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martes, 8 de septiembre de 2015

Agotamiento y renuncia

Se puede tocar el cansancio del gobierno a dos años de haber empezado la tarea de transformar Chile. Las críticas ya no vienen sólo de la oposición. El gobierno está agotado y la presidente parece estarlo también. Pero no todo es su culpa: Michelle Bachelet ganó las elecciones no por las prometidas reformas, sino por su carisma. A ella la trajeron para recuperar el poder perdido y de paso implementar un programa que había sido interrumpido en 1973. ¿Quería ella ser presidente, o fue candidata sólo por lealtad y obediencia a su partido y coalición? ¿Se imaginaba ella lo que podía pasar en un segundo gobierno suyo? No viene al caso conjeturar sobre lo bien que estaba Bachelet en Nueva York, el hecho es que ella misma ha declarado que nunca más será candidata a nada. Su popularidad, que era su capital político, se acabó. ¿Qué queda para los próximos dos (largos) años? 

Se habla de una renuncia. Rumores, sí, pero motivados por algo más que la schadenfreude propia de la oposición. Sería el último clavo en el ataúd: realismo con la peor de todas las renuncias. El sucesor que se perfila es Ricardo Lagos (lo que muestra que la coalición de izquierda está agotada: no se ven nombres nuevos, todos los últimos candidatos han sido ex-presidentes). Y aunque no pase de ser una especulación, uno puede preguntarse qué pasaría si la presidente renunciara. Por una parte, sería lamentable que la popularidad, tal como la miden las encuestas pueda ser algo tan determinante en la política nacional. El país puede estar mal, sí, pero ha aguantado situaciones peores. Además, que alguien no apruebe la gestión de la actual administración no quiere decir que esté a favor de la oposición. No deja de ser irónico (la antigua rueda de la Fortuna sigue girando aun en un mundo donde todo parece estar asegurado) que el juego de la popularidad y las encuestas se haya vuelto en contra de quienes dijeron que un país no merecía un presidente con baja aprobación.

No parece razonable, sin embargo, que un presidente renuncie por una baja en las encuestas. Esto sentaría un precedente, y dado que las encuestas y la opinión pública son manipulables, podría haber nuevas formas de presión sobre un sistema democrático que ya ha mostrado ser influenciable desde fuera. Ya se ha visto que las emociones son volubles, quién está en la cúspide un día (como Sebastián Piñera luego del rescate de los mineros) puede estar en el suelo al día siguiente (como Piñera durante las manifestaciones estudiantiles): la encuestocracia tiene sus riesgos. Por lo demás el presidente es elegido por los ciudadanos por un período que ya ha sido calificado como demasiado corto. La posibilidad de echar presidentes con unas cuantas encuestas o manifestaciones callejeras podría transformarse, por una parte, una manera de manipular la democracia, y por otra, en una forma de irresponsabilidad: si el pueblo elige alguien, es de esperar que se haga responsable por su elección; los que no votaron, que asuman los costos de su apatía; y los que votaron en contra, tendrán que aprender de sus errores y corregirlos (hacer algo más que ir a la urna) en la elección siguiente.

Sin embargo, dado que una renuncia que lleve a Lagos a la presidencia sería una solución de corto plazo que podría aliviar a la coalición de izquierda, es muy probable ocurra en marzo. Después de todo, si Bachelet se sacrificó una vez, puede ser sacrificada de nuevo.

martes, 30 de junio de 2015

Los interminables debates de la democracia

Hace unos días leí una columna de un reconocido comentador de la realidad nacional, en la que se decía que el debate acerca de la necesidad de nueva constitución para Chile ya estaba zanjado, haciendo salvedad de algún pequeño grupo recalcitrante que probablemente nunca estaría de acuerdo. Más tarde me topé con otra columna de opinión, en un medio alternativo, que afirmaba que la legalización del aborto en Chile ya no era algo discutible. Es curioso observar que primero se dice que en democracia todo puede discutirse, para luego declarar que la discusión se acabó. La preguntas que surgen ante este tipo de afirmaciones, naturalmente, es cómo puede saberse en una sociedad democrática cuándo un debate está zanjado y quién puede decidir ese tipo de cosas. Tendría que haber un acuerdo previo sobre esto, de no haberlo, el debate se transformaría en un mecanismo que el más hábil usa para imponer su agenda. Pero nuestra sociedad es tan pluralista que no existe un acuerdo acerca de cómo y cuándo dar por terminado un debate. Es un problema que reconocerán los lectores de Alasdair MacIntyre: no tenemos un acuerdo sobre cómo se llega a un acuerdo.

Una posibilidad es apelar a la mayoría, pero no es tan simple. En algunos casos porque a la mayoría no le interesan los temas que se debaten, pero sobre todo, porque las mayorías son cambiantes y dar por terminado el debate en un momento dado entrega un resultado distinto que hacerlo en algún otro momento. (Los debates empiezan cuando una minoría alcanza suficiente influencia como para hacer oír su voz, y se dan por finalizados cuando esa minoría deja de serlo, o da esa impresión al menos, y logra imponerse.) Además, las mayorías no debaten, son influenciadas solamente por unos pocos que debaten entre ellos. Quizás sería más honesto reconocer que en realidad los debates en una democracia son asunto de una élite que los usa para imponer su visión de las cosas sobre el resto de la sociedad. La promulgación de una ley tampoco puede ser el final de un debate, por un lado porque los debates se inician en torno a leyes ya existentes, y por otro, porque una nueva ley regula la conducta pero no la expresión e intercambio de ideas.

Puede ser tentador pensar que el debate debe ser una conversación permanente, como diría Richard Rorty,  en la que ninguna conclusión es definitiva (como una sociedad pluralista no reconoce verdades universales, lo único que queda es hablar para tratar de llegar a un consenso, siempre provisorio). Pero eso no sirve cuando se trata de cuestiones prácticas, porque en algún momento hay que dar la conversación por terminada y pasar a la acción. Un debate interminable le daría toda la ventaja al que quiera conservar las cosas como están, y por lo mismo, quien inicia el debate tiene todo el interés en declararlo zanjado apenas alcance una pequeña mayoría, por temporal y circunstancial que sea. Este desacuerdo profundo sobre cómo se puede llegar a un acuerdo en cosas fundamentales es quizás la división más profunda de nuestras sociedades pluralistas: si no se puede llegar a un conocimiento de estas cosas, y además es necesario pasar de la palabra a la acción, lo único que va quedando es una lucha de poder, por civilizada que sea en su modo.

martes, 17 de febrero de 2015

Una democracia plutocrática

Al parecer el caso Dávalos, y otros que se están destapando, está opacando al caso Penta. Después de todo, parece más grave enriquecerse a costa de influencias poco claras y negocios avalados por el poder político que sustraerle al fisco cierta cantidad de tributos en el contexto del financiamiento de campañas políticas. Pero el caso Penta, y los demás, a pesar de todo el escándalo que generó no fue capaz de llevarnos al fondo del asunto: los problema de la democracia de masas.

