miércoles, 29 de enero de 2014

Patriotismos

La verdad es que me sorprendió un poco que a medida que se acercaba la fecha del fallo del Tribunal Internacional de La Haya el interés aumentara de manera notoria: menciones en la prensa y redes sociales, conversaciones oídas al pasar en la calle o la micro, etc. A pesar de la indiferencia por muchas cosas, el chileno siente amor por su tierra; eso de “pedacitos más, pedacitos menos” es cosa de algunas elites, pero no de la mayoría.

El mismo día del fallo, tampoco me sorprendió mucho que las reacciones de algunos fueran un tanto exaltadas, el ambiente era como de partido de fútbol. Pero, por contraste, lo que sí me llamó la atención fue que esa mismo tarde un amigo fuera testigo un robo al frente a su casa. El ladrón arrancaba con la cartera de su víctima mientras ella gritaba persiguiéndolo, y los transeúntes lo dejaron pasar. Supongo que todos los involucrados amaban a su patria, pero el paso del sentimentalismo a la acción concreta es otra cosa.

Se enseña el patriotismo en los colegios, sobre todo en mayo y septiembre. Flamean las banderitas y se oyen las cuecas y tonadas. Pero colores y sonidos y sabores, por muy buenos y necesarios que sean, no pasan de ser sensaciones. Y la exaltación (muchas veces ayudada por el alcohol y el fútbol) no pasa de ser un sentimiento, y los sentimientos pasan. El amor requiere perseverancia, y la perseverancia requiere vencer la inercia, la comodidad, la pereza, o sea la consideración de uno mismo como centro del mundo.

Me parece que sólo teniendo presente la distinción entre el sentimentalismo y al amor en concreto se explica que un mismo país se puedan ver las banderas flameando en las astas y la basura ensuciando el paisaje, sin solución de continuidad; que un día de exaltación nacional, un chileno le robe a otro chileno y los testigos no ayuden a uno de sus compatriotas.

El “profundo dolor” que sienten algunos por la pérdida de mar o de soberanía pasará, como pasan todos los dolores. Nuestros políticos saben que hay heridas más rentables que escarbar. Si acaso el amor por la tierra que nos vio nacer, a nosotros y a nuestros padres, tendrá algún efecto real en la vida diaria es otro asunto. Por ahora, baste con decir que vivir en sociedad implica ciertos deberes hacia el resto, y que cumplir esos deberes siempre va a costar, poco o mucho. Inflar los derechos y resguardar la irresponsabilidad no va hacer de Chile un país más unido (¡empecemos por casa antes de hablar de uniones sudamericanas!), por muchas banderas que se muestren durante los partidos de la selección.

jueves, 23 de enero de 2014

Consideraciones sobre el Barón Munchausen

La biblioteca de la escuela de Reigolil es sorprendentemente buena. Hace unas semanas pude leer ahí un pequeño libro de Stefan Zweig que buscaba hace tiempo y algunas otras cosas interesantes. Me sorprendió encontrar una versión de las Aventuras del Barón Munchausen, un libro que mi abuelo solía leernos los domingos en la tarde. La película, la de 1988, fue una de las primeras que me llevaron a ver al cine.

Comentando el hallazgo con un colega, consideramos que la estructura de algunas de las aventuras se repite en varios cuentos de hadas e incluso en un cuento tradicional chileno: el héroe consigue varios servidores, cada uno de ellos con alguna habilidad única, con los cuales sortea diversas pruebas. El héroe, sin embargo, no posee habilidades específicas, sólo inteligencia para dirigir a los especialistas. Mi amigo me hizo notar el parecido de esta estructura con la consolidación del poder real en Europa “el rey de Francia, rodeado de sus ministros (cada uno con su función)”, y la conversación nos llevó al problema de la política y la técnica, tan presente en los últimos cuatro años.

