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martes, 6 de octubre de 2015

Aborto: religión, ciencia y falacias

Las argumentaciones a favor del aborto contienen tantas falacias que es cansador tener que sentarse a refutarlas. A veces uno duda si vale la pena el esfuerzo de tratar de exponer el propio punto de vista a quién ya tiene todas sus conclusiones decididas de antemano, pero nunca se pierde la esperanza de que en el diálogo de sordos a alguno se le abran los oídos.

Quizás lo que corresponde hacer en primer lugar es referirse a las etiquetas: “ultra-conservador” (parece que en Chile hay sólo dos posiciones políticas, los ultra-conservadores y los razonables). Que los conservadores seamos contrarios al aborto no implica que no haya gente pro-vida en otras partes del espectro político. Que figuras tan emblemáticas de la izquierda como Norberto Bobbio o Tabaré Vázquez hayan sido contrarios al aborto se oculta convenientemente (al respecto, recomiendo leer esto). Pero en última instancia eso da lo mismo: no importa si una postura es ultra-conservadora o ultra-liberal, lo que importa es que sea correcta o errónea. Poner una etiqueta es asumir de antemano la conclusión a la que se quiere llegar.

Otra etiqueta de la que hay que hacerse cargo es la referencia a la religión. Es verdad que la religión prohíbe el asesinato (y respecto de la imposibilidad de prohibir el asesinato desde una ética laica habría que leer a Adorno y Horkheimer en su Dialéctica de la Ilustración, pero eso ya sería demasiado en un debate como este), pero eso no hace que el argumento sobre el aborto sea un tema puramente religioso. El asunto es que esta prohibición se hace extensiva a los no nacidos. Lo que habría que ver es qué argumentos dan las iglesias para oponerse al aborto, eso sí sería diálogo (un creyente puede dar argumentos basados en la razón natural). Por lo demás, la prohibición del aborto es compartida por agnósticos como Bobbio y su origen puede rastrearse hasta el juramento de los médicos, redactado antes de la aparición del cristianismo.

También está el asunto de la agrupación: por supuesto, quienes hoy se oponen al aborto son los mismos que ayer se oponían a un montón de cosas buenas. Aunque decir algo así implica simplificar la historia y dar por resueltos debates aun abiertos, pase (en beneficio de la brevedad), pero, de nuevo, eso no zanja el tema. Se podría hacer la operación inversa: por ejemplo, quienes hoy apoyan el aborto ayer eran partidarios de la eugenesia racial o de los totalitarismos (los llamados progresistas tienen, naturalmente, mala memoria), pero eso sería subir innecesariamente el volumen, y además sería injusto con algunas personas particulares que no caben dentro de los grupos.

Pero yendo más allá de las etiquetas, lo que es verdaderamente útil en el debate sobre el aborto es aclarar algunas nociones ambiguas y revisar algunos postulados que no se cuestionan. Una distinción que hay que hacer es entre el todo y la parte. Una parte de un ser vivo estará viva, pero no constituye un ser vivo individual. Si una parte de un ser vivo puede mantenerse viva fuera de éste hay que ver si tiende a permanecer como parte (ayudada desde fuera) o a formar un nuevo todo (dirigiendo su desarrollo desde sí misma). Una célula de piel humana que se multiplica en una placa de Petri, por lo tanto, es humana (de la especie Homo sapiens) pero no es un individuo humano. Esta distinción permite aclarar algunos equívocos. Si bien todo ser humano tiene su inicio en una célula, no toda célula humana es un individuo humano.

Por otra parte, la consideración acerca de la capacidad de una célula de dirigir su propio crecimiento y diferenciación permite entender mejor porqué es arbitrario atribuir la condición humana al desarrollo de ciertas estructuras, como la corteza cerebral o el sistema nervioso. Si un embrión que no tiene sistema nervioso no puede tener percepciones, sí tiene la capacidad de desarrollar su sistema nervioso que le permitirá tener percepciones. (Puesto de otra manera, un ser sin cerebro puede “fabricar” su propio cerebro.) Basar la “humanidad” en ciertas cualidades y no en la pertenencia a una especie es imponer una definición asumida de antemano (imposición que hacen quienes ya cumplen con la definición, por supuesto). Además, aparece el problema de que las cualidades son graduales (¿si para ser humano hay que tener auto-conciencia, una persona con mayor auto-conciencia es más humano que una que recién la ha adquirido?), pero no se puede pertenecer a medias a una especie. También podría cuestionarse el por qué de una cualidad y no otra (¿por qué poner la humanidad en la percepción –que es algo que se comparte con los animales– y no en el lenguaje?).

