es otra cosa, pero no hay seres humanos que sean más humanos que otros. Esos nos hace a todos iguales, igualmente humanos, iguales en humanidad, también, a los recién nacidos, a los niños prematuros y a los embriones.

martes, 25 de noviembre de 2014

El Colegio Cumbres y las libertades

Algunos sectores políticos afirman que en Chile  la libertad está amenazada. Se refieren principalmente a la libertad económica, pero hay otras libertades más básicas o más importantes, como la libertad religiosa, la libertad de expresión o la libertad de asociación. Si bien la libertad económica se ve afectada por la regulación, eso no es lo más grave: se puede vivir humanamente y ser libre en otros aspectos aunque el gobierno de turno agobie a los que generan riqueza (porque la riqueza material no es la única riqueza ni la libertad económica la única libertad), tal como se puede vivir humanamente y conservar la libertad interior aunque la libertad económica genere tal cantidad de bienes que el consumismo materialista llegue a ser agobiante. Pero las amenazas a la libertad de enseñanza, de expresión y de asociación son una forma más grave y profunda de control que la planificación económica: es un totalitarismo que apunta a lo más íntimo del hombre. 

Estos ataques a la libertad interior del ser humano se ven principalmente en el campo de la educación, que es donde se forma la persona. Quien educa a los jóvenes moldea el futuro. El núcleo de la actual reforma educacional no es educacional, como ya se ha dicho, es social. Es sobre todo un asunto de libertad de asociación. El Estado quiere ser quien determine con quien se juntarán los niños y qué aprenderán, e impedir que los padres puedan hacer mucho al respecto. Pero los ataques a la conciencia no vienen sólo del Estado, vienen también de grupos de presión minoritarios, que generan gran influencia social y se sirven del poder coercitivo del Estado para promover su agenda privada.

Un ejemplo claro de esto es la “explicación” que exigió el Movilh al Colegio Cumbres, por enseñar actitudes “homofóbicas” en clases de religión. No basta con la tolerancia en el espacio público, se busca la adhesión en el ámbito privado, pasando por encima de la religión que se profesa. No es suficiente acomodarse en el acto externo, se prohíbe hasta pensar distinto: la policía del pensamiento políticamente correcto (la “gaystapo”) supervisa el panorama para llamar al orden a todo el que se desvíe. El derecho a un proyecto propio, a una identidad corporativa, se desmorona, seguido por el debilitamiento de la libertad religiosa y los derechos a la libertad de conciencia, pensamiento y expresión.

La supresión de las libertades más importantes para el ser humano puede convivir con una economía bastante próspera. Es casi una condición necesaria, pues parece que mientras el estómago esté lleno, a pocos les importa qué les metan en la cabeza y el corazón. Pero para llegar a eso, es necesario que antes la cabeza y el corazón hayan estado vacíos.

martes, 14 de octubre de 2014

La libertad, más en serio todavía

Se ha dicho que hay que tomarse la libertad en serio. Que eso implica respetar las opciones que, libremente, toman los demás. Que la libertad no es sólo económica, sino también moral, o sea completa. Y sin duda que la libertad es importante: es a través de esa capacidad de decidir que se puede ver la dignidad humana, puesto que sólo un ser que de alguna manera sea inmaterial puede escapar la determinación. Es a través de la libertad, ese dirigirse desde dentro, que el hombre es dueño de sí mismo, y por lo tanto un sujeto y no un objeto.

Pero la pregunta por la libertad es inseparable de la pregunta por lo bueno (aunque la libertad como facultad sea, también, un bien). La libertad es siempre intencional, no existe en el vacío: se elige algo, y siempre que se elige alguna cosa es porque se considera buena, o al menos, mejor que la alternativa. Y la pregunta es “¿por qué?”, ¿por qué se elige una cosa por sobre otra?, ¿qué es lo que hace que algo sea mejor que su alternativa? No basta decir que algo es mejor precisamente porque se lo elige libremente. Si la libertad diera valor a lo que se elige, si bastara elegir para que lo elegido fuese bueno, no habría ninguna razón para elegir una cosa por sobre otra, sería igual quedarse en la cama que levantarse para ir a clases. La libertad sola es insuficiente, no alcanza a ser el bien supremo.