Decía Richard Weaver, el gran retórico estadounidense, que cada época tiene sus términos o conceptos “dioses”, palabras tan aceptadas y queridas por el público, que generan aprobación inmediata y no pueden ser cuestionadas. En nuestro país, “democrático” es uno de esos términos. Dada nuestra historia reciente, entre otras cosas, todo lo que sea democrático nos parece bueno y a nadie se le ocurre cuestionar una frase como “los problemas de la democracia se arreglan con más democracia” proponiendo algo así como “los problemas del mercado se arreglan con más mercado”. Sin embargo, la democracia tiene sus problemas o conflictos internos, y si no se los mira de frente tienden a agravarse.

Nuestra democracia no es como el ideal de la democracia ateniense. En Atenas todo el mundo se conocía y los que tenían participación política eran pocos, aun así, la democracia ateniense fue presa de vicios que terminaron por destruirla. Nuestra democracia es de masas, por lo mismo para ser elegido hay que llegar a ser conocido por mucha gente, lo que implica que los medios de comunicación y los medios de financiamiento pasan a ser claves. No es que los cargos se puedan comprar directamente, pero la elección queda asociada al dinero.  Democracia y plutocracia empiezan a confundirse. A esto se suma que la democracia electoral es un juego de suma cero: no hay premio de consuelo para el perdedor. Esto mismo hace que las campañas sean brutales y que, poco a poco, los que sobreviven en este ambiente sean los más violentos, astutos o con menos conciencia.

No parece que haya mucha solución a estos problemas: si se limita el gasto electoral se limita también la libertad de los ciudadanos para donar las causas de su preferencia. Por lo demás, no es difícil encontrar maneras de saltarse (legalmente) este tipo de restricciones. Además, una medida de ese tipo daría mucha ventaja al candidato que ya tenga un cargo, y por lo tanto ya sea conocido o pueda aparecer fácilmente en los medios de comunicación. Si el Estado se hace cargo de los gastos electorales, pasa lo mismo. No se trata lograr un sistema perfecto, que sólo puede existir con hombres perfectos, sino tener en mente estos problemas a la hora de observar y participar en política.

martes, 3 de junio de 2014

Lo que se puede discutir y lo que no

Michelle Bachelet ha dicho que es democrático discutir sobre el aborto y que el país está  maduro para ello. Eduardo Frei dijo hace algunos años algo parecido: que en democracia puede discutirse cualquier cosa. Pero eso no es cierto. Desde un punto de vista teórico, para poder discutir hace falta algo indiscutible que sea el punto de partida, de lo contrario ocurre una regresión al infinito. Esto no quiere decir que el punto de partida sea irracional, de hecho, tiene que ser evidente. Pero a cada orden de cosas le corresponde su propia base (como se evita caer en la circularidad, además de la regresión infinita, es algo que excede las pretensiones de esta columna).

Lo que no se discute es lo que se asume. Habría que ver qué es lo que se asume en democracia, o qué es lo que asume la democracia como forma de gobierno. Un sistema democrático parte de la igual dignidad de todos quienes participan él. Eso no se discute, eso no puede discutirse en una democracia porque si se hace, deja de ser democracia. Es por esta razón que, con mayores o menores restricciones, opera la ley de la mayoría (sería absurdo decir que manda la mayoría porque la mayoría así lo decide).

Lo anterior ya es un tanto problemático, porque no todos participan o pueden participar en la democracia. Fuera de ella quedan, entre otros, los menores de edad y los extranjeros. Sin embargo, aunque no sean ciudadanos, los que no participan también gozan de las garantías de la democracia, porque se los reconoce como iguales en lo sustancial. ¿Pero quién dice que los menores de edad y los extranjeros merecen el mismo respeto que los ciudadanos? No parece razonable aceptar que sean los mismos ciudadanos que decidan eso, porque el que otorga derechos puede quitarlos, unos quedarían sometidos a la voluntad de otros en lo esencial, y la democracia dejaría de serlo. Simplemente se reconoce (y esta es la palabra clave) que todo el que es como uno, es decir un ser humano, merece el mismo respeto que uno.

En la medida en que se discute el fundamento mismo de la democracia, se hunde; pasa a ser una tiranía de la mayoría. Se puede decir que si en democracia es importante aquello que se discute (gobierno, economía, educación, etc.), aquello que no se discute es más importante todavía. A nadie se le ocurriría, por ejemplo, que se puede deliberar sobre la validez de la tortura o cosas parecidas.

Que en democracia haya cosas que no puedan discutirse no constituye un límite, sino una base. En democracia no todo puede discutirse,  pero lo que se discute pueden discutirlo todos (o todos son tomados en cuenta). En un gobierno totalitario, en cambio, todo puede discutirse, pero sólo lo hacen quienes tienen el poder. Deliberar acerca de la protección que merece un grupo de seres humanos –discutir sobre el aborto– es  socavar la base de la democracia. Si se puede cuestionar el derecho a la vida de un no-nacido, todos los demás derechos quedan en entredicho.

martes, 27 de mayo de 2014

Y ahora lo discutimos

Subestimar al adversario es un error grave. En cierto sentido eso hicimos con Michelle Bachelet. Razones no faltaban, su ineptitud es evidente en ciertas áreas: le dio luz verde al Transantiago, uno de los mayores desastres urbanísticos y fiscales; no fue capaz de mantener el orden en los días posteriores al terremoto del 2010, y tampoco fue capaz de reconstruir Tocopilla el 2007; durante su gobierno aumentaron la pobreza, la desigualdad, el desempleo y otros males sociales, etc.

Pero a pesar de su ineptitud en el gobierno (por algo debían “blindarla” los ministros),  tiene otras habilidades que no fueron consideradas: es hábil en el manejo de los afectos y de la imagen: un delantal blanco sigue siendo “grito y plata” electoralmente, accedió a ser entrevistada – cosa poco frecuente en ella – por la hermana de una de sus ministras, sabe usar el tono de voz correcto para conectar con la gente, etc. Parte de esa habilidad fue su silencio durante el tiempo previo a la campaña, y más durante la campaña misma. A pesar de que fue constantemente criticada por eso, sabía que callar le reportaría más beneficios que daños le haría la crítica.

Parte de su silencio fue la tardanza en presentar un programa, y el referirse a él en vez de hacer explícitas sus intenciones. Por supuesto que quienes, de un lado y otro, observan la política sabían bien lo que venía. Pero la mayoría, esa que ahora se supone está representada en el poder ejecutivo y legislativo, no lee los programas: se entera por lo que se habla, sobre todo en la televisión. Michelle Bachelet nunca se refirió de manera sincera, directa y clara a temas como el aborto y la ideología de género. No entregó información suficiente. No se pronunció, no tomó posiciones, y la campaña se mantuvo dentro de una segura vaguedad.