Este problema no siempre se entiende a la primera. La actividad humana es variada, puede ser económica, médica, bélica, educativa, etc. Todos esos aspectos son necesarios, pero si uno de ellos gobierna a los demás se puede producir un desorden. La actividad humana que gobierne a las demás tendrá que ser una actividad no-específica, a un nivel distinto de las otras. En la vida personal se llama ética, en la vida en sociedad, política. Lo totalmente humano no es reducible a uno de sus aspectos.

Las conclusiones que se siguen pueden resultar interesantes. La función principal de un gobierno sería, por redundante que parezca, gobernar. Lo menciono, porque cuando lo pregunto en clases la respuesta suele ir por alguna actividad específica, generalmente asociada a la provisión de servicios. “La función del gobierno es entregar salud / educación / satisfacer mis necesidades”, son respuestas típicas.

Decir que gobernar sea educar, o curar, o incluso crear oportunidad para generar riqueza es finalmente reductivo. Lo es, además, por partida doble. Primero, porque la salud, la instrucción, la solvencia económica, etc. son principalmente asuntos individuales, aunque sean de muchos individuos. Cuándo un problema de muchas personas se transforma en un problema social es una cuestión prudencial, pero los asuntos comunes van más allá de la agregación o suma de los personales.

En segundo lugar, es reduccionista olvidar la función general o política del gobierno porque supone dar a alguna actividad específica preeminencia por sobre otras –aunque haya jerarquías– pero desde la misma visión parcial. Tiende a producirse una pugna entre las distintas actividades, y suelen salir victoriosas las actividades económicas o médicas, por ser las más básicas o necesarias, pero eso es justamente poner las cosas al revés.  

Y esto es lo que consideraba en un aislado internado rural, al encontrar un libro que solía leerme mi abuelo.

martes, 14 de enero de 2014

Educación de calidad, ahora sí

Ahora que terminó el año, los exámenes de repetición y las postulaciones a las universidades, es tiempo de pensar en una educación de calidad. Comencemos notando que lo que se imparte en las universidades chilenas –y quizás en muchos colegios–  no es educación sino instrucción o capacitación. Esta afirmación no pretende ser peyorativa, es simplemente un constatación de que lo que se enseña en casi todas las carreras de casi todas las universidades son cosas prácticas, útiles. La importancia y necesidad de lo útil y práctico es clarísima. Primum vivere deinde philosophari.

Ahora bien, la realidad no se agota en lo útil. Es aquí donde empezamos a hablar de educación: en lo que se refiere a la realidad y al ser humano como un todo, y no sólo a alguno de sus aspectos. Para aterrizar esto: la investigación y enseñanza acerca de cosas como el sentido de la historia, el valor del placer, el significado de la justica, el amor y la amistad, el sentido  del sacrificio y el dolor, es decir, el estudio acerca de cómo es la realidad y cómo conviene vivir, suele estar bastante ausente de nuestras aulas. Sin embargo, sin una orientación final lo útil, lo técnico, carece de sentido. Por eso, no hay nada más práctico que una buena teoría.

Tampoco es que los estudiantes vayan a la educación superior a buscar eso. Por lo mismo, insisto, debería hablarse de capacitación o instrucción, por sofisticada que sea. El problema está en que muchísimos estudiantes dan la impresión de tener las cuestiones fundamentales resueltas. No está muy claro cómo; no parece que hablen mucho sobre estos temas con sus padres, por ejemplo. Tampoco parece ser que haya mucha disposición a cuestionar que antes de los veinte todavía queda mucho por aprender sobre estas cosas, a aceptar que ese aprendizaje puede venir de la experiencia de otros y que esa experiencia ajena puede estar también en libros.

Es cierto que en la mayoría de las universidades se imparten cursos llamados de formación general, ética, etc. Pero seamos sinceros, son un barniz que no penetra el carácter de las instituciones. Son los parientes pobres de los demás ramos. Están ahí para que no se diga que se descuida la formación integral del estudiante, pero son un quiste que no logra integrarse, que no puede aspirar a más que ser tolerado en su lugar periférico. Por supuesto que todas las universidades negarán el contenido de este párrafo, pero hay que ver cómo funcionan en la práctica.