Aquí se ve la dependencia de la libertad respecto del intelecto (que busca razones), y del intelecto, por su parte, de la realidad. Esto es sabido y aceptado en un nivel físico -nadie diría que la comida más saludable es la que uno libremente elige- pero es más difícil de reconocer en un nivel superior.

Ahora bien, se podría pensar que lo que se elige, que lo que parece bueno, se elige por la educación recibida, por los impulsos de la propia constitución, por los hábitos formados a temprana edad, pero esto sería anular la libertad volviendo a un determinismo. No es la idea de los defensores de la libertad. Tiene que haber alguna razón para decir que algo es mejor que otra cosa, para elegir, y esa razón no puede ser ni el impulso, que no es razón ni es libre, ni la libertad que no producir razones ya que las necesita para actuar.

El problema de anteponer el bien a la libertad es el de definirlo, sobre todo en una sociedad como la nuestra. La prudencia exige respeto por las distintas concepciones de lo bueno, por los distintos proyectos de vida, precisamente porque la tranquilidad y la paz social son mejores que sus alternativas. Pero este respeto no dispensa por la pregunta por el bien, al contrario, la hace más acuciante, más compleja, a la vez que supone ciertos bienes distintos de la misma libertad. Pasarla por alto es tomarse la libertad a la ligera.

martes, 19 de agosto de 2014

Los deberes de los estudiantes

Es curioso notar la cantidad de deberes (y el profundo sentido del deber) que tienen algunos de mis alumnos. El lenguaje en que los expresan es el más fuerte posible: “no puedo asistir a la próxima clase, porque tengo que jugar un partido de fútbol”, “no pude llegar a la prueba porque tuve que viajar” y cosas por el estilo. Llama la atención que la imposibilidad moral sea tan fuerte como una imposibilidad física. Kant, sin duda, estaría orgulloso de ellos.

Parte de mis propios deberes es liberarlos, mostrarles que lo que tienen que hacer no es tal. Son libres, o al menos, a partir de los dieciocho años, bastante libres. No tienen que asistir a clases, ni deben estudiar. Se supone que lo hacen porque quieren, pero es propio de la gente joven no saber muy bien lo que quiere.

La primera revelación viene cuando se dan cuenta de que no están obligados a ir a la universidad, ni a una universidad o carrera en particular. Algunos se sienten obligados por las circunstancias, lo cual hace desagradables sus estudios, pero poco a poco llegan a darse cuenta que esa obligación es condicional: tienen que ir a clases porque quieren titularse, tienen que titularse porque quieren ser profesionales y quieren que ser profesionales porque prefieren eso a la alternativa. Es el momento en que empiezan a verse como dueños de sus vidas.

El paso del “tengo que” o “debo” al “prefiero” o “quiero” es particularmente importante. Implica pasar de ser un objeto que es gobernado la necesidad de las fuerzas externas, a ser un sujeto que se gobierna a sí mismo. Asumir la propia libertad también implica empezar a hacerse responsable, puesto que uno es dueño los actos que van conformando la propia vida.

El querer, además, puede darse en distintos niveles. Puede referirse al momento (quiero o no quiero estudiar, quiero o no quiero ver un video), a un espacio de tiempo  más largo (quiero pasar el ramo) o a la vida como un todo (quiero ser una persona educada). Esta idea no es algo inmediatamente digerible. El querer de un momento puede ir contra lo que se quiere a largo plazo; libremente se puede hacer lo que en realidad no se quiere. Limitarse, a su vez, puede ser liberador.

Esto no hace las cosas más fáciles, en ningún caso. Hace que las excusas sean muy fuertes: “no quiero asistir a la próxima clase, porque quiero jugar un partido de fútbol, porque prefiero no quedar mal con mis compañeros”. Pero al menos hace que la realidad de las cosas y de la propia conducta sea más clara, y que esa compleja palabra, “deber”, se devalúe un poco menos. 

martes, 6 de agosto de 2013

¿Quién paga la cuenta?

