lunes, 21 de noviembre de 2011

Modelos Chilenos

por Federico García (publicado en El Post)

Pareciera que la solución nuestros problemas en educación está afuera: algunos miran a México y a Argentina con sus universidades estatales abiertas y gratuitas, otros a Corea y a Japón, con el énfasis en matemáticas y ciencias, hay algunos que añoramos la educación clásica del Gymnasium alemán, o la espartana austeridad del Public School inglés, y para muchos Finlandia parece ser la tierra prometida de la educación por sus altos resultados en las pruebas PISA.

No está mal aprender de otros pueblos. Pero no debemos olvidar que la educación no ocurre sólo dentro del aula, sino en toda la vida de la persona, en toda la sociedad. Importar un modelo educativo extranjero, por muy exitoso que sea un su país de origen, no servirá de nada si no se tienen en cuenta los demás factores que lo acompañan.

En el alabado sistema Finlandés, por ejemplo, la educación es obligatoria sólo a partir de los siete años. Casi no hay tareas. Sólo hay una prueba estandarizada a nivel nacional en toda la vida escolar. (Pareciera que el sistema escolar más exitoso del mundo hace todo lo contrario que hacemos nosotros, con la jornada escolar completa, énfasis en la educación preescolar y todo tipo de mediciones.) Pero en Finlandia las madres tienen un postnatal de tres años. Habría que ver qué programas de televisión ven los niños Finlandeses, qué programas de televisión ven sus padres. En Finlandia, además, los profesores reciben el mismo respeto y consideración social que médicos y abogados.

Se podría abundar, pero es claro que no es sólo cuestión de sistema, sino también de una mentalidad, que se refleja en un sistema. Como cambiar una mentalidad es difícil y toma mucho tiempo, no sería mala idea, antes de viajar por el mundo buscando sistemas que nos arreglen el problema, mirar aquellos proyectos educativos en chilenos que funcionan y dan buenos resultados. Algunos son estatales, otros privados, unos trabajan con alumnos en riesgo, otros con alumnos de entornos estables. Algunos están en Santiago, otros en Provincia. ¿Qué es lo que tienen en común? ¿Qué es lo que los gestores de esos proyectos consideran más importante? ¿Qué es lo que los hace distintos de los demás? Ejemplos de colegios, institutos profesionales y universidades de excelencia hay muchos en nuestro país. ¿No podrían replicarse los modelos exitosos ya probados en Chile, en vez de buscar afuera una solución que necesariamente será aplicada a medias?

martes, 15 de noviembre de 2011

No existe un derecho universal al matrimonio

por Federico García (publicado en El Sur, de Concepción)

El reciente fallo del Tribunal Constitucional ha abierto nuevamente la discusión sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo. Es comprensible que algunos homosexuales se sientan discriminados por no poder casarse, pero una mirada más amplia a la cuestión muestra que la discriminación no es todo lo que está en juego.

Casarse no es un derecho universal, nunca lo ha sido. Los menores de edad -esos que tienen derecho a una educación de calidad-  no tienen derecho a contraer matrimonio y eso no es discriminación arbitraria.

Las sociedades se toman muy en serio el matrimonio y ponen restricciones porque de él nacen los hijos. Los niños son la siguiente generación, la que dará continuidad a la comunidad. A la generación futura,  que sólo puede venir de la unión entre hombre y mujer, hay que protegerla. Aunque este tipo uniones haya variado en el tiempo, la experiencia acumulada de la especie muestra que el ambiente más propicio para que crezcan los niños es el que resulta de la unión estable y exclusiva de sus padres.

Es por eso que el Estado da a la unión entre hombre y mujer un reconocimiento especial. No es una unión cualquiera, sino una con efectos públicos, de los cuales depende la supervivencia de la sociedad. Engendrar y criar a los nuevos ciudadanos es algo que ninguna otra institución puede hacer. Es una tarea crucial, de largo aliento y nada de fácil; le corresponde, por tanto, algún reconocimiento público.