Ahora ya votaron por ella, ya está en el cargo. Ahora, ha dicho, es el momento de discutir sobre el aborto. Pero también ya ha dicho que el diálogo es para lograr lo que se propone, no para reconsiderarlo. Lo que antes estaba esbozado, ahora está explícito (y se pronuncian personalidades y se arma la polémica). Sin embargo este silencio, que ahora se rompe, respecto de lo importante, de lo que podría haber dañado su candidatura y la de su conglomerado es un tipo de engaño  (¿publicidad engañosa?), un menosprecio a quienes se supone representa y gobierna, y eso no es democracia.

viernes, 18 de abril de 2014

Un programa oculto

Se podría pensar que el programa de la Nueva Mayoría tiene bastante de populista. Hay pocas cosas como una gran alza de impuestos para crear tensiones y separar aguas. Los bonos permanentes, la gratuidad en la educación superior, los guiños a “la calle” y ese tipo de cosas parecen confirmar esa imagen.

Aun así, no es claro que el pueblo –lo que sea que signifique esa palabra– esté muy comprometido con el programa de los actuales gobernantes. En primer lugar porque nadie vota por programas, sino por emociones y lealtades anteriores a justificaciones racionales –además, el programa del gobierno fue entregado tan tarde que no daba el tiempo para leerlo informadamente antes de votar. En segundo lugar, son muchísimos los que no se molestan en votar.

Pero hay algo más. Una buena parte del programa de la Nueva Mayoría simplemente no está en sintonía con lo piensa o cree la mayoría, sino que es el reflejo de una pequeña elite. Es cosa de ver temas como el ya tan mencionado aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo o la marginación de la religión. Desde las redes sociales y ONGs la realidad se ve de una manera, pero twitter no es Chile.

Las cosas mencionadas arriba no son es accesorias al programa. A proyectos de ley como el AVP e identidad de género se les ha puesto “suma urgencia”. Este último recibió muy poca publicidad, hasta que hubo alguna oposición por parte de la Alianza.

Esta parte del programa, al no ser preocupación de la mayoría o, mejor dicho, al ser directamente contraria a la visión de la mayoría, no tuvo mayor figuración en las campañas políticas. Las posiciones de los candidatos frente a estos temas nunca se explicitaron. No es muy provechoso especular, pero se puede suponer que de haberse puesto todas las cartas sobre la mesa, el resultado final hubiera sido distinto.

Si acaso esto constituye engaño, abuso de confianza o al menos desprecio por los electores (ya se ha escrito mucho sobre los silencios de Michelle Bachelet), es algo puede discutirse extensamente. Pero tal como en el mercado existe la publicidad engañosa, en la política democrática puede existir el abuso y el fraude hacia el elector. Un desprecio así del hombre común y su manera de ver mundo no puede venir sino de un sentimiento de superioridad, muy propio del ingeniero social que va mucho más allá de la planificación económica.

Es difícil ponerle remedio a este tipo de corrupción de la democracia, salvo que los que una oposición convencida se atreva decirlo todo y con claridad, sin miedo a que se la califique como promotora de una campaña del terror. Esto supone, claro está, que la oposición de hecho piense distinto al actual gobierno en las materias que fueron silenciadas durante la campaña.

martes, 8 de abril de 2014

El diálogo con la izquierda

Ahora que la derecha es nuevamente oposición y tiene tiempo para reflexionar, conviene que medite sobre aquello a lo que se opone. La izquierda chilena no es como las otras;  la Nueva Mayoría, o Vieja Concertación, no es como el Partido Laborista inglés o como el Partido Demócrata estadounidense, ni siquiera como los antiguos radicales. Tiene un lenguaje y fines propios, y no es fácil comprenderla a la primera, salvo que accidentalmente se le escape lo que lleva dentro, como le ocurrió al senador Quintana, pero eso es excepcional.

Si bien después del fracaso de los socialismos reales la izquierda a nivel mundial ha pasado a una fase post-marxista, en Chile no ha logrado hacer la transición completamente. De alguna manera sigue teniendo una lógica, o al menos un simbolismo, de guerra fría. Sus miembros –aun los jóvenes–  muestran el puño en alto cada vez que pueden. Por supuesto que esto no se aplica a todas las personas de izquierda, pero sigue siendo sorprendente que un partido como el Demócrata Cristiano prefiera aliarse con el comunismo antes que retirarse de la coalición de partidos de izquierda.

En concreto, la derecha tiene que entender que la izquierda habla otro idioma. No entiende la democracia como un sistema mediante el cual el pueblo elige a sus gobernantes. Para ella, la democracia es el sistema mediante el cual gobernantes de izquierda llegan y se mantienen en el poder. Los derechos humanos, para la izquierda, no son universales, es decir, se aplican sólo a humanos de izquierda. Lo mismo vale para la igualdad ante la ley o el estado de derecho.

La tolerancia y el  respeto a la libertad de expresión se aplican de la misma manera, y por lo mismo, no vale la pena exigírselos a la izquierda. No es que tenga un doble estándar o sea incapaz de vivir sus propios principios, es que los principios de la izquierda consisten en la consecución de su primacía, no una noción de justicia universalmente aplicable.

Un párrafo aparte merece la Iglesia. La izquierda será respetuosa de la Iglesia mientras le sea útil – ya sea para sobrevivir en tiempos difíciles, predicar un evangelio que calce con su política o negociar con grupos complicados. Pero en cuanto la Iglesia presente algún obstáculo para el programa de la izquierda, cosa que inevitablemente ha de ocurrir, los favores del pasado serán olvidados y comenzará algún tipo de persecución. El que la mayoría del país profese una religión determinada no un asunto del que la izquierda tome mucha nota, puesto que nociones como pueblo o identidad también son definidas de manera particular.

Frente a esto, la derecha tiene que darse cuenta de que un diálogo honesto con la izquierda es muy difícil. Debe exigirle a la izquierda que defina los términos que usa, aunque parezca que sean comunes y entendidos por todos. Lo que no está claro es cómo se convive con un grupo que tiene como principal meta el poder, por cualquier medio posible.

martes, 4 de marzo de 2014

Lo que no puede decir sobre Venezuela

No debieran causar escándalo las declaraciones de la Fech respecto de Venezuela, tampoco la reticencia de nuestras autoridades en tomar una postura definida. Para el socialismo la democracia y los derechos humanos son herramientas políticas, no bienes a proteger; ¿puede explicarse de otra manera, por ejemplo, el asilo a Honecker a principios de los noventa? El gobierno de Nicolás Maduro es un régimen afín y puede contar con las lealtades de siempre, sin importar lo que haga.