Un reciente reportaje relataba la historia de jóvenes que sufrían por las enormes deudas que habían contraído con las tarjetas de crédito y casas comerciales. Una autoridad de mi ciudad decía al respecto que era una irresponsabilidad moral ofrecer líneas de crédito a jóvenes de dieciocho años. Concuerdo plenamente.

Aun así, el neoliberal defenderá la libertad a rajatabla: si una persona es mayor de edad, podrá hacerse cargo de sus actos y aceptar las consecuencias. Después de todo, nadie está obligado a tomar un crédito de consumo a los dieciocho años. Pero hay, sobre esto, una crítica más profunda que la alusión a la irresponsabilidad de la juventud: ¿se puede decir que haya libertad si la sociedad entera dirige a la persona, desde su infancia, a hacia la adquisición de bienes materiales como fin último de la vida? ¿Se puede ser realmente libre frente a una publicidad agresiva y omnipresente en una sociedad de consumo?

Es fácil declarar interdictos a otros, ponerle límites al resto en nombre de su propio bien. Pero si considera esta posibilidad en materias económicas, convendría plantearse si esto no se aplica también en otras áreas. Si una persona de diecinueve años no está capacitada para decidir responsablemente si toma un crédito o no, y los casos expuestos en el artículo claramente indicaban que no, ¿estará capacitada para elegir responsablemente a las autoridades del país? 

Quizás convendría reexaminar la madurez y la mayoría de edad en una época en que las personas viven más y postergan decisiones importantes como la elección de una carrera o el matrimonio, pero eso es tema para otra ocasión. Más urgentemente habría que preguntarse si un político en campaña no se parece demasiado a una tarjeta de crédito o a un banco ofreciendo préstamos. Ambos hacen publicidad pensada en pasar por encima de la racionalidad, y por lo tanto, de la libertad. 

Los políticos hacen ofertas insuperables, muy atractivas en el corto plazo, pero que pueden tener efectos destructivos en el futuro, como los de un crédito fácil. Para tener energía rápida y barata, por ejemplo, se construyen decenas de centrales termoeléctricas. O se promete cuidar el medio ambiente, y no se agrega ninguna fuente significativa de energía en años. ¿Cuándo hay que pagar la cuenta? 

Si el Estado, para proteger a la gente de sí misma, limita lo que pueden ofrecer las instituciones financieras, ¿quién limita lo que pueden ofrecer los políticos? No sería mala idea tener un “Sernac” político. Existe, dirá alguno, y se llama democracia, pero el problema está en que si las personas pueden ser engañadas o manipuladas por las ofertas de un comerciante en el libre mercado, también pueden serlo por las ofertas de un político en una democracia, o demagogia. ¿Quién paga la cuenta?

martes, 8 de enero de 2013

Control de armas

por Federico García (publicado en El Sur, de Concepción)

Es cosa de preguntarle a un hombre que recientemente haya sufrido un robo qué tipo de castigo merece un delincuente para darse cuenta que las leyes tienen que deliberarse con calma, y que intentar pasar una ley al amparo de algún hecho conmovedor es aprovecharse de las circunstancias.

Hace unas semanas, a propósito del tiroteo en un colegio en Newtown, EE.UU. surgieron voces en nuestro país llamando a un mayor control de armas y culpando de este tipo de matanzas a las liberales leyes de armas que rigen en EE.UU.

Pero el horror de una masacre no es una licencia para dejar de examinar el problema con detención. Si bien cada vez que hay un tiroteo en EE.UU. como el Newtown o el de Columbine se echa la culpa a las leyes de armas, eso no ocurre cuando el tiroteo es Noruega (2011), Alemania (2009, 2006, 2002), o en Finlandia (2008, 2007), etc. En esos casos la noticia, y el clamor público suelen centrarse en otras cosas, porque en esos países tienen leyes de armas bastante estrictas. La explicación de un fenómeno no se reduce a una sola variable.

Ahora, estos crímenes parecen ser más comunes en Estados Unidos que en otros países, y es tentador poner como explicación la gran cantidad de armas que hay en manos particulares en ese país. Pero Estados Unidos es un país enorme en población, por lo que es de esperarse que cualquier cosa que pueda ocurrir sea más común ahí que en países con poca población, como Noruega o Finlandia. Además hay otros países, como Suiza, donde hay gran cantidad de armas en poder de los ciudadanos y no ocurren estos incidentes.