Si se niega, como lo hizo el voto disidente del Tribunal Constitucional, que el matrimonio sea para los hijos,  habrá que preguntarse qué es lo esencial. El afecto, dicen algunos, pero no se ha examinado lo que implica. ¿Habría alguna razón de peso para prohibir la poligamia y el matrimonio entre consanguíneos si el afecto fuera lo constitutivo del matrimonio? La sociedad siempre ha reconocido múltiples y variadas relaciones de afecto (amistad, relación maestro-discípulo, etc.),  pero hasta ahora no ha visto la necesidad de que sean reguladas por el Estado. ¿De dónde viene este afán? Sólo se regulan las uniones de quienes pueden o podrían tener hijos por la importancia que esto tiene.

Así como no es discriminación arbitraria el que no se puedan casar menores de edad, consanguíneos o tríos de personas, porque ese tipo de unión iría en detrimento de los hijos, tampoco lo es el que no se puedan casar dos personas del mismo sexo, ya que por naturaleza no pueden tener descendencia y eso hace que esa unión sea radicalmente distinta de lo que es el matrimonio.

Por lo demás, los homosexuales en Chile no sufren discriminación legal: pueden organizarse, formar asociaciones, publicar sus escritos, manifestarse en la calle, etc. Lo que se busca realmente al intentar legalizar las uniones entre personas del mismo sexo es algo que tendríamos que preguntárselo a Freud.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Recuerde el alma dormida…

por Federico García (publicado en El Sur, de Concepción)

"Igual te vai a morir, pela'o" fue lo que escuchó mi calvo profesor mientras trotaba. La voz venía de arriba, desde un edificio en construcción y el profesor reconoció la sabiduría de esa frase. Toda vida, no importa cuánto se haga por conservarla, termina en la muerte. Tan así es, que los alumnos de Biología siempre mencionan la muerte como una característica de los seres vivos, aunque parezca contradictorio.

A pesar de esto, gran parte de nuestros esfuerzos se centran en alargar la vida. Notable es que en nuestra sociedad sólo existen acuerdos cuando se trata  de mantener la salud corporal. Asombra pensar que Sócrates fue juzgado por corromper a la juventud pero nosotros perseguimos a los fumadores. Es comprensible, nadie quiere morir todavía. Sin embargo hay más en la vida que sólo mantenerla y alargarla. Si ese fuera el fin, toda vida estaría destinada al fracaso desde su inicio.

Este afán por mantener la vida y la salud nos muestra la importancia de distinguir entre lo importante y lo necesario. Necesario es respirar, nutrirse, salir a trotar... Pero después hay que decidir qué hacer con la vida y la salud que tanto cuestan mantener. Eso es lo importante, porque si la vida se transforma en un fin en sí mismo, el vivir pierde su sentido.

El peligro está en que entre tanta distracción lo importante puede pasar a segundo plano y hasta al olvido.  No es éste el lugar para disertar sobre dónde y cómo ha de buscarse el sentido de la vida, pero se puede hacer una pequeña recomendación: dado que los problemas humanos como éste son constantes, muchos han escrito sobre ellos después reflexionar. El tiempo, que todo lo vence, nos indica cuáles son los libros que valen la pena. La Ética de Aristóteles, la Consolación de la Filosofía de Boecio o las Coplas por la muerte de su padre de Jorge Manrique pueden ser un buen punto de partida.

Aunque la consideración de la muerte no sea el pensamiento más alegre, puede ser útil. Nos muestra que la vida viene con un plazo: lo que no se hace en los años que pasamos en la tierra, simplemente no se hará. Si no buscamos la razón del vivir, corremos el peligro de pasar por la vida como por un sueño. La muerte es un límite, pero un límite cuya contemplación nos despierta.