Queda el problema del nacimiento (en lo que respecta a la ley civil, también es necesario comprender la intención y los límites de la ley, pero eso alargaría tomaría demasiado espacio, en todo caso, la ley siempre se puede cambiar). El nacimiento algo que le ocurre a un ser, y que le puede ocurrir en un momento u otro, sin mayor diferencia. La dependencia que implica no haber nacido no tiene por qué implicar menos derechos. (Puesto de otra manera: un niño puede nacer prematuramente a las 30 semanas de gestación y quedar inscrito en el registro civil con su nombre y rut, mientras que otro que sigue en el útero a las 35, a pesar de estar más desarrollado, de llevar más tiempo vivo, no tiene existencia legal plena.)

Por último, es bueno comprender lo que la ciencia (palabra mágica) puede dar a conocer y lo que no. La ciencia puede determinar si un ser vivo es de una especie o de otra (aunque el concepto de especie sea complejo), la observación empírica puede determinar si algo es un ser vivo, una parte de un ser vivo o un conjunto de individuos, o si algo está vivo o muerto, pero no puede determinar si un ser vivo es persona o tiene derechos, puesto que esos son conceptos filosóficos.

Puede que una discusión sobre el aborto en que la intención sea comprender mejor los temas involucrados mediante el razonamiento riguroso, más que la descalificación del contrario por cualquier medio, ayude a superar algo el diálogo de sordos que hemos tenido hasta ahora. 

lunes, 24 de agosto de 2015

Conversación de cosas no dichas

“Acá hay una conversación de cosas no dichas, en Chile hay aborto” ha dicho nuestra presidente en una entrevista radial, repitiendo un conocido argumento que puede usarse a favor de lo que sea, afirmando que tal o cual cosa “es una realidad”. Por supuesto que en Chile hay aborto, además, se ha dicho hasta el cansancio. También hay maltrato a las mujeres, conducción a exceso de velocidad, malversación de fondos públicos, evasión de impuestos, etc. El hecho material que algo ocurra no implica absolutamente nada en su favor o en contra. La cuestión es qué se hace con eso que ocurre. Como argumento es banal, por no decir estúpido, y como algunas de las personas que lo repiten son bastante hábiles, lo que hay que hacer es indagar, precisamente, sobre lo implícito, sobre lo no dicho.

La primera de las cosas no dichas es que esto no es una conversación ni un debate, porque un argumento del tipo usado por la presidente ya asume que el aborto no algo ni tan malo ni tan grave como para prohibirlo en toda circunstancia. Y si los ricos pueden hacer algo que lo pobres no pueden permitirse, eso tampoco es razón para permitirlo o prohibirlo, depende de la cuestión previa, que algo asumido pero no dicho. Si los ricos lo hacen y es grave, entonces la solución es una mayor fiscalización, no una despenalización. La voluntad de imponer el aborto en Chile es clara y previa a cualquier debate. Dada la solidez de las razones médicas, éticas (y prudenciales) para defender el derecho a la vida del que está por nacer, la actitud de nuestras autoridades sólo puede ser calificada de contumaz (como lo hizo el profesor Jorge Martínez Barrera, del Instituto de Filosofía de la PUC).

Una segunda cosa no dicha es que si bien en Chile hay aborto, no sabemos cuántos casos de los abortos que hay quedarán cubiertos por las tres causales que contempla la despenalización (probablemente muy pocos). Tampoco sabemos a ciencia cierta cuántos abortos hay; es un delito que la víctima no denuncia (porque muere) y la familia tampoco (porque es cómplice). Lo que sí sabemos es que las estimaciones más serias, como las del Dr. Elard Koch, están muy por debajo de las cifras que entrega la propaganda pro-aborto. También sabemos, por el testimonio del Dr. Nathanson, que el lobby pro-aborto no tiene problemas en inflar las cifras para su conveniencia.