Para poder entender por qué en un país como Estados Unidos la posesión de armas es un tema tan importante, hay que mirar dos elementos. Primero, está consagrado como un derecho en su constitución (aunque las palabras dejan lugar a interpretación) porque la revolución de las Trece Colonias fue posible gracias que cada campesino independiente tenía su arma, para cazar como para defenderse, que pudo usar contra los Ingleses. El arma es vista como una garantía de la libertad, después de todo, los pioneros en control de armas han sido los regímenes totalitarios, por razones obvias.

Además, se considera el arma como garantía de la seguridad personal, teniendo en cuenta que como los delincuentes no suelen obedecer las leyes de armas, el ciudadano honesto suele quedar indefenso frente al malhechor. Cuando ocurre que algún dueño de casa repele una agresión mediante el uso de su arma, como pasó en Santiago hace algunas semanas, no suele comentarse mayormente la noticia.

Por otra parte, la proliferación de armas en una sociedad hace más probable el crimen violento, y hace que aumente la tasa de suicidios. La solución al problema es cosa prudencial, no de principio. La tradición de armas de nuestro país es distinta a la de otros países, pero viendo lo que ocurrió luego del terremoto de febrero de 2012, y la reacción de las autoridades, siempre tendré mi arma relativamente a mano.

martes, 16 de octubre de 2012

Creo en la libertad del alumno

por Federico García (publicado en El Sur, de Concepción)

“Si falla el alumno, es porque fallamos nosotros” dijo el director del programa. Bastante de cierto hay en eso, pero si los alumnos llegan a enterarse que esa es la política oficial, sería el acabose. Por lo demás, una postura como esa puede entrañar un cierto desprecio hacia al estudiante, sobre todo cuando se habla de educación superior.

Es mucho lo que depende del profesor. Mucho depende también de los otros educadores, sobre todo de los padres (tema que casi no aparece en el debate sobre la educación chilena). Pero el estudiante tiene un poder tan grande que puede anular los mejores esfuerzos de todos quienes lo educan: es libre.

El alumno, como cualquier persona, se ve influido por sus circunstancias, pero no es automáticamente producto de ellas, hay algo en él irreductible. Es por esto que se lo educa y no se lo adiestra, como se hace con un animal. Por cierto, es mucho más fácil adiestrar que educar.

Por el alumno se puede, y se debe, hacer todo; desde entregarle libros e incentivarlo a que los lea, hacer las clases interesantes y asegurarse que asista regularmente, motivarlo, evaluarlo con frecuencia  y hasta darle segundas oportunidades según sea oportuno, y cómo no, también ejercer la presión de una posible nota o de la sanción disciplinar cuando corresponda. Se le puede enseñar, pero no se le puede hacer aprender. Eso depende de él y de nadie más.

Este es el problema crucial del educar: tienen que coincidir la enseñanza con el aprendizaje. Si bien uno puede, de mejor o peor manera, enseñarle a otro, nadie puede aprender por otro. El que aprende se decide libremente a intentarlo, o no hay educación posible.

En este equilibrio, que se inclina más hacia un lado en la medida que el alumno sea más libre por su madurez, quizás sea poco lo que puede hacer un estudiante, pero ese poco es crucial. Es la chispa que encenderá el material que pone a su disposición el profesor. Es abrirse a recibir lo que se le entrega. Lo triste es que entre tantas distracciones y experiencias a destiempo, parece que muchas veces la chispa se ha apagado o que la mente simplemente ya está cerrada.

Cuántas veces uno a escuchado algún alumno lamentarse por haber venido a clases el día en que el profesor no pasó lista, o de haber estudiado la materia que no se preguntó en el examen, como si lo importante fuese cumplir con ciertas reglas arbitrarias.