Pero hay algo más, que pocos han mencionado. Lo que no se puede decir sobre Venezuela es que la actual situación venezolana es muy parecida a la de Chile en 1973: un gobierno democráticamente elegido que ha violado la constitución, socavado la institucionalidad, atacado la libertad de prensa, causado un desastre económico y fomentado la violencia. A ojos del mundo, y de Chile, esto no puede seguir. Pero cuando un gobierno tiene como meta hacerse con todo el poder, y para eso desfigura sus instituciones, no queda una vía institucional para resolver el problema. El sentido común dado por la distancia hace que una gran mayoría se sitúe del lado de los manifestantes y contra el gobierno.

Para el caso chileno las cosas se complican. Durante veinte años, primero de manera sutil y luego más descarada, la coalición de partidos de izquierda ha reivindicado la Unidad Popular y la figura de Salvador Allende, y por otra parte, vilipendiado al gobierno que derrocó a Allende cuando la situación en Chile era parecida a la de Venezuela hoy. Los cambios de nombres a las calles, la proclamación de Allende como el chileno más grande de la historia, la firma de Ricardo Lagos al pie de la Constitución de 1980, son muestra de ello.

Es por esto que la izquierda no se pone del lado de los manifestantes venezolanos. Venezuela poco nos importa en términos materiales, pero Venezuela hoy es una manera de ver desapasionadamente el Chile de 1973. Dar la razón a los manifestantes es como darle la razón al pronunciamiento militar. Como esto no escapa la atención de algunos, se han querido marcar diferencias. Un columnista llegó a decir que Nicolás Maduro era derechista, porque se comportaba como la derecha espera que se comporte un socialista. Se ha dicho que el gobierno de Allende no cayó por sus propios errores, como parece que debiera caer el de Maduro, sino que fue derrocado por la CIA. Eso suena tremendamente parecido al discurso Chavista-Castrista. (Además, si a los EE.UU. le interesaba que la UP cayera, la URSS tenía igual interés en que se mantuviera, cosa que se silencia).

Pareciera que el desmoronamiento institucional de Venezuela es total, cosa que no llegó a ocurrir en Chile. El proceso venezolano, además, ha sido lento, por lo que la reacción ha sido tardía e ineficaz. Venezuela tampoco está en medio de una pugna mundial, las potencias están demasiado ocupadas en otros lados como para hacer algo más que declaraciones. Quién sabe qué ocurrirá. No es mucho lo que podemos hacer desde aquí, pero lo que sí importa es que podamos juzgar nuestra historia con el desapasionamiento con que juzgamos la situación de un país distinto del nuestro. 

martes, 10 de diciembre de 2013

¿Es tan grave no ir a votar?

Hace unos días entré a la sala de profesores y me encontré una escena un tanto incómoda. Una profesora había anunciado que votaría por Evelyn Matthei. Las demás personas en la sala, incrédulas, le pedían explicaciones. Fui señalado como posible sospechoso de haber convencido a dicha profesora para que votara de forma tan políticamente incorrecta. La situación era grave. Me pregunto cómo habría sido la escena, si, por ejemplo, la profesora en cuestión hubiese anunciado su intención de no ir a votar. Me imagino que no se le habrían pedido tantas explicaciones. De hecho, cuando los que votamos nos vemos enfrentados a alguien que no vota, la reacción suele ser más bien tibia. Causa mucho más indignación quien se cambia de equipo de fútbol que quien no va a las urnas.

La abstención ya se venía dando en Chile antes del voto voluntario. Además, la experiencia de otros países mostraba cuáles serían los efectos si esa medida se implementaba acá. Sin embargo la inscripción automática y el voto voluntario se implementaron sin mayores problemas. ¿Es que a nadie le importaba mucho, o es que no sabemos escarmentar en cabeza ajena?  (Dado que a similares iniciativas, similares resultados, deberíamos estar atentos a lo que se ha hecho en otros lados antes de hacer otro tipo de cosas acá.)

Respecto del voto, ahora muchos dicen que hay que volver a cómo era antes. ¿Será bueno echar pie atrás? (Un cuestionamiento directo a la noción del progreso.) Vamos por partes. El voto es el ejercicio del autogobierno. ¿Puede ser uno obligado a autogobernarse? El problema es la baja participación o la falta de cohesión social, la abstención es un síntoma. Las leyes pueden servir para resolver un problema así (al final, la ley siempre termina teniendo un fin educativo), pero también pueden simplemente taparlo. Votar es un acto físico, que puede ser forzado por la ley, pero ser parte de la sociedad es algo de otra naturaleza.
 
Fomentar la cohesión social implica una visión de la persona, y de la sociedad, que ha estado ausente por mucho tiempo – y que por lo mismo tomará mucho tiempo recuperar. Esta visión asume que existen deberes que uno no elige (naturales). Acepta que desde que se nace se  está vinculado con un pasado que a uno lo constituye. Que rechazarlo radicalmente (refundar la sociedad, por ejemplo) sólo puede resultar en la autodestrucción, porque, en el fondo, el que odia a sus antepasados se odia a sí mismo. Implica que la libertad no es sólo individual, sino que también política.

No está de moda hablar de estas cosas a nivel público; sólo se ofrecen derechos, bonos, regalías, o una mayor eficiencia en la administración. Pero tampoco a nivel privado: mientras los que votamos no estemos dispuestos mostrarles a los que no participan en la vida pública que se comportan como menores de edad, ellos simplemente aprovecharán las facilidades y privilegios de vivir en una sociedad que otros sustentan. 

martes, 3 de diciembre de 2013

La política se mete contigo

“Aunque tú no te metas en política, la política se mete contigo”. En ese refrán está la respuesta a los que no votan porque no les interesa la política. Quizás el problema de la baja participación electoral está en que para muchos no está claro de qué manera la política se mete con ellos.

Es posible que si los candidatos fuesen más explícitos (no basta con publicar programas, en Chile nadie lee) lo que está en juego quedara más claro. Me explico: una candidata recién electa contaba que en las zonas rurales era común que por “matrimonio igualitario” se entendiera que en el matrimonio debía haber igualdad entre hombre y mujer. Claro, aunque eso no sea algo que se dé siempre, no aparece como una propuesta muy radical. Pero si fuese explícita habría más rechazo. No había mucho afán por parte de los candidatos partidarios de esa propuesta en aclarar mucho el tema.

Podrían buscarse más ejemplos. Una cosa es “poner fin a la segregación”; algo con lo que nadie puede estar en desacuerdo, otra es eliminar la educación particular subvencionada. Una cosa es un “Estado laico” (que ya existe), otra es un Estado oficialmente ateo. El eufemismo es siempre seguro, pero oculta la manera en que la política se mete con uno. Eso da la sensación de que al otro día todo seguirá más o menos igual, y por lo mismo, que votar no es algo que valga la pena y que no votar no es algo tan grave.