El tema urge, porque podría ser que por tanto ajetreo lleguemos a la vejez sin darnos cuenta que hemos dedicado poco tiempo a lo realmente importante, hasta que un sabio grite desde lo alto "igual te vai a morir, pela'o".

martes, 1 de noviembre de 2011

Tu libertad termina donde empieza la mía ¿o al revés?

por Federico García (publicado en El Sur, de Concepción)

Entre los eslóganes de moda no hay ninguno con tanto potencial cómo este para hacer desagradable la vida de los demás.

Hace unos días trataba de trabajar en silencio mientras en la misma sala otra persona escuchaba música. ¿Quién pasaba a llevar los derechos del otro? ¿El que escuchaba música o el que pedía silencio? Un poco a mi izquierda había otro que evidentemente hacía uso de su libertad de prescindir del baño diario. El problema de las libertades, y el conflicto que se genera, ha estado presente en la mayoría de las recientes manifestaciones sociales: la libertad de manifestarse en la calle contra el derecho al orden público, el derecho parar las clases versus el derecho a estudiar, etc.

Que mi libertad termina donde empieza la del otro es, por eso, un eslogan vacío, por mucho que se le atribuya a un brillante pensador decimonónico. Vacío porque nadie sabe exactamente cuál es ese lugar donde termina la libertad de uno y empieza la del otro, y mucho menos quién y cómo fija ese límite. La discusión, tomando esta consigna como punto de partida, puede llegar al infinito.

¿Cómo se resuelve este conflicto cuando el eslogan no funciona? Una posibilidad es recurrir a la fuerza. Eso es justamente lo que hacen muchos para garantizar sus derechos auto conferidos. Pero el recurso a la fuerza -la ley de la selva- es justo lo que quiere evitar quien se apoya en esta idea. Ha de agradecerse al eslogan y a quien lo propuso el haber mostrado cuál es el problema, pero éste tendrá que ser resuelto por otra vía, porque esa frase será atractiva pero no tiene contenido.

El problema es que, cuando hay dos libertades con aspiraciones irreconciliables, una tiene que primar sobre la otra. No hay más salida. Si el eslogan pretende maximizar la libertad, lo cual es bueno, la vida cotidiana muestra que el límite a la libertad no lo puede poner la libertad de otros, a no ser que se quiera descender a la ley del más fuerte. Habrá que ver, entonces, cuál de las dos libertades en pugna tiene de su parte la razón o el derecho, pero esto implica apelar a algún bien superior a la libertad misma. Esto es algo que va más allá de la idea en la que se funda el famoso eslogan: demuestra que una sociedad no puede sustentarse en una mera evasión de conflictos (ilusoria, por lo demás) o dicho de modo abstracto, sobre un fundamento negativo.

¿Qué es eso que está por sobre la libertad? ¿Acaso no es la libertad el bien superior? Aunque parezca atractivo pensar así, es casi absurdo. Es casi absurdo porque la libertad es sólo una capacidad, y una capacidad necesita de un objeto para llegar a ser plena, es decir, si no se elige algo, la libertad termina en nada. Esto obliga a volver a una concepción de la sociedad fundada en una idea del bien común. Significa volver a una idea de la libertad que sea algo más que una ausencia de coerción, a una idea de la libertad entendida como “libertad para”, es decir, dirigida hacia algún bien. No es fácil determinar esto, pero la realidad suele ser compleja y reacia a acomodarse a fórmulas y soluciones fáciles. La gran pregunta es, entonces, dónde empieza el derecho a poner límites a la libertad de otros, y sobre todo, por qué.

martes, 18 de octubre de 2011

Democracia y tomas

por Federico García (publicado en El Sur, de Concepción)

Cuando le planteé, tímidamente, a un alumno partidario de la toma de su Facultad, que no tenía derecho a impedir asistir a clases a los alumnos que no estaban de acuerdo con la toma, me respondió "es que es la mejor manera de presionar". Yo creía que Platón había demostrado concluyentemente que el fin no justifica los medios, pero no puedo culpar a ese alumno de ignorarlo, si hasta él se da cuenta de que la educación que ha recibido no es muy buena. Cuando insistí diciendo que si la educación es un derecho no se puede impedir que haya clases para los que quieren recibirlas, respondió que la asamblea estudiantil, que era soberana, había decidido la toma, y había que respetar la decisión. ¡Qué obediencia a la autoridad! Por supuesto que no tenía idea quién le había otorgado a la asamblea estudiantil el poder de decidir esas cosas. Me pareció que una asamblea que se otorga a sí misma plenos poderes sobre otros está entre lo ridículo y lo totalitario.