Por lo anterior, el alumno que quiera una educación de calidad, lo que en otros tiempos y lugares se llamaba educación liberal –porque sólo el hombre libre puede dedicarse a las cosas más elevadas– tendrá que buscarla en otro lugar: en la lectura y en la conversación con personas de inquietudes similares. La universidad hoy se encuentra enfocada a lo práctico, y el conocimiento que imparte, fragmentado. Buscar una visión comprehensiva de la realidad será una misión personal en compañía de unos pocos. Si el estudiante tiene suerte, algún profesor despertará esa inquietud y algunos amigos lo acompañarán.


Algunas propuestas modestas para alcanzar instrucción y educación de calidad:

No soy muy amigo de las listas de libros (hay algo de artificial y muerto en ellas), por lo sugeriría al estudiante inquieto que busque recomendaciones de un amigo o profesor. Si no lo tiene, puede ver lo que sigue: 

A student’s guide to liberal learning (James Schall, SJ) es buen lugar para empezar. No está en castellano, pero espero que pronto lo esté. La educación de Henry Adams (Henry Adams), es una autobiografía intelectual con la que más de uno puede sentirse identificado. Lo mismo vale, en otro plano, para las Confesiones (San Agustín). Para reflexionar sobre la Universidad como institución no estará mal tomar El cierre de la mente moderna (Allan Bloom), la Idea de la Universidad (John Henry card. Newman), o incluso Tres versiones rivales de la ética (Alasdair MacIntyre). El ocio y la vida intelectual (Josef Pieper) es para el que quiera distinguir el trabajo y la diversión de la contemplación, y si alguno, a pesar de estar en una buena universidad sigue perdido, puede leer la Guía para los perplejos (E.F. Schumacher).

Acto seguido habría que hacer una lista de novelas, obras de teatro, poemas y películas que muestren encarnadas diversas experiencias humanas, pero para no caer en lugares comunes, se omitirá. Basta con que el estudiante se aconseje bien y tenga presente que las cosas importantes pueden aprenderse de muchas maneras, y que las verdades sobre el ser humano pueden verse, a veces, mejor reflejadas en obras de ficción.

Los libros son caros, pero ese no es el problema principal. Visitar las librerías de libros usados, la biblioteca pública local, y algunas páginas web con libros gratis como www.cervantesvirtual.comwww.memoriachilena.cl y www.dominiopublico.es, etc. puede aliviar el bolsillo.

Y ya que tocamos el tema de internet, no podemos dejar de decir que, aunque el tema inicial haya sido la educación, la instrucción o capacitación que han recibido los estudiantes es deficiente. No soy partidario del “online learning”,  pero algunas cosas se pueden aprender de la pantalla. Dado que pasamos cada vez más tiempo frente a ella, es deseable que sea bien aprovechado. Una de las cosas más útiles que se pueden aprender online es mecanografía en www.cursomeca.com, por ejemplo. Todo tiempo dedicado a esto es tiempo bien invertido, y si algún estudiante no lo cree, espere a tener que terminar un informe, tarde en la noche, contra el plazo al final del semestre.

Para subsanar las carencias en estudio de los idiomas www.duolingo.com es un buen recurso. Más allá de habilidades (quien busque en internet podrá aprender desde dibujo hasta cocina), probablemente el recurso más completo sea www.coursera.org (sobre todo porque tiene cursos en castellano) que ofrece cursos en línea de numerosas universidades del mundo. Otro parecido es www.edx.org, pero sólo tiene cursos en inglés. En estos sitios el estudiante que busca conocimientos de calidad (y gratis) podrá aprender desde cálculo hasta historia de Egipto, pero no es claro que encuentre la sabiduría. Por supuesto que, como todo en la vida, esto requiere de esfuerzo y perseverancia, que es parte de la educación de calidad que todos quieren pero pocos buscan.

martes, 7 de enero de 2014

Saqueos y Centralización

Cuando terminó de temblar el 27 de febrero hace casi cuatro años, y comprobé que el corte de luz era total, fui a revisar que las armas estuvieran en su lugar. En la oscuridad total podía esperarse un saqueo. Sin embargo, en el centro de Santiago no pasó nada y, era una ventaja de vivir a un par de cuadras del Ministerio de Defensa, los servicios básicos estaban restablecidos antes del mediodía. No fue así en otros lugares de Chile.