La tercera cosa no dicha es la intención que hay detrás de la despenalización del aborto. Una cierta desconfianza de los ciudadanos hacia el gobierno es siempre saludable, pero en este caso (y con este gobierno) es algo obligatorio. Los principios invocados en dos de las tres causales abren la puerta a una despenalización más amplia, éste ha sido el camino seguido por los países dónde hay aborto. Tampoco se ha dicho cuánta presión internacional ha habido para despenalizar el aborto, ni los intereses económicos involucrados.

Y la última cosa no dicha es el horror del aborto, la deshumanización de una sociedad que se permite destruir a sus miembros más inocentes y más débiles. Para ver esto es cosa de mirar a los países donde se ha impuesto, de a poco, siempre de a poco, la cultura de la muerte. 

martes, 27 de enero de 2015

Aborto y tortura: problemas resueltos

En caso que el lector se pregunte, no se trata de vincular ambas prácticas, para eso está este artículo en Mercatornet. Se trata más bien de hacer un ejercicio de razonamiento analógico, de reemplazar un término por otro y ver si el resultado es el mismo. La presidente Michelle Bachelet ha pedido respecto del aborto “una discusión madura, informada y propositiva”. Una frase como esa ya está cargada de contenido. A nadie se le ocurriría plantear una discusión madura, informada y propositiva respecto del uso de la tortura, a pesar de que el crimen esté en alza y aunque el terrorismo en la Araucanía y los bombazos en Santiago no hayan podido ser detenidos. No, un tema así simplemente no es discutible por mucho que vivamos en un país libre, entre personas abiertas de mente. Si se pide una discusión sobre alguna cosa quiere decir, de manera implícita, que ya es de alguna manera aceptable.

Cuando se busca discutir algo que antes era impensable –como hoy lo sería el uso de la tortura en el sistema judicial– lo que se busca en realidad es un resultado afirmativo. Si después de discutir el aborto, y de escuchar a todos los que tengan que decir algo (menos, por supuesto, a los directamente afectados por el aborto, que son muy pequeños y débiles para hacerse oír), la conclusión es negativa, se discutirá de nuevo hasta que se apruebe. De eso se trata.

La frase de la Presidente Bachelet, al parecer tan inocua, trae a la memoria otra frase memorable, y de extremada utilidad para pensar estos temas, que en el futuro próximo se nos vendrán encima como una avalancha. Decía el fallecido Richard J. Neuhaus en un artículo en Commentary  que “miles de, así llamados, expertos en ética médica y bioética van guiando profesionalmente lo impensable en su paso hacia lo debatible, en el camino a lo justificable, hasta que finalmente queda establecido como lo corriente”. El camino es rápido: ahora se pide simplemente debatir, pero cuando el rector de la Pontificia Universidad Católica reclamó el derecho de objeción de conciencia, dando por hecho el resultado de un debate que todavía no ha tenido lugar, personajes del gobierno inmediatamente salieron a negárselo: quedó claro como el aborto pasó de lo debatible a lo exigible, aun antes de su despenalización.

No hay que engañase, esta discusión será, desde el comienzo, deshonesta, amañada, sesgada; porque el asunto (moralidad) del aborto, para quién propone discutirlo, ya está resuelto.

martes, 13 de enero de 2015

Dios sí selecciona

El problema de la selección en los colegios católicos ha llevado a algunos a crear la consigna “Dios no selecciona”, por lo que la selección sería inmoral, poco cristiana, etc. Una consigna así puede estirarse indefinidamente: “Dios no paga impuestos”, “Dios no toma Pepsi-Cola”, “Dios no lee novelas históricas”… La teología de la vía negativa da para mucho pero dice poco. Sin embargo, se trata de algo más, de reclutar a Dios para una causa político-social, como si Dios fuera un gran social-demócrata en el Cielo siempre dispuesto a dar su auspicio a los pequeños social-demócratas de la tierra.  Además de que reclutar a Dios para causas terrenas es delicado (no es que a Dios no le interese la política, es cosa de estudiar a Santa Juana de Arco), los argumentos teológicos han de dejarse para cuestiones teológicas. Las cuestiones ideológico-político-sociales tienen que resolverse con sus propios argumentos.