Esa conversación me dejó pensando sobre la cuestión de la legitimidad del poder, incluido el poder democrático. ¿Quién puede darle poder a una mayoría para privar a la minoría de algo que se considera un derecho? La participación universal en la política se basa en la igualdad entre los seres humanos. Si todas las personas somos fundamentalmente iguales, entonces todas tenemos el mismo derecho a participar en el gobierno. Por el contrario, si hay personas que son, por la razón que sea, inherentemente superiores a otras, a aquellas les correspondería gobernar y a las demás obedecer.

Asumiendo que todas las personas son iguales y capaces de participar en el gobierno, un sistema que nace de manera casi natural es el de la decisión por mayoría de votos, ya no todos pueden ejercer el poder directa y simultáneamente. Pero es aquí donde una democracia puede demoler su propia base: si empieza a tratar a la minoría como objetos sin derechos (ya sea como medios de presión, de obtención de ventajas, etc.) y no como seres humanos iguales a la mayoría, se queda sin fundamento. Ya no es el gobierno del pueblo o el gobierno de iguales por sus iguales, entendiendo que todo el pueblo tiene derecho a participar en el gobierno, sino en el gobierno del más fuerte. El que la fuerza esté dada por números es sólo una circunstancia. Ahora, si se da esa situación, la minoría a la que no se le han respetado sus derechos podría llegar a comportarse de igual manera e imponerse mediante algún otro tipo de fuerza. Se ha socavado el fundamento de la democracia aunque el que gobierna por la fuerza use mecanismos en apariencia democráticos.

Intentar hacer de la voz de la mayoría la ley suprema, sin respetar ningún derecho pre-existente, es abrir una caja de Pandora que eventualmente acabará con la democracia en la que se apoya esta noción. Por eso es preocupante que idealistas estudiantes nieguen a otros sus derechos a estudiar o a trabajar, sólo porque una mayoría (bastante relativa por lo demás) lo decreta permisible, sin cuestionarse el derecho o la legitimidad del poder que ejercen.

jueves, 13 de octubre de 2011

Enseñar ética

por Federico García, publicado en El Diario de Concepción

Siempre ocurre que después de algún escándalo financiero, como el de Enron hace varios años o el más reciente de La Polar, suenan algunas voces indicando que es indispensable que se incorpore algún ramo de ética a los programas de Ingeniería Comercial, MBA y otros.

Los que impartimos cursos de ética, que ya están incorporados en muchos de estos programas, no podemos sino sonreír. ¡Cómo si obligar a la gente a estudiar ética fuera a hacerla buena! No es que no sirvan, pero no son lo más importante. Es que la ética es un saber práctico, de los que se aprende haciendo. Ninguna cantidad de horas escuchando lecciones de moral puede reemplazar al ejercicio diario de actos buenos, que llevan a una persona a tener una vida recta.

¿Cómo enseñar ética, entonces? Sin duda la reflexión sobre el actuar humano, en una bien pensada clase, puede ponerlo en una sólida base. Sin embargo, la enseñanza de la ética ocurre en todo momento, incluso en el aula, pero no en forma teórica. La enseñanza de la ética ocurre en primer lugar con el buen ejemplo del profesor, que llega a la hora porque es de justicia para con los estudiantes, que no regala las notas para evitarse malos ratos, que nunca termina la clase antes de la hora para congraciarse con sus alumnos, etc. La enseñanza de la ética se da también en las exigencias prácticas a los alumnos: cuando no se tolera la más mínima copia en pruebas, o no se deja pasar un trabajo mal hecho, por ejemplo, o cuando se hacen valer y no se relajan las indicaciones estipuladas en el programa al comienzo del año, cuando se le llama la atención, siempre, al alumno que llega atrasado porque la impuntualidad es una falta de respeto.