Los saqueos, sean en Córdoba o en Concepción, son una manifestación del fracaso de la política más patente y grave que la abstención electoral. Significa que una buena parte de la gente respeta las leyes penales sólo por temor al castigo (lo que en general se reserva para las leyes de tránsito), y que toma muy poco para que la sociedad se descomponga. Sólo una delgada línea de Carabineros marca la frontera entre la civilización y la barbarie, dice el tópico.

Pero los saqueos en Concepción nos llevan a otro tema: la centralización. Hay muchas aristas, pero podemos comenzar con una afirmación. Frente a un problema, la solución más adecuada y rápida, puede conocerla y aplicarla mejor quién esté contacto directo con el problema. En Concepción, el problema urgente después de los desastres naturales fue el saqueo. La autoridad local tenía pleno conocimiento de la gravedad del caso, mientras que para la autoridad central era uno entre muchos, y al no sentirlo directamente, vacilaba por consideraciones políticas.

La alcaldesa hacía llamados públicos al poder central para que desplegara a las fuerzas armadas para restablecer el orden. La administración central se demoró tres días en hacerlo. (La presidenta dijo hace poco que su respuesta había sido inmediata). Decir que la autoridad nacional entregó al saqueo a la ciudad de Concepción durante tres días puede parecer exagerado, pero así lo ven algunos vecinos.

Por supuesto que algunos problemas locales necesitan, para su solución, de recursos materiales y administrativos, que, por economías de escala, tienen que estar concentrados. Además, una excesiva autonomía de las partes puede ir contra la coordinación necesaria para el buen funcionamiento del todo. Sin embargo, la dependencia casi completa de las regiones respecto de la capital puede resultar desastrosa, como experimentaron las autoridades penquistas que veían el caos a su alrededor sin poder hacer más que rogar a un gobierno nacional colapsado y distraído que se ocupara de un problema lejano.

La descentralización no pasa sólo por la distribución de recursos (que es lo que piden los movimientos sociales), sino también por la autonomía en la toma de decisiones. Esto se ve con particular nitidez en el caso de las emergencias. Esa autonomía puede también crear las condiciones para que se generen recursos (o al menos evitar su destrucción). Ahora bien, ceder poder, ceder control, es algo que difícilmente puede esperarse de un político o un burócrata, pero examinar las tendencias propias de la democracia y el Estado moderno es algo que excede el modesto propósito de este escrito.

martes, 31 de diciembre de 2013

Admisiones

Avanzado el semestre se encontró conmigo un alumno de asistencia irregular. Me pidió que le resumiera las clases que se había perdido. Le expliqué que era injusto que yo trabajara el doble porque él no cumplía con su deber. Los estudiantes son sensibles al concepto de injusticia, sólo que no suele ocurrírseles que ellos también pueden cometerla.

Superada la introducción, me dijo que se le hacía difícil mi ramo; le respondí que sólo necesitaba comprensión lectora. Aquí vino el primer golpe: me preguntó (con cara de quién va a ganar la partida) por qué asumía yo que él debía tener comprensión lectora. La verdad, no lo había pensado. Mencioné que una cierta capacidad de comprensión lectora era esperable, dado que había sido admitido a estudiar una carrera, en una universidad del CRUCH. Con candidez me informó que no. Tuve que darle la razón, pero me defendí aludiendo a que él ya estaba en cuarto año.

Al despedirse me preguntó si yo le recomendaba asistir a las clases que quedaban. Sorpresa: la falta de comprensión lectora era quizás un problema menor. Mi respuesta –me avergüenza decirlo– no fue muy académica.  En todo caso el alumno reaccionó y fue más responsable; es de justicia consignar eso. Traté de pensar que se trataba de un solo caso entre muchos, que no se podía generalizar… pero esa misma tarde me encontré en la calle con otro alumno en situación similar, que también me pidió que le entregara un resumen de las clases que se había perdido.