La consigna “Dios no selecciona” implica un enorme error de perspectiva (que se entiende dada la deficiente formación filosófica y teológica de nuestra época). Para empezar, el acto creador de Dios implica una selección muchísimo mayor de la que sería capaz cualquier ser humano: de entre todos los mundos y personas posibles, que son infinitos, Dios eligió –seleccionó– nuestro universo con sus criaturas particulares. Los demás mundos y personas posibles ni siquiera fueron llamados a la existencia. Además, dentro de nuestro mundo Dios también selecciona: elige a un pueblo para que sea su pueblo y sólo por ese pueblo serán salvados los demás. Le habla directamente a unas personas y no a otras. De todos los momentos históricos posibles, selecciona uno en particular para encarnarse; de entre todas las mujeres, elige una para que sea su madre y de entre todos los hombres a uno para que sea su padre putativo. De entre todos los judíos de su época, elige a setenta y dos para que sean sus discípulos, de esos selecciona a doce para que sean sus apóstoles y de entre ellos a tres para que sean testigos de su transfiguración y agonía. En fin, queda claro que Dios sí selecciona, lo cual no implica nada para la selección escolar.

¿Qué se quiere decir cuándo se dice que Dios no selecciona? Seguramente que Dios quiere que todos se salven, que no rechaza a nadie que se acerca a Él, etc. Sin embargo, y esto sí puede dar una pequeña clave para hablar de selección escolar, si bien Dios no rechaza a nadie, algunos pueden rechazar a Dios mediante su conducta o creencias. Dios no selecciona al modo de una predestinación de tipo calvinista, pero tampoco se impone a nadie que no lo quiera. ¿Qué tiene que ver esto con un colegio? Que puede haber personas que, sea por lo que afirman o por cómo viven, no se adecuen al proyecto de una institución y esa institución, por lo mismo, tiene el derecho de no dejarlos entrar. No se trata un rechazo, sino de una auto-marginación del supuesto interesado, cosa que Dios acepta.

martes, 12 de agosto de 2014

Debate sobre matrimonio homosexual: nada que hacer. A propósito de un intercambio de opiniones.

Hace unos días leí el intercambio de opiniones sobre el matrimonio homosexual entre Robert P. George (en contra) y Jameson W. Doig (a favor) publicado en The Public Discourse. Los breves artículos se pueden encontrar aquíaquíaquí, y aquí. Me interesaba especialmente leer a Doig, para conocer mejor los argumentos de quienes aprueban el matrimonio entre personas del mismo sexo.

Me di cuenta de que en este debate no hay nada que hacer, o muy poco. El argumento de Doig–si es que llegaba a eso– se apoyaba casi completamente en el sentimentalismo (“¿cómo negarle el reconocimiento a dos personas que se aman, y más si se benefician con ello?”), ilustrado desde el primer momento con un caso conmovedor. Doig no fue capaz de hacerse cargo de ninguna de las objeciones de su contradictor, principalmente el porqué de la limitación del matrimonio a sólo dos personas.

Esto no quiere decir que no pueda haber un caso más sólido a favor del matrimonio entre personas del mismo sexo, pero Jameson W. Doig es profesor emérito de Princeton, una de las más prestigiosas universidades de los EE.UU., no era su primera incursión en el tema y se enfrentaba a uno de los principales defensores del matrimonio tradicional. No sé si se puede esperar algo más.

Para que haya un debate tiene que haber razonamiento, pero en la postura favorable al matrimonio homosexual había poco de eso. No hay malo en sí mismo en tener una posición basada en la subjetividad, el sentimiento o el gusto personal, pero una posición así no puede ser discutida o comprobada o falseada por medio de razonamientos, sólo compartida en la medida que el interlocutor comparta o asuma la misma sensibilidad. Es lo que ocurre cuando se habla de equipos de fútbol, comida o música, pero es distinto si se trata de cosas serias que afectan a la sociedad entera. 