Cuando se da esta situación, la educación puede transformase en una especie de entrenamiento, porque se ha dejado de creer en la libertad del alumno. Se ve en la universidad: se exige asistencia a clases, porque se asume –o se sabe por experiencia– que sin esto el alumno no asiste, se controlan las lecturas, porque es raro el estudiante que lea por motivación propia. Pero ellos ya son adultos, y yo se los recuerdo de cuando en cuando. Creo en su libertad con lo que eso implica, y se los digo: si fallan, casi toda la culpa puede ser mía, pero para esto de enseñar y aprender siempre se necesitan dos.

martes, 7 de agosto de 2012

Sueldos Mínimos

por Federico García (publicado en El Sur, de Concepción)

Nadie puede vivir dignamente con el sueldo mínimo. Menos mantener a una familia (no es que al Estado le haya ocupado mucho la familia en los últimos 22 años). Pero además de eso, hay otros aspectos a considerar.

El sueldo mínimo, real, no es el que indica la ley. El sueldo mínimo es cero: lo que gana un hombre sin trabajo. En el trabajo informal (limpiar parabrisas o vender en las calles) tampoco rige la ley del sueldo mínimo. Ninguna ley puede afectar eso; hay realidades que un gobierno no puede cambiar directamente.

No hace falta explicar los efectos económicos de cambiar el salario mínimo legal, en parte, porque hay muchos factores que impiden una salida simple. En todo caso, si alguno se niega a reconocer lo que de hecho ocurre cuando se toman ciertas medidas económicas, peor para él y los que de él dependan.

Pero los problemas no acaban ahí. Todos tendemos a pagar sueldos mínimos. ¿O acaso el lector, frente a dos servicios de equivalente calidad elige el más caro? No es que los empresarios sean malos –es tan agradable ocupar la superioridad moral– simplemente actúan, a la hora de pagar, como actúa la mayoría a la hora de comprar.

¿Qué hacer para que algunos paguen más por las horas de trabajo, si otros no están dispuestos a pagar más por lo que producen aquellas horas? Disminuir la ganancia de unos es lo que se viene a la cabeza, pero los afectados se resistirán, tal como se resistirían los otros si es que les suben los precios (que es lo que suele suceder al final, en todo caso). Ojalá fuera tan sencillo como hacer por  ley que los que puedan, paguen sueldos más altos (en detrimento de los propios – que se presumen excesivos).

Además, las materias económicas no se rigen por criterios absolutos: no es lo mismo que pague el sueldo mínimo un emprendedor que ha comenzado su negocio hipotecando sus bienes y que sólo tiene deudas, a que lo que haga un empresario que obtiene grandes utilidades. Tampoco es igual que se pague el salario mínimo a un joven que se enfrenta a su primer empleo, que a un empleado que ha probado su habilidad con años de trabajo. Sería poco justo obligar a todos a lo mismo, porque no todos los empleados ni empleadores están en las mismas categorías.

A pesar de lo anterior, da la impresión (¿cuántos pueden hablar de estos temas con información real?) que muchos que pueden pagar más que el mínimo no lo hacen.  ¿Qué puede hacer el Estado para mejorar la situación de quiénes son muy débiles para hacerlo por sí mismos, sin perjudicar a la sociedad como un todo? La respuesta fácil probablemente sea incorrecta. Cabe notar, también, que en estas cosas el Estado siempre estará en desventaja, ya que los emprendedores siempre serán más inteligentes y hábiles que los legisladores y burócratas.

Quizás lo que falta es que los grandes y no tan grandes empresarios (incluyendo accionistas) se den cuenta que la paz y cohesión social tienen un valor, y eso implica un precio. Pero eso es otro tema, para otra columna. 

martes, 1 de noviembre de 2011

Tu libertad termina donde empieza la mía ¿o al revés?

por Federico García (publicado en El Sur, de Concepción)

Entre los eslóganes de moda no hay ninguno con tanto potencial cómo este para hacer desagradable la vida de los demás.

Hace unos días trataba de trabajar en silencio mientras en la misma sala otra persona escuchaba música. ¿Quién pasaba a llevar los derechos del otro? ¿El que escuchaba música o el que pedía silencio? Un poco a mi izquierda había otro que evidentemente hacía uso de su libertad de prescindir del baño diario. El problema de las libertades, y el conflicto que se genera, ha estado presente en la mayoría de las recientes manifestaciones sociales: la libertad de manifestarse en la calle contra el derecho al orden público, el derecho parar las clases versus el derecho a estudiar, etc.