Meterse en política es cosa de pocos, pero estar metido en ella es cosa de todos, porque el hombre es un ser social. Hay asuntos, o problemas, que no son competencia del individuo, sino del grupo. Esos asuntos, o problemas, o se resuelven entre todos o no se resuelven. Ahora, los que no participan en la deliberación son igualmente parte del asunto.

Por ejemplo, si el problema es la contaminación del medio ambiente, no puede simplemente decidirse que el que quiera contaminar que lo haga y el que no, que se abstenga. El medio ambiente no es algo privado, sino que es asunto de todos los que viven en un lugar. Si se decide que para cuidar el medio ambiente se restringirá la construcción de termoeléctricas, el precio de la electricidad sube para todos, para los que estaban a favor y para los que estaban en contra, y también para los indiferentes. Es por eso que es bueno que este tipo de asuntos participen todos los que tengan algo que ver.

Con la última frase volvemos al comienzo: hay cosas en las que todos tenemos algo que ver, el problema es que en muchos casos eso no se ve, y no se ve porque no se muestra, y no se muestra porque mostrarlo podría ser desventajoso para algunos, que manipulando el lenguaje manipulan a las personas. Eso no es democracia, es despotismo blando, más insidioso que el duro, porque es deshonesto hasta de sí mismo.

Aquellos que viendo cómo les afecta la actividad política no votan, o aquellos que simplemente no quieren molestarse en ver cómo les afecta la actividad política y prefieren ser gobernados por el resto, porque es más fácil, esos no merecen votar.

martes, 22 de octubre de 2013

Los términos del debate

Ahora que pasó el debate presidencial, la candidata de la Nueva Mayoría ha comenzado a hablar –en general para contradecirse de cosas dichas anteriormente. Se ha criticado mucho su silencio, se ha dicho que es irresponsable (literalmente), que es una falta de respeto, que no es democrático, etc.

Pero hay algo más sutil en esto, no sólo de Bachelet, sino de su sector político. Es el control de los términos del debate. Bachelet y la izquierda en general, si no controlan el debate, se retiran. La razón es clara: el que logra controlar el qué y el cómo de una discusión puede ganarla más fácilmente, llevándola a su propio terreno. El marco que se le da a un asunto termina afectando cómo lo ve la gran mayoría, y por lo tanto determina el consenso.

Ejemplos de esto hay muchos, podemos tomar, para ilustrar, una consigna sobre el aborto: “hay que legislar sobre el aborto en Chile”. La cantidad de cosas que asume esa propuesta sin hacerlas explícitas hace que se deslicen bajo el radar sin llamar la atención (recuerdo la cara de sorpresa que puso un colega cuando le informé que no era necesario porque ya había legislación sobre el tema: el aborto está prohibido). O los derechos humanos, que –hemos llegado a creer– no dependen del sujeto, sino de quién los viola. Y así.

Es más fácil debatir sobre un debate que debatir hechos o ideas. Es imposible no acordarse de Ricardo Lagos que en medio de acusaciones sobre ciertas prácticas de su gobierno, pomposamente establecía que había llegado el momento de guardar silencio. Es más cómodo discutir cuándo y cómo debe hablar un ex presidente, que discutir si acaso el ex presidente en cuestión incurrió en graves hechos de corrupción. En fin, quizás no habría tantos goles de media cancha si supiésemos un poco más de retórica y argumentación.

Pero más allá de esa actitud de equipo qué sólo acepta jugar de local (al final los demás terminan cediendo) se descubre algo más profundo. Se propone una alternativa artificial y forzada: se habla de lo que yo quiero, como yo quiero, o se guarda silencio. O yo o nadie. ¿O es que pocos recuerdan que hace un tiempo la izquierda decía que si no ganaba ella no habría gobernabilidad? O la izquierda o el caos. Eso ya no es debate, es amenaza, y la democracia no puede darse entre amenazas. Parte del problema es que todavía no sabemos bien que se entiende por democracia. Ahora, cómo se convive con alguien para quien la democracia tiene un valor puramente instrumental, no lo sé.

martes, 1 de octubre de 2013

Otra vez paso

Es un tanto sorprendente que una canditata presidencial pueda auto-marginarse de un debate por “razones de agenda” (¿qué más puede haber sido?) y no sea marginada de la elección misma por la opinión pública.

Se comprende que Michelle Bachelet no quiera ir al debate; un debate con nueve participantes no puede aportar mucho. Además, no todos los candidatos son iguales; hay varios que no tienen ninguna posibilidad de ganar y tampoco ninguna proyección: si tienen algo que decir, el respeto al tiempo de los electores debiera llevarlos a buscar otros medios para entregar su mensaje. Y sobre todo, a Bachelet no le conviene ser cuestionada en público porque ella vale por su imagen y los afectos que suscita, no por sus ideas y menos por lo que ha hecho.

Aun así, que la principal candidata en una elección no participe en un debate es una pésima señal para la democracia. Comencemos notando la explicación: razones de agenda. Como excusa no convence, se esperaría que al menos dijera qué cosa tan importante tiene en su agenda a la hora del debate. Al parecer a nadie le importa mucho que una candidata le mienta al país de manera tan liviana, o que tenga cosas más importantes que hacer que ir a un debate. Ella misma sabe eso y lo aprovecha, ya ha dicho que en una elección hay ciertas imágenes que son “grito y plata”.

Por lo mismo, las ideas, la oportunidad de confrontarlas y la capacidad de ponerlas en práctica, son algo absolutamente secundario. De hecho, sus ideas sobre algunos temas fundamentales para los chilenos no son las de la mayoría, pero eso no le importa a ella, ni a la mayoría. Se esperaría, en todo caso, que los electores quisieran menos a quien los desprecia con una sonrisa tan simpática.

Pero esto es abusar del sistema, la democracia no es un concurso de modelos (quizás ha llegado a ser eso, pero los se llenan la boca con esa palabra podrían guardar las apariencias de mejor manera). La democracia se basa en el valor de la persona corriente, su uso como peldaño para acceder a cargos es una perversión de ella. Uno se pregunta qué es lo que tendría que hacer un candidato para que quien piensa votar por él, o ella, cambie de opinión. Si la respuesta es que es imposible, que el candidato tiene carta blanca, es que se ha llegado al fanatismo o a la inconciencia, que no son buenos para la democracia. Del desprecio de los políticos por sus electores al desprecio de los electores por el sistema no puede haber mucha distancia.

Quizás en la segunda vuelta –si la hay– se pueda tener un debate serio, en que se muestre el respeto mutuo entre candidatos y personas de a pie, pero quizás a esas alturas algo así importe poco. 

martes, 27 de agosto de 2013

Democracia: antes, durante, después

Hechos recientes en Egipto (levantamiento popular, caída de un dictador, elección de un presidente, violencia contra los cristianos coptos, derrocamiento del presidente por el ejército, etc.) han llevado a algunos, no a tratar de comprender la compleja situación del mundo islámico, sino a hacer comparaciones con Chile (típico).