Ahora bien, con el sentimiento no se puede argumentar. No hay debate posible. El sentimentalismo subjetivo es el mal de nuestra época, conclusión necesaria para un sujeto autónomo y cuya razón es la simple esclava de sus pasiones. ¿Qué hacer? Si no se puede argumentar se puede recurrir a la reducción al absurdo, que es lo que hizo Robert P. George en parte del intercambio. La ironía puede forzar a la inteligencia a ver conexiones hasta entonces ocultas y despertar la capacidad de discutir. Pero en este debate, como en otros, la cuestión de fondo no es sólo algo puntual, si dos personas del mismo sexo pueden casarse o no, sino si acaso existe una realidad independiente del sujeto que la inteligencia puede conocer y a la cual debe adecuarse, o si el sujeto mismo es el árbitro de la realidad. Es la cuestión en que se sustenta todo debate.

martes, 21 de agosto de 2012

Marihuana en el Senado

por Federico García (publicado en El Sur, de Concepción)

“No se puede razonar con un marihuanero –me informó un psicólogo cuando le pregunté por el tema– cualquier cosa que amenace su placer será rechazada de plano”. A fin de cuentas, la marihuana es una droga y eso es una causa de que en el debate se cuelen tantos errores de razonamiento, aunque probablemente la causa principal de que la discusión se vea plagada de falacias es la poca costumbre que tenemos de argumentar con rigor.

Por ejemplo, se ha dicho que la confesión del senador Rossi ha sido “valiente” frente a la hipocresía nacional que tiende a ocultar las realidades desagradables. Veamos: si se dice “valiente” es que ya se ha llegado a una conclusión favorable. Distinto sería si el senador hubiera dicho que se emborracha un par de veces al mes, o que ha participado en carreras clandestinas. Algo así, al no estar pre-aprobado por buena parte de los comentadores, no haría al que lo confiesa merecedor del adjetivo “valiente”.

No está demás una digresión sobre la hipocresía. Ésta tiene dos contrarios, igualmente sinceros: la virtud y el cinismo. No porque la hipocresía sea mala todo lo que se le oponga será necesariamente bueno. El cinismo puede ser peor que la hipocresía, pero esto es irse por las ramas de la lógica.

La discusión sobre las drogas no es principalmente sobre  si se legaliza o no una práctica masiva (podría aplicarse a la evasión de impuestos, a la conducción por sobre el límite de velocidad, etc.) o sobre qué es lo más eficiente económicamente. La cuestión de fondo, relacionada con las anteriores pero que no suele aflorar en estos debates, es qué y cuánto estamos dispuestos a tolerar como sociedad.

La eliminación completa de algunos males acarrearía males mayores, por eso se los tolera. En el caso del tabaco, por ejemplo, la balanza se inclina cada vez más hacia su prohibición total, en desmedro de ciertas libertades. Se lo considera tan malo, que supresión compensaría los males que esta misma pueda causar. Respecto de las drogas no se ha visto una discusión de fondo, ni tampoco mucha difusión, sobre el alcance de los males que causan, tanto físicos –y mentales–  como sociales como para poder formar un juicio sobre si corresponde tolerarlas o no. 

Tampoco se ha debatido si acaso la libertad de quienes quieren acceder fácilmente al placer de drogarse valdría la pena frente a los males que podrían ocasionarse por la legitimación social y legal de la droga: es decir, si una sociedad que se preocupa por el bien de sus ciudadanos puede o no permitir, con todo lo que eso implica, este tipo de males. Frente a esto, argumentos de tipo económico o práctico son accidentales.