Esto se puede hacer en cualquier ramo, no sólo en ética. Y este tipo de enseñanza no es sola responsabilidad de quienes nos dedicamos profesionalmente al estudio de cuestiones morales, sino de todas las personas que tienen alguna incidencia en la educación de otras. Así se previenen, desde sus posibles orígenes, los desfalcos, la corrupción y otros males a gran escala. Si se descuida esto, sin embargo, el alumno de un MBA o de ingeniería comercial recibirá sus lecciones de ética empresarial, pero será un conocimiento vacío, que habrá llegado demasiado tarde por no estar respaldado en la práctica diaria, que es donde se enseña y se aprende la ética.

martes, 4 de octubre de 2011

Iglesia y Concertación

por Federico García
(publicado en El Sur, de Concepción)

Que los líderes de la Concertación no fuera al tradicional Te Deum en la Catedral de Santiago el pasado 18 de septiembre llamó la atención de todo Chile, y no sólo por la mala educación.

Aunque nadie esté obligado a ir a la Misa de Acción de Gracias, el Te Deum de Santiago siempre ha tenido buena concurrencia de parte de todos los sectores políticos. Sin ser parte del protocolo oficial, es una tradición –un rito republicano, si se quiere- que es importantes por lo que representa.

La ausencia de la izquierda este año no fue una simple omisión. ¿Una señal de la disolución del conglomerado del arco iris? ¿Una demostración práctica de que ni siquiera  sus dirigentes se consideran a sí mismos como líderes? ¿Una iniciativa para desmarcarse del Gobierno que pasa por encima de la necesidad de mostrar unidad nacional durante las fiestas patrias?

Difícil saberlo, pero probablemente haya algo más todavía. La Izquierda siempre se preocupó de mantener buenas y estables relaciones con la Iglesia. Mal que mal, estuvo muy necesitada de la ayuda eclesiástica durante el Gobierno Militar y en ella encontró protección. Durante los veinte años que siguieron, el gobierno concertacionista siempre recurrió a la Iglesia cuando se presentaba algún conflicto. A pesar de la separación entre Iglesia y Estado que existe desde 1925, los obispos mediaron con cuanto grupo había que pusiera al gobierno en apuros, y generalmente contribuyeron a alcanzar la paz. (Por qué los obispos no pidieron, a cambio de tantos servicios algunas garantías que impidieran la erosión de las buenas costumbres, es algo que no termino de entender).

¿Por qué esta repentina frialdad o distancia de la Concertación? Dentro de la ella siempre ha habido quienes hacen alarde de su condición de católicos. Recuerdo un candidato que aparecía en su foto de campaña con su parroquia de fondo. Uno de sus partidos incluso se declara oficialmente “cristiano” (en el nombre al menos). ¿Por qué este desaire concertado? ¿Será para que ciertos grupos o personas dentro de la Concertación se muestren más decididamente de un lado u otro? ¿Será para macar la identidad del nuevo conglomerado opositor?

Ni la historia, ni la antigua amistad y ni siquiera el peso de las tradiciones fueron razones suficientes para que los líderes de la izquierda nacional asistieran al Te Deum. ¿Será que ahora que no son gobierno la Iglesia ya no puede hacerles ningún servicio por lo que se la descarta? Si así fuera, este gesto habría mostrado la verdadera naturaleza de la antigua amistad, además de la tendencia muy chilena a actuar con mirada a corto plazo. Como sea, en Chile las memorias son frágiles y nadie se acuerda de nada pasados unos meses, por lo que darse un pequeño lujo faltando a la buena educación con viejos amigo, o atentando simbólicamente contra la unidad nacional puede no tener costo alguno. Quiera Dios que quienes tengan que sacar alguna lección de este impasse, lo hagan.