Que mi libertad termina donde empieza la del otro es, por eso, un eslogan vacío, por mucho que se le atribuya a un brillante pensador decimonónico. Vacío porque nadie sabe exactamente cuál es ese lugar donde termina la libertad de uno y empieza la del otro, y mucho menos quién y cómo fija ese límite. La discusión, tomando esta consigna como punto de partida, puede llegar al infinito.

¿Cómo se resuelve este conflicto cuando el eslogan no funciona? Una posibilidad es recurrir a la fuerza. Eso es justamente lo que hacen muchos para garantizar sus derechos auto conferidos. Pero el recurso a la fuerza -la ley de la selva- es justo lo que quiere evitar quien se apoya en esta idea. Ha de agradecerse al eslogan y a quien lo propuso el haber mostrado cuál es el problema, pero éste tendrá que ser resuelto por otra vía, porque esa frase será atractiva pero no tiene contenido.

El problema es que, cuando hay dos libertades con aspiraciones irreconciliables, una tiene que primar sobre la otra. No hay más salida. Si el eslogan pretende maximizar la libertad, lo cual es bueno, la vida cotidiana muestra que el límite a la libertad no lo puede poner la libertad de otros, a no ser que se quiera descender a la ley del más fuerte. Habrá que ver, entonces, cuál de las dos libertades en pugna tiene de su parte la razón o el derecho, pero esto implica apelar a algún bien superior a la libertad misma. Esto es algo que va más allá de la idea en la que se funda el famoso eslogan: demuestra que una sociedad no puede sustentarse en una mera evasión de conflictos (ilusoria, por lo demás) o dicho de modo abstracto, sobre un fundamento negativo.

¿Qué es eso que está por sobre la libertad? ¿Acaso no es la libertad el bien superior? Aunque parezca atractivo pensar así, es casi absurdo. Es casi absurdo porque la libertad es sólo una capacidad, y una capacidad necesita de un objeto para llegar a ser plena, es decir, si no se elige algo, la libertad termina en nada. Esto obliga a volver a una concepción de la sociedad fundada en una idea del bien común. Significa volver a una idea de la libertad que sea algo más que una ausencia de coerción, a una idea de la libertad entendida como “libertad para”, es decir, dirigida hacia algún bien. No es fácil determinar esto, pero la realidad suele ser compleja y reacia a acomodarse a fórmulas y soluciones fáciles. La gran pregunta es, entonces, dónde empieza el derecho a poner límites a la libertad de otros, y sobre todo, por qué.

martes, 28 de junio de 2011

Papá Estado se transforma en Gran Hermano

por Federico García

La polémica decisión del  gobierno de monitorear las redes sociales nos descubre una paradoja: el gobierno ha decido meterse a mirar los comentarios que hacen las personas en twitter y otros foros públicos, para “escuchar mejor” (como le decía el lobo a Caperucita).  Pero si escucha para saber lo que quiere la gente, tendría que dejar de monitorear las redes sociales, porque la gente no quiere que la “escuchen” ahí. Es una decisión que de cumplirse a cabalidad, se anula a sí misma.

Esta decisión también deja en claro la necesidad real que tiene el gobierno de escuchar a la gente, tomarle el pulso al momento, bajar de la torre de marfil, o como quiera decirse. Era obvio para cualquier persona con dos dedos de frente que una política como ésta iba a caer como patada en la guata, sobre todo en un momento de bastante agitación social. Parece que en el segundo piso no se les ocurrió.

Pero en todo esto aún hay más cosas que considerar. Por ejemplo, que si lo que se dice en internet es público, cualquiera puede escucharlo, incluido el gobierno. Después de todo, si uno dice algo en público, es para que se oiga. ¿Acaso no es el propósito del que hace comentario en un blog el de “hacer una diferencia” o “influir”? Ahora va a ser realidad. ¿No deberían estar felices los cyberciudadanos de que el gobierno pare la oreja para escucharlos? Parece que no. Resulta ahora que las voces que gritan amenazan con callarse si es que el gobierno se pone a escucharlas. Los ciudadanos digitales también tienen sus contradicciones, creo que en este caso hay un cierto temor a perder el anonimato, a tomar responsabilidad por lo que se dice.