Con esto se llega a un tema más fundamental aún: qué tipo de bienes compartidos debe custodiar una sociedad. (En el caso de las drogas, dado su efecto en la mente humana, van mucho más allá de la salud corporal). Si no hay noción de esto, es inevitable que el debate eluda los problemas de fondo y se resuelva a favor del que lo manipule más hábilmente.

martes, 26 de junio de 2012

De homenajes, justificaciones y manifestaciones

por Federico García (Publicado en El Sur, de Concepción)

Comencemos con esta premisa, para un ejercicio lógico-práctico: “Nunca es justificable violar los derechos humanos”. Seguimos: “Golpear a una anciana es violar un derecho humano”. Concluimos: “Nunca es justificable golpear a una anciana”. Todo claro. Sin embargo, en la práctica encontramos personas que dicen afirmar lo primero, pero que golpean ancianas que se dirigen a ver un documental considerado ofensivo. Se concluye que para algunos se justificaría violar los derechos humanos en ciertos casos (“nunca es justificable violar los dd.hh., salvo que el humano en cuestión vea un documental que me ofende”). Es manifiesto que hoy en Chile hay gente dispuesta a violar los derechos humanos en nombre de los mismos: una contradicción.

Otro ejercicio: “Uno, ya sea como particular o desde el Estado, debe respetar la libertad del otro siempre que no interfiera con la de terceros” (es decir, “si no te gusta [actividad indeseada], no lo hagas, pero no me impongas tu manera de ver la realidad”). Seguimos: “Tratar de impedir que una persona asista a ver un documental en un recinto privado es interferir con su libertad”. Concluimos que algunas personas que dicen afirmar lo primero no son capaces de extraer las conclusiones prácticas que se derivan de ella. Es manifiesto que hoy, en el siglo XXI, quedan en Chile personas dispuestas a imponer su visión de las cosas mediante la violencia, y otros que, sin hacerlo, los celebran.

Las conclusiones de estos ejercicios no deben extrañarle a nadie. En nuestro país hay escasa capacidad de reflexión y razonamiento, y sobra la emocionalidad exacerbada que puede transformarse en actos violentos con facilidad. El remedio podría estar en rigurosas clases de lógica (clásica, y también simbólica, para no dejar fuera a los analíticos), con referencias al silogismo práctico. No está claro, sin embargo, si los necesitados se dejarían enseñar.

No sólo falta capacidad (auto)crítica, además la comprensión de lectura es mala. Nótese, respecto de los casos aludidos arriba, que los organizadores no hablaron de homenajes ni tampoco de justificaciones. Pero un sector del espectro político insistió que se trataba de eso. ¿Error de comprensión? Ese sector, nótese, sólo sabe relacionarse con su pasado mediante el homenaje y la justificación. No admite la más mínima crítica, ni siquiera de parte de los cercanos: sus antiguos miembros son todos héroes, uno de ellos además, el más grande de todos los tiempos. Jóvenes dirigentes le rinden pleitesía al Dictador Caribeño y otros envían sentidas condolencias por la muerte del Tirano Asiático: para los propios sólo hay homenaje. Respecto de sus actos lo único que se ve son justificaciones, nunca hay un distanciamiento o reconocimiento de error (véanse las declaraciones de algunas sobre el Muro). Es comprensible que frente a cualquier acto conmemorativo sólo vean homenajes y justificaciones. Es natural que crean que sus oponentes sean de la misma condición, pero eso es comprensión lectora deficiente y falta de capacidad (auto)reflexiva, y poco más.

martes, 12 de junio de 2012

Elogio de una operación política

por Federico García (Publicado en El Sur, de Concepción)

La difusión de videos que muestran la actuación de Michelle Bachelet durante la madrugada del 27 de febrero del 2010 ha causado malestar en sus adherentes. No es para menos, lo que se ve no es halagador. Cercanos a la ex-presidenta han tratado de calificar la difusión de dichos videos como una operación política. Se usa el adjetivo “político” para descalificar, ¿pero qué otro tipo de operación puede darse en una situación de cómo esta? Corresponde que en política haya operaciones políticas, no estaría bien que hubiese otra clase de operaciones, económicas, por ejemplo.

Antes de descalificar una operación política sin más, conviene juzgarla por su contenido. Esta operación en particular no parece ser objetable: se trata de personas que abiertamente han dado a conocer imágenes que revelan a ciertas autoridades en su actuar público. Si tras ver uno de estos videos la imagen de alguna autoridad queda por el suelo, es otro problema.