La fecha es propicia; se acerca otro aniversario de la caída de Salvador Allende y es casi imposible no hacer paralelos. Pero la lejanía, en el espacio y contexto cultural, nos permite analizar la situación – al menos conceptualmente–con un poco menos de apasionamiento que el que suscita la nuestra.

El derrocamiento de un jefe de Estado elegido por votación popular es universalmente condenado por anti-democrático. Pero una mirada reflexiva nos obliga a preguntarnos por la democracia y sus fundamentos. Después de todo, como se preguntaba un autor estadounidense, si los generales alemanes hubiesen derrocado a Hitler en 1933 ¿habrían recibido una condena universal? Es un hecho poco considerado que el partido Nacionalsocialista alemán haya accedido al poder mediante elecciones democráticas. El origen no siempre legitima.

La democracia, considerada externamente, es un procedimiento para elegir a los gobernantes. Se asume es superior a otros con los que la humanidad ha vivido por siglos. Es superior porque respeta la igualdad fundamental de todas las personas, y por lo mismo, su libertad. Lo contrario es la ley del más fuerte. Pero si el que accede al gobierno mediante una elección no acepta la igualdad de las personas y no está dispuesto a respetar los derechos fundamentales, impone la ley del más fuerte por la fuerza de los números: una dictadura disfrazada de democracia (como ocurre cuando un grupo numeroso de estudiantes no respeta el derecho a estudiar del resto de sus compañeros).

Un régimen de gobierno, para ser democrático, no sólo debe respetar la forma sino también el fondo.  La democracia no sólo está en el origen de un gobierno, sino que también en ejercicio del poder, y por lo mismo, en el abandono del mismo. Cuando un gobierno que surge con el apoyo de una mayoría cambia las reglas para perpetuarse, deja de ser democrático: falla en la prueba final de la democracia. Lamentablemente esto ocurre con cierta frecuencia en Latinoamérica.

Si acaso el gobierno del derrocado presidente de Egipto tenía intenciones de perpetuarse indefinidamente no es algo que pueda resolverse aquí (aunque la ideología de la Hermandad Musulmana y la experiencia de la revolución islámica en Irán pueden servir de indicios). En todo caso, un gobierno guiado por una ideología totalitaria no puede ser democrático, por mucho que se sirva de la democracia para llegar al poder.
   
En cuanto al caso chileno, todavía falta mirar con detenimiento la ideología que guiaba al gobierno de Allende, los modelos en que se inspiraba, los fines que se proponía y la manera en que ejerció el poder durante sus mil días, para poder juzgar adecuadamente su derrocamiento. Mientras tanto quizá convendría llenarse menos la boca con la palabra democracia, y más la cabeza con el concepto.

martes, 13 de agosto de 2013

Adiós a los niños

El domingo se celebró el Día del Niño. No suelo celebrar este tipo de fechas, están vacías de contenido aunque cuenten con el respaldo de los gobiernos y organizaciones internacionales. Sobre todo sirven como una manera artificial de estimular el consumo. Sin embargo quizás haya que aprovechar de celebrar este día mientras se pueda; los niños son cada vez más escasos (respecto del total de la población) y esto es un problema.

El descenso de la tasa de natalidad, como todo lo que sucede gradualmente, tiene la dificultad que no se percibe sensiblemente hasta que la situación está avanzada y la solución es difícil. Si “la demografía es destino” como dicen los estadounidenses, el nuestro no presenta buenos augurios. Si queremos ver cómo será nuestro futuro, podemos mirar a los que nos llevan la delantera en esto de tener menos niños. 

En Europa el aumento de los mayores de edad (respecto del total de la población) hace que aumente la necesidad del gasto en salud y en pensiones, que ha asumido el Estado. Para cubrir estos gastos aumenta (proporcionalmente) la carga impositiva sobre los trabajadores más jóvenes, lo que hace que tener hijos sea aún más caro, por lo que se cae en un círculo vicioso. Además, hay consecuencias que van más allá de lo económico: hay pueblos que se están quedando sin habitantes y muchos adultos mayores se encuentran, en el ocaso de su vida, en soledad. 

No hay muchas esperanzas de que la solución venga de la política. Los viejos representan más votos que los jóvenes y los políticos no miran mucho más allá de la siguiente elección. Por lo demás, el origen del problema demográfico se remonta más allá de la política y la economía.  Se necesitaría más que este breve espacio para profundizar, pero se puede mencionar que el cambio cultural comienza con una civilización que no es capaz de renovarse, y cansada, se enfoca en el presente, renegando de su pasado e ignorando el futuro, que son los niños. Los problemas de plata se arreglan con plata, dice un sabio amigo mío, pero éste es mucho más profundo.
  
Si bien en Chile se ha hablado algo del problema (y la actual administración ha hecho algún intento por abordarlo) las tendencias que se perciben no son auspiciosas. La tasa de natalidad sigue descendiendo y de los políticos se oyen muchas promesas que cuestan caro, y que tendrán que pagarlas los niños de hoy cuando mañana sean contribuyentes. Del ambiente propicio para crezcan los niños, de la familia, se oye hablar poco.

Por supuesto que a los niños no se los consulta (seguramente, la mayoría querría un hermanito, pero tendrán que contentarse con un perro), porque en democracia lo que cuenta son los votos del presente, y los niños no votan. En una demagogia lo cuenta es la calle, y los niños no marchan por sus intereses. Claro, en una familia los adultos velan por los intereses de los niños, pero en Chile la familia es una realidad que se va quedando cada vez más en el pasado. Si los adultos viven en el presente (y el endeudamiento es prueba de ello) poco queda para los niños, que son el futuro. 

martes, 16 de abril de 2013

Conciencias compro

Si mis fuentes no se equivocan, más de algún diputado votó a favor de la destitución del ministro de Educación en contra de su convicción personal. Sobre los Senadores no tengo información, mis fuentes no llegan tan arriba. Ahora, quienes votaron así, lo hicieron por orden del Partido, pero no por fe en el Partido (“Die Partei hat immer recht” cantaban los jóvenes en la República Democrática de Alemania Oriental). De no cumplir la orden partidaria –siempre se conserva la libertad de desobedecer si uno está dispuesto a sufrir las consecuencias–arriesgaban perder el apoyo del partido, vital para ganar la próxima elección.