No hay que olvidar que esto es una extensión de lo que hace el gobierno hace tiempo: monitorear la prensa, escrita y digital. (No sólo el gobierno, los departamentos de comunicación de muchas instituciones están siempre revisando la prensa y las redes sociales para ver qué se dice ellos, cuántas veces salen, cómo salir más, etc.).  O sea, nada nuevo. Los que se escandalizan simplemente tienen que desenchufarse un rato se sus pantallas y darse cuenta de cómo está funcionando el mundo desde hace un tiempo.

Termino con dos consideraciones. Primera, y de sobra comentada, es que esta medida del gobierno es llevar la encuestocracia a un nivel nunca antes visto. Pareciera que el gobierno no tiene proyecto y que lo único que quiere es ser popular. La culpa la tenemos, en parte, los ciudadanos que elegimos a este gobierno: fue un voto negativo, de rechazo a la Concertación, pero no a favor de nada.

Segundo, el gobierno debería tener muy claro el perfil de la gente a la que va a escuchar cuando empiece a mirar las redes sociales. Aunque Chile tenga altísimos niveles de uso de facebook, twitter, y fotologs, los usuarios no son representativos de la población. ¿Quiénes son estos internautas? Me atrevo a decir que aquellos que pierden el tiempo frente a la pantalla en las horas de trabajo, si es que tienen un trabajo.

Espero que un informe de esta columna llegue a dónde corresponda.

jueves, 14 de abril de 2011

Regulación

por Federico García

Dice Hermógenes Pérez de Arce que esta vez el Senador Girardi tiene algo de razón. Y no queda más que admitir que la población está obesa. No es que sea algo muy terrible, sería peor si hubiera desnutrición rampante. Por lo demás, la solución está fácilmente al alcance del que tenga el problema. No tiene que hacer nada, sólo dejar de hacer algo.

A pesar de esto, el problema continúa y se agrava. Es natural que un político decida hacer lo que hace mejor: regular. Estoy seguro de que lo hace con la mejor de las intenciones, pero podría ser que muchos doctores maten al paciente.

Se nota, en primer lugar, un desconocimiento de cómo funcionan las cosas: si regula la comida envasada, los productores y comerciantes encontrarán la manera de dejar las cosas muy parecidas a cómo están ahora, pero cumpliendo con la regulación (para qué andamos con cosas, los emprendedores suelen ser bastante más inteligentes que los reguladores). Además, por muy agradable que sea pensar que éste es un problema que el gobierno debe solucionar, es un problema que el gobierno no puede solucionar, salvo con un control que ningún amante de la libertad aceptaría. Y no puede solucionarlo porque se trata de algo muy personal: el auto-control. Pero el Estado tiende a tratar a las personas como a menores de edad, incapaces de solucionar los problemas por sí mismos. Lo entiendo. Si las personas solucionaran sus propios problemas no harían falta tantos políticos, ni a los políticos les harían falta tantos fondos.

Auto-control no es un concepto que esté muy de moda. Ni entre los publicistas, o entre los comerciantes, ni menos entre los políticos. ¿Se imaginan un político que predique el esfuerzo? La tendencia ha sido más bien tratar paliativamente los efectos del descontrol. No es sorprendente, entonces, que en vez proclamar que comamos menos y más sano porque estamos gordos, se le eche la culpa a la rotulación de los envases.

Pero no habrá ningún cambio mientras los niños manejen suficiente dinero para comprar golosinas a toda hora. No pasará nada mientras una persona prefiera un litro de coca-cola ($ 645) a un litro de leche descremada ($ 640), o pasar horas frente a facebook a subir un cerro. La regulación no da para tanto.

Lo que sí sirven son los incentivos, pero no se ven muchos de parte del Estado (es notable, en cambio como las carreras promovidas por las marcas de zapatillas convocan a miles de personas periódicamente). Sin entrar mucho a juzgar intenciones me atrevo a decir que los políticos prefieren regular a incentivar porque incentivar obliga a cumplir lo prometido, a abrir la mano, sin aumentar la cuota de poder. La regulación, en cambio, deja claro quién tiene el sartén por el mango. Pero en lo que se refiera a mi comida, el sartén prefiero manejarlo yo.

viernes, 8 de abril de 2011

La Intocable

(posteado en El Mostrador)
por Federico García

He leído con interés la columna  de Elizabeth Subercaseaux "Los Intocables II" aparecida en El Mostrador y confirmo que las segundas partes nunca fueron buenas. Después de leerla, me queda más de una duda acerca del mundo en que vive su autora.