Dos eran demasiados. Revisé los puntajes de corte de algunas carreras de la universidad y eran muy bajos. Consideré si era inmoral admitir a una persona con escasa capacidad de comprensión lectora (y de la realidad), si acaso estaría bien bajar la exigencia para que un alumno así pudiera terminar la carrera y titularse. No todo es culpa de las universidades, por supuesto. Los alumnos vienen con graves carencias; el problema educacional de Chile está en el colegio y aun antes.

Pero la realidad tiene sus exigencias: las universidades se financian con las matrículas, por lo que tienen que admitir a un cierto número de alumnos y eso significa bajar el nivel. La rectoría empuja en una dirección, los decanos resisten. No pueden permitirse perder a muchos, por lo mismo. Contraerse llevaría a recortar o eliminar otros proyectos, lo que no se vería bien.

¿Y si el Estado financiara la educación universitaria, como espera la calle? No es tan sencillo, porque eso podría implementarse de diversas maneras. Si el financiamiento continuara atado a cada alumno la situación no cambiaría mucho. Si, por otra parte, las facultades recibieran el financiamiento, algunas (historia, literatura, filosofía, física teórica, lenguas clásicas…) tendrían dificultades en justificarse ante a una sociedad que tiende a valorar sólo lo útil. Puede hacerse, claro, pero es difícil cuando los recursos son escasos y las necesidades apremiantes. ¡Qué lejos estamos de que haya cátedras constituidas y bibliotecas dotadas por benefactores privados, como ocurre en otros lados! ¡Si tan sólo, entre las virtudes que se esperan de los notables, se encontrase la magnificencia! ¡Si se entendiera que no sólo existen el trabajo y la diversión pero también theoria, la contemplación! Pero me he desviado demasiado del tema inicial. 

martes, 24 de diciembre de 2013

Antes de Navidad, después de Navidad

Hay fechas que reclaman una columna especial, y no es fácil decir algo nuevo sobre lo mismo cada año. El Wall Street Journal resolvió este problema publicando la misma columna todas las Navidades, desde 1949 (“In Hoc Anno Domini” por Vermont Royster).

Lo que plantea esta fiesta tan entrañable es qué trajo al mundo el cristianismo, o Cristo. Es decir, qué, o por qué, celebramos. Se puede contestar desde muchos ángulos. Quizás sea bueno intentarlo, porque muchas cosas que se dan por supuestas podrían haber sido de otra manera sin la difusión de la religión cristiana. El descanso dominical es un ejemplo. En todo caso, los puntos de vista pueden reducirse a dos: se puede contestar la pregunta en un plano meramente humano, desde abajo, o desde el “punto de vista” de Dios, desde arriba.

Convendría hacerlo desde la teología, porque el cristianismo es una religión. Pero para el que pregunta  desde el conflicto (alguno por ahí alega porque hay un pesebre en la Moneda; debería reclamar también porque el día 25 es feriado legal), o desde la pura curiosidad, no es, pedagógicamente, un buen punto de partida. Mejor comenzar desde abajo.

Se podría aludir a las cantatas de Bach, a los motetes de Palestrina, al arte Barroco Europeo y Latinoamericano, a la poesía de San Juan de Cruz, a la creación de las universidades, como cosas que el cristianismo ha traído al mundo, pero eso sólo sería la superficie. Se puede ir más profundo, para llegar más alto.

Tomemos algo específico, como ejemplo y punto de apoyo. En las sociedades pre-cristianas el perdón es poco conocido. (Para conocer las sociedades pre-cristianas hay que leer el Gilgamesh, el Hávamál, la Odisea, etc.) La ley que rige al hombre es la venganza, que retribuye con creces el mal recibido. En el Bushido, japonés, la salida para el caído en desgracia era el seppuku; suicidio ritual. La ley del Talión, hebrea, que a nosotros nos parece tan dura, es un límite a la venganza. El mundo antes de la primera Navidad es un mundo sin perdón, pero con conciencia de ofensa.