Lo objetable, por parte de quienes tienen algo que perder, sería la intención con la cual se han publicado los videos (destruir la imagen de una persona). Pero antes de juzgar intenciones hay que ver los hechos. Podría decirse que si se muestra una verdad relevante, la imagen no queda destruida sino descubierta. ¿Es tan malo destruir una imagen falsa para reemplazarla por una que muestra a la persona tal cual es? Pareciera que la verdadera operación política fue la larga construcción de un fenómeno que no era lo que parecía (engañando, a fin de cuentas, a quienes confiaron).

Aunque la intención subjetiva de los diputados que han dado a conocer los videos fuera, subjetivamente, la de destruir una imagen usando otras imágenes (reales, por lo demás), habría que indagar un poco más.  Si pretenden eso, será por una razón. Claramente no quieren que Bachelet vuelva a la presidencia, y es razonable suponer que además de las razones partidistas que operan en la política los diputados estén convencidos que el gobierno de Bachelet no fue bueno para el país y que otro tampoco lo sería. Una de las razones que tendrían para pensar eso sería la actuación de la ex-presidenta durante el terremoto y maremoto. Para convencer al público usan imágenes reales de su actuación en ese momento crítico. ¿Es tan grave apoyar una posición con un video?

En todo debate es natural preguntarse por la motivación de un argumento o posición. Pero no hay que confundir esto con su verdad o falsedad. Respecto de lo que ocurrió el 27 de febrero, de lo que se hizo y no se hizo, la ex-presidenta y sus adherentes han preferido el silencio. Es comprensible: nadie quiere asumir responsabilidad por negligencias que costaron la vida a personas. Pero lo importante es si acaso el gobierno anterior fue bueno, si los gobernantes fueron capaces de tomar decisiones adecuadas. Si han sido las pasiones políticas las que sacaron a descubierto lo que algunos han querido ocultar, es bastante menos relevante. Ojalá hubiera en política más operaciones como estas.

jueves, 10 de mayo de 2012

Aborto: más argumentos accidentales

por Federico García (publicado en El Sur, de Concepción)

Una manera para llegar a comprender ciertas realidades difíciles es la comparación. Ver en qué se parecen dos cosas y en qué difieren ayuda a entender qué es lo propio de cada una. Si se entiende lo que es esencial se pueden evitar las cuestiones periféricas que no conducen a ningún lado.

Menciono esto a propósito de un argumento a favor de la legalización del aborto que he visto usarse alguna vez. Quizás el ejercicio de mostrar cómo se separa lo accidental de lo importante no sea de lo más productivo: los argumentos accidentales, como no van a lo fundamental de un asunto, pueden ser infinitos. El ejemplo en cuestión, en todo caso, puede servir para ilustrar esto y, sobre todo, para ayudar a crear hábitos de pensamiento.

Se ha dicho que el hecho que el aborto sea ilegal implica –como ocurre con todas las actividades ilegales- que el gobierno no tenga  ningún control sobre cómo y dónde se lleva a cabo, quién lo practica, etc. (además de que no genera recaudación tributaria). La legalización del aborto, se argumenta, traería a esta práctica todos los beneficios del  control y la regulación estatal: registro de los proveedores, fiscalización, etc.

Pareciera que regular una realidad inevitable sólo traería cosas buenas, sacándola de las sombras de la ilegalidad. Pero esto no es un argumento a favor de nada, porque elude el tema de fondo. Una comparación lo deja muy claro. Tomemos otra actividad ilegal, como el robo a mano armada. Al estar fuera de la ley, como el aborto, no hay ningún control sobre quiénes lo practican y cómo. Por supuesto que esta actividad no paga impuestos.

Con esta comparación queda claro que lo que importa a la hora de legalizar algo, o de mantenerlo fuera de la ley, es el bien que se busca proteger. Ese bien que se busca proteger es lo que constituye lo esencial de la cuestión. En el caso del aborto el tema de fondo es la vida humana. Si el no-nacido es un ser humano vivo, con derecho a la protección de su vida, consideraciones accidentales sobre la conveniencia de legalizar el aborto para el Estado sepa quién, cómo y cuándo lo realiza, son intrascendentes.