Esto nos lleva a plantearnos el tema de fondo: por qué un hombre vende su conciencia, por qué llega hace algo que cree y sabe que está mal, por qué llega a valorar algunas cosas más que su propio ser íntimo. En este caso particular, además, podemos preguntarnos para qué quiere alguien conservar un puesto que no usa para promover su visión de lo que es bueno para el país, y por qué pertenece a un partido político que no respeta su conciencia. En otras palabras, la pregunta es dónde está el límite, la línea, donde se dice “basta”, “con esto no transo”, “por esto sí que vale la pena perder, irse a pique, pero con la bandera al tope”.  Un pequeño ejemplo, que ilustra la cuestión, es lo que le ocurrió al historiador Anglo-Francés Hillaire Belloc cuando fue candidato al Parlamento Inglés: habiendo un grupo de posibles electores que objetaban sus convicciones religiosas, les dijo Belloc que si ellos no querían elegirlo tal como era, a él tampoco le interesaba representarlos. Salió elegido.

Vender la conciencia no es cosa pequeña, es venderse entero en una esclavitud más opresiva que la del cuerpo. Se puede entender que alguno venda el alma cuando ya no queda nada para alimentar el cuerpo: no es el caso de nuestros parlamentarios. El asunto es el poder, y el miedo a perderlo. Pero la pregunta sigue: para qué ese poder, si ni siquiera asegura que se es señor de uno mismo. Muy pobre e impotente es el que llega a ese extremo, y sin embargo, parece que ese tipo de hombres abunda en el Congreso. En otra época se les habría negado el llamarse hombres, pero ese tipo de consideraciones puede ofender a más de un lector sensible.

En todo caso, no es nuevo el hecho que los políticos sean influenciables por miedo, presión, mentalidad de grupo u otros factores. Pero los votos en contra de la propia conciencia mandan una poderosa señal negativa a los electores; el prestigio perdido de la política no se recupera con primarias y afiches de campaña. Si alguno se opusiera al partido seguramente se hundiría, pero en este momento crucial para la política chilena alguno puede mostrar que todavía quedan en ella personas honorables, capaces de independencia (o, por el contrario, confirmarnos en la impresión que vamos rápidamente por el camino de los países poco serios). Aquel salvaría algo más que su conciencia.

martes, 9 de abril de 2013

¿Demagogia, mafia o plutocracia?

Las palabras del alcalde de Aysén, demasiado pronto olvidadas, junto con algunos otros hechos de la política actual, destacan algunos problemas propios de la democracia moderna. No se trata de sustituir la democracia por otro sistema, sino de ser capaz de tener una visión crítica, para poder corregir sus problemas, tal como algunos lo hacen para el libre mercado, en economía.

Esto no es fácil en Chile. Cualquier crítica suele ser mal recibida, y dado que el país vivió un estado de excepción, la democracia adquirió el aspecto de una tierra prometida. Pero ningún sistema ideado e implementado por seres humanos imperfectos tiene muchas posibilidades de ser perfecto. Más aún, todo sistema tiene sus tendencias propias, que si llegan hasta el extremo pueden causar más daño que bien. Esto lo tenían muy presente los fundadores de la primera democracia moderna, y quedó también plasmado en la gran obra de un admirador de este sistema, como lo fue Alexis de Tocqueville.

El alcalde de Aysén se quejó de que, al pedir contribuciones para su campaña, una empresa de energía le ofreció sólo tres millones de pesos, cifra que consideró muy baja. Por lo mismo, llamó a oponerse a esa empresa. La lección quedó clara: una empresa puede comprar un candidato con generosas contribuciones a la campaña, y si no lo hace sufrirá las consecuencias.

En la democracia moderna, donde vota mucha gente, es necesaria la publicidad para tener opciones reales de ganar. La publicidad es cara. Si la paga el candidato, sólo podrían ser candidatos las personas acaudaladas, cosa que la democracia quiere evitar. Por otra parte, si alguna persona o grupo, logra que un candidato salga elegido con su ayuda económica, tendrá poder de presión sobre él. (Es cierto que un funcionario puede actuar libremente, pero si se enemista con sus benefactores sabe que probablemente sólo durará un período en el cargo.) Pero si se limitan las contribuciones privadas, se limita la libertad de los ciudadanos de promover al candidato de su elección, cosa que sería anti-democrática.

Si un candidato no recibe ofertas de interesados en comprar su gestión, existe la posibilidad de que él mismo la ponga en venta, mediante programas populistas o demagógicos; la tendencia natural de un sistema en que lo básico para ganar es conquistar votos.

Ahora, las tendencias propias de un sistema tienen que corregirse desde fuera, si hay necesidad. En el caso del riesgo que corre la democracia de convertirse en una plutocracia, en el caso que los grupos acaudalados compren candidatos, o en una demagogia en el caso que los candidatos sacrifiquen el futuro para una ganancia inmediata, o en una mafia si es que un candidato amenaza en usar su poder si no recibe apoyo (el caso de Aysén, al parecer), sólo puede corregirse si se corrigen las personas, individualmente. Es decir, una democracia sólo puede sobrevivir si hay ciudadanos virtuosos: lo tenían claro de Tocqueville, los fundadores de los Estados Unidos, y en Chile, Portales. Pero poco se oye hablar de esto.

martes, 13 de noviembre de 2012

Votos y papeles

por Federico García (publicado en El Sur, de Concepción)

Después de la alarma causada por la alta abstención electoral han salido algunas voces a ponerle paños fríos a este asunto. Después todo, democracias tan consolidadas como Suiza y Estados Unidos también tienen una participación electoral relativamente baja. Lejos de restarle legitimidad y credibilidad al sistema, la abstención lo confirma: la gente suele acudir a votar en masa cuando siente que hay crisis. Paradójicamente, el fracaso de la política sería señal de su éxito.

Lo curioso es la sorpresa. La baja participación era algo completamente esperable y es preocupante que nuestros políticos y comentadores tengan tan poca capacidad de análisis como para llegar a pensar que las personas no inscritas en los registros irían a las urnas si se les facilitaba un trámite que ya era bastante sencillo, o como para esperar que la conducta cívica de los chilenos fuera más ejemplar que la de ciudadanos de democracias más antiguas que la nuestra.

Pero no hacía falta tanto para llegar a esta conclusión. Era suficiente mirar los espacios comunes de nuestro país para darse cuenta que la participación en lo público es bajísima. Cada envoltorio de comida o bolsa plástica botada en una plaza es como una abstención, es la manifestación de alguien que dice que no le importa el conciudadano. Esto, por supuesto, se hace sin la más mínima maldad, es pura indiferencia. Hace algunos meses, por ejemplo, les dije a unos estudiantes de pedagogía que cuando ellos fueran profesores no se olvidaran de borrar el pizarrón al terminar la clase. Con la más genuina inocencia, una alumna me preguntó por qué. El profesor que ocuparía la sala en la hora siguiente no parecía tener cabida en su mente.