Dice la escritora que a las personas se las juzga individualmente y por actos concretos. Quizás en su mundo sea así, pero yo conozco a sacerdotes que han sido insultados en la calle, en pleno centro de Santiago. Quizás en su mundo no haya sacerdotes. He escuchado también condenas en masa a los empresarios y en alguna oportunidad supe, incluso, que una escritora descalificaba a toda la sociedad chilena como clasista, pero en el mundo de Elizabeth Subercaseaux eso no ocurre. He visto, en cambio, que no es extraño que justos paguen por pecadores. Quizás en su mundo no hay pecadores. Me ha tocado ver juicios mediáticos de proporciones circenses; quizás en suyo sólo juzgan los jueces o quizás  todos los que juzgan son automáticamente investidos con esa dignidad. En este mundo hay grupos de presión, lobby, cyberbulling, cosas que en mundos más puros no existen y ni siquiera se conciben.

No logro imaginarme el mundo de Elizabeth Subercaseaux, salvo por una cosa que parece tener en común con el mundo real: no todo está abierto al debate. Hay temas que se han dado por resueltos y ¡ay del que se atreva a mencionarlos!

Esto es patente en su columna, donde más que diálogo hay sólo acusación, acusación en la que ella es también oficia de jueza. En su mundo se juzga a las personas por sus actos, y si una columnista se atreve a proponer que la homosexualidad sea una enfermedad, recibe una bula condenatoria ipso facto. ¿El pecado? Recordar que la homosexualidad dejó de ser una enfermedad no por sesudas investigaciones científicas, sino por un agresivo lobby de los interesados. Es que en este mundo nuestro los científicos son falibles, son seres humanos sujetos a intereses y presiones, y el caso en cuestión no es el único dónde la ciencia no ha alcanzado su meta.

Por supuesto que la autora de "Los Intocables" (I) ofreció pruebas, las que puede llegar a ofrecer un medio de este tipo (ni las columnas de Carlos Peña, por pedantes que sean tienen notas al pie de página) pero hasta el momento nadie se hace cargo de ellas.

Seguramente en el mundo de Elizabeth Subercaseaux no existe el Journal of Homosexuality o el Archives of General Psychiatry, por lo que tampoco hay estudios que confirmen que el comportamiento sexual de los homosexuales no es saludable, o que como grupo tienden a sufrir más enfermedades psiquiátricas que el resto de la población. Podría seguir, pero para que sirviera de algo habría que invitar a todos los detractores de los  "Los Intocables" (I) a que dejaran de lado sus prejuicios y se pasearan por el mundo real.

No puedo terminar sin referirme a la mención que hace Subercaseaux a Estados Unidos. Me alegra que se ponga a ese gran país como ejemplo de algo, pero me da la impresión de que ella no alcanzó a conocer más que la isla de Manhattan o la península de San Francisco. Quizás en algún viaje futuro la escritora pueda conocer al dr. Robert Spitzer, que lideró la moción que retiró la homosexualidad del DSM en la reunión de la APA en 1973, y que tiempo más tarde se retractó. Quizás, si va Holanda, un país dónde no hay discriminación, pueda conversar con el dr. Van den Aardweg sobre el tema que ella se niega a discutir. Quizás ... pero lo más probable es que en no los considere en su sano juicio, como dice en su columna.  Es más fácil descalificar así al que discrepa y no darse el trabajo de debatir informadamente.  No la culpo por querer vivir en su propio mundo ¿quién soy yo para juzgar a alguien que dispensa la razón o la locura a las personas, según sean sus opiniones en un tema de controversia entre especialistas? Pero prefiero vivir en el mundo real, con sus dificultades, dolores y enfermedades, a vivir en el mundo de las novelitas livianas, llenas de lugares comunes.