Por lo demás la función pedagógica y social de la ley –bien la conocen los partidarios de la ley antidiscriminación- implica que sean declaradas ilegales algunas actividades aunque sea imposible suprimirlas del todo, por la señal que eso manda sobre los derechos que se busca proteger. Además, la experiencia muestra que una actividad ilegal que se legaliza tiende a hacerse más común, por lo que la simple regulación no es una vía para contenerla. (Pero esto último es en sí accidental, si es que no hay una razón para desear que se evite.)

Finalmente, no dejan de ser elocuentes las últimas palabras de los senadores cuyos proyectos para legislar sobre el aborto fueron rechazados. Muestran que lo último que tenían en mente eran cuestiones sobre el inicio y valor de la vida humana, lo que explica la gran cantidad de argumentos accidentales que circularon mientras se “debatía” la ley de aborto.

martes, 17 de abril de 2012

Aborto e impuestos: comparando argumentos

por Federico García (publicado en El Sur, de Concepción)

El Senado ha rechazado los tres proyectos de ley sobre el aborto y el debate, naturalmente, ha bajado sus decibeles. La atención pública se centra en otras cosas como la ley anti-discriminación, la delincuencia y el (des)empleo. Aún así, es bueno mirar a algunos de los argumentos que circulan, quizás ahora sea un momento especialmente oportuno ya que hay más calma.
   
Fundamental es distinguir un argumento concluyente de uno accidental. Si se hace un pequeño análisis –y vaya que nos hace falta- se ve que en la mayoría de los casos se parte por el resultado y luego se busca un argumento.

Tomemos, por ejemplo, aquel que comienza por el dato que en Chile hay muchísimos abortos ilegales. Nuestra legislación, como parece evidente, no se adapta a la realidad. La solución sería liberalizar las leyes de aborto. Pareciera que la discusión quedó zanjada. Sin discutir las estadísticas, que tratándose de actividades clandestinas siempre serán especulativas, podemos ver si tal razonamiento se puede aplicar a otro contexto. Podríamos comenzar por el hecho que en Chile hay muchísima evasión de impuestos. Es obvio, por lo tanto, que la legislación no se adapta a la realidad. Lo que habría que hacer, por lo mismo, es bajar los impuestos.

Creo que se entiende el punto, pero se le puede dar otra vuelta. Se dice, por ejemplo, que en Chile, por una vía u otra, los ricos tienen acceso a abortos seguros, mientras que los pobres tienen que dar a luz a los hijos no deseados o abortar clandestinamente. Sería una exigencia de la equidad, entonces, legalizar el aborto. Pero en Chile ocurre que los ricos tienen acceso a abogados que les ayudan a evitar impuestos mientras que los pobres y la clase media se ven forzados a pagar todos sus impuestos, o son perseguidos implacablemente por el SII. Si se aplica la misma línea argumental, lo lógico sería bajar los impuestos para que ricos y pobres estén en igualdad de condiciones tributarias.

Frente a estos problemas no importa tanto ser consistente en la solución, como la razón para aplicar una u otra. Si lo que se quiere es hacer concordar la ley con la realidad, o igualar a ricos y pobres, es tan válido aumentar la fiscalización y las penas como liberalizar las leyes, en uno y otro caso. Pero eso es evadir la cuestión. Para legislar sobre el aborto no importa si de hecho la legislación se cumple o no, o si los ricos pueden quebrantarla con más seguridad que los pobres. Lo que importa es el bien que deben proteger las leyes, lo que en este caso es la vida humana: cuándo empieza, cuál es el criterio para determinar eso, y si acaso toda vida humana debe respetarse o se puede disponer ella por alguna razón. Cualquier otro argumento accidental puede darse vuelta con sin dificultad.

No son cuestiones fáciles, pero el tema es serio. Darse vueltas argumentando cosas periféricas es cobardía, deshonestidad y pereza intelectual: mal fundamento para nuestras leyes.