Algunos podrían tener cierta inclinación a marginarse de lo público. Pero ocurre que la sociedad no es un mal, ni siquiera un mal necesario. El ser humano necesita de otros seres humanos para llegar a ser todo lo que puede ser. Pero esta relación entre personas implica el sacrificio de ciertos intereses particulares por algo más amplio. Sacrificarse un poco por el bien de todos no parece ser la tendencia en nuestro país: basta mirar las calles y veredas, o una sala de clases después de unas horas de uso (¿qué cuesta botar un papel en el basurero para ahorrarle un trabajo innecesario al auxiliar y mantener el entorno agradable?) para darse cuenta de que muchos no son capaces sacrificar un mínimo de comodidad por el bien del resto.

Se han propuesto algunos remedios para evitar la abstención electoral: ofrecer incentivos, compañas publicitarias, etc. Esto podría tener algún efecto pero no va al fondo del asunto. La participación en la vida pública no se da sólo en el voto, se da en instancias como juntas de vecinos, asociaciones culturales, fundaciones caritativas y en la vida corriente cuando se tiene presente que no se vive solo, sino que se es parte de algo más grande que uno. El problema es que la participación en lo público requiere salir de uno mismo, mirar hacia fuera, y no parece haber políticos dispuestos a pedir algo así.


miércoles, 12 de septiembre de 2012

El retorno del despotismo ilustrado

por Federico García (posteado en El Mostrador)

La reciente columna del profesor Bustamante en El Mostrador (“Chateau versus Peña”) es un joyita. No tanto por las cualidades del lenguaje o el rigor de la argumentación – no es lo que interesa en este caso – sino porque hace algo que ocurre muy de vez en cuando: muestra a un liberal despojado de su máscara, muestra un proyecto sin adornos ni ocultamiento. 

Dice el profesor Bustamante que la democracia tiene límites como sistema participativo: ciertos principios deben imponerse y promoverse sin consulta a la mayoría. En cierto sentido es esperanzador ver que hasta para un liberal hay ciertos valores absolutos, que van más allá del valor de la libertad o la democracia. Es decir, no todo es discutible, ni siquiera en la sociedad ilustrada. La democracia limitada ha pasado a ser un valor liberal, quién lo diría. 

Además del problema insoslayable de cómo se puede saber cuáles son esos principios que deben imponerse, qué es lo que puede hacerse si es que no se logra acuerdo sobre ellos y hasta qué punto se puede llegar para imponerlos, el problema más grave que presenta la columna del profesor Bustamante es que no explica con qué derecho se "imponen" estos principios. 

El proyecto democrático ilustrado solía poner la legitimidad de los gobiernos en el consentimiento de los gobernados. Pareciera que esto ya no se aplica, pues se trata precisamente de lo contrario. El resultado una especie de derecho divino laico, después de todo, el profesor Bustamante trae a la memoria los déspotas ilustrados. Al parecer la diosa razón no sólo se revela a unos pocos, sino que además otorga poder de gobierno. ¿Qué criterio hay para saber quién es el verdadero depositario de esta revelación? Quién sabe, podrían empezar a oírse palabras como “naturaleza humana” desde los rincones más insospechados. 

Lo que más llama la atención, en todo caso, es el medio que propone el profesor Bustamante para lograr la sociedad que a su juicio es la mejor: imponer. La palabra promover aparece en un segundo plano, y los términos convencer y proponer no aparecen. ¿Podrá ser porque el programa ilustrado no admite las demoras que esto implicaría? ¿Será el desprecio que siente el iluminado por la masa, incapaz de comprender nociones complejas? ¿Dónde quedó la igualdad de todos que es la finalidad de lo que se busca? ¿Habrá respeto para los que propongan un programa distinto? Por mi parte, pido al profesor Bustamante que antes de imponer me convenza de lo que propone, y que a su vez me permita proponer algo distinto. Si no se logra nada, le pido paciencia. Espero que no sea mucho pedir.

martes, 4 de septiembre de 2012

¿Y si la causa fuera el machismo?

por Federico García (publicado en El Sur, de Concepción)

Es asombroso como se mantiene la popularidad de nuestra ex-presidenta. El paso del tiempo parece no afectarla, como muestran las encuestas. Como ministra del gobierno de Lagos no fue ninguna maravilla, no cumplió su promesa de acortar la espera en los consultorios, aunque logró una buena foto en un vehículo blindado y, sobre todo, supo obtener el afecto de la mayoría. Se entiende que haya sido elegida; nadie espera que el voto sea un ejercicio de pura racionalidad (pero es la mejor alternativa que disponible).

Lo que cuesta entender es que su popularidad se mantenga luego de un gobierno relativamente tranquilo pero bastante inepto. Piénsese en el legado de Bachelet: casi ningún avance en resolver problema energético, el monstruo del Transantiago que le cuesta al erario fiscal miles de millones al mes, el aumento de la pobreza y de la desigualdad en su gobierno, su deficiente actuación durante el terremoto y tsunami, su falta de decisión para evitar los saqueos posteriores, la falta de soluciones frente a las solicitudes de los estudiantes secundarios, y sobre todo, su reticencia actual hablar sobre su gobierno, refugiándose en una supuesta victimización. Es cierto que el voto es más un acto del corazón que de la cabeza, pero en algún momento tiene que funcionar la cabeza.

Con una hoja de servicios como la de Bachelet, cualquiera bajaría en las encuestas. Seguro que nadie la contrataría para un cargo de responsabilidad (entre otras cosas, porque no responde). Pero ella, manteniéndose un par de años alejada de la contingencia y evitando hablar de lo que lo que hizo y dejó de hacer, sube como la espuma. Puede que hasta se repita el plato, cosa que no iban a hacer los ministros de su gobierno. Se le puede pegar políticamente pero es imposible botarla, se la comparado con un mono porfiado.

Varios comentadores han tratado de explicar esto. Alguno me ha dicho que ella es como una figura materna en un país de padres ausentes, por lo que es imposible tratarla con dureza. Puede ser, pero habrá explicaciones alternativas. Propongo la siguiente: el machismo.

Que la sociedad chilena es machista es un lugar común bastante aceptado. Ahora, el machismo puede tomar distintas formas, una de ellas, es la perdonarle todo a una mujer. Se sigue de que al no ser considerada tan capaz, no se le puede pedir que responda de la misma manera que un hombre. Se asume que se va a equivocar, al equivocarse confirma el prejuicio, se le perdona cualquier desastre que pueda haber causado, y todos contentos. Bachelet no es el único ejemplo de esto, pero no hace falta sacar al sol otros trapitos nacionales guardados hace tiempo.

A la ex-presidenta parece no importarle mucho este tipo de machismo, de hecho, ha usado antes la lástima como arma política. En todo caso, si esto la pone a la cabeza del país otra vez, será por lo machista que somos. Pero esto es sólo una hipótesis para intentar explicar lo inexplicable.