(Por supuesto que hoy un ateo sabe del perdón, pero en eso es deudor del cristianismo, como lo es cuando descansa el domingo. El mundo moderno surge de una civilización cristiana y no se da cuenta de la magnitud de su dependencia.)

Al hombre antiguo la conciencia le pesaba pero no alcanzaba el perdón. El hombre moderno, post-cristiano, se absuelve a sí mismo. Niega la ofensa, y así no tiene que pedirle perdón a nadie y tampoco se siente necesitado de un Salvador. Pedir perdón supone una humillación, abatirse. Con la venida de Cristo el perdón entra en el mundo, porque Él trae el perdón de Dios a los hombres. Y con el perdón, la misericordia –que alguno intentará suprimir– porque un mundo que viva sólo de la estricta justicia de derechos y deberes es insufrible. En el pesebre de Belén, el Cielo baja a la Tierra, para que los necesitados de perdón podamos alcanzarlo: el hombre, sin el cristianismo, no puede humillarse tanto, ni subir tan alto.

martes, 17 de diciembre de 2013

Los restos de un naufragio

La catástrofe electoral de la derecha se veía venir. Se venía escribiendo al respecto y mucho más se escribirá todavía. Una crisis es una oportunidad –se ha dicho– pero la derecha se enfrenta a más que una crisis: ha sufrido mucho daño y tiene que reconstruir.

Siempre está la tentación de renunciar y asumir que no hay nada que hacer; “es que Chile tiene alma socialista” me decía un amigo hace algunos años. Los resultados electorales del último siglo, y del anterior, parecen confirmarlo. Pero por otra parte, las encuestas sobre temas como legalización de la marihuana, aborto o matrimonio entre personas del mismo sexo, además de la alta abstención electoral, parecen apoyar la intuición Napoléonica –compartida también por Chesterton– acerca del conservadurismo del pueblo.

En todo caso, atrincherarse en los quórums parlamentarios, que es más o menos lo que el sector venía haciendo, ya no es posible. La mayoría no acepta por mucho tiempo la noción de que la democracia no consiste en dos lobos y una oveja votando qué habrá de almuerzo.

Para salir de una situación como ésta lo primero es asumirla. La derecha se encuentra en un estado de desastre. Tratar de taparlo aludiendo a que la izquierda disminuyó su votación en términos absolutos o a algún otro factor circunstancial (que los hay) como la enfermedad de Pablo Longueira o la popularidad casi mesiánica de Michelle Bachelet no va a resolver ningún problema.

La manera recuperarse comienza por entender bien las causas del desastre, que son muchas y variadas. Espero contribuir en algo con esto. Vamos a lo básico: una elección puede darse en distintos niveles. Si todos están de acuerdo en lo que hay que hacer (fines) y en los medios para lograrlo, sólo queda elegir a la persona más adecuada para ejecutar los medios: un gerente. Pero puede  que, habiendo acuerdo en los fines, la discrepancia esté en los medios; eso es otro nivel. Lo difícil es cuando el desacuerdo está al nivel de los fines, y es aquí donde estamos ahora. No cuenta decir que todos queremos lo mismo (un país mejor, más justo, etc.),  porque esos conceptos pueden llenarse con contenidos muy distintos y hasta opuestos.
 
La derecha ofrece gente capaz y medios eficaces, mientras que la izquierda ofrece una visión de la sociedad.  Dicho de otro modo, la derecha usa el lenguaje de la conveniencia –crecimiento económico, eficiencia, emprendimiento– y la izquierda un lenguaje moral –justicia, derechos, comunidad. (No es que la izquierda sea inmoral, es demasiado moralista.) Siendo importante lo conveniente, nadie se identifica con eso. La persona se identifica, lucha por algo que le dé sentido a lo útil. Me parece, y no sólo a mí, que aquí está el meollo del asunto.  Ya habrá oportunidad para ver  dónde y cómo encontrar un lenguaje moral.

Los efectos de esta carencia de ideas repercuten en varias cosas. Por ejemplo, no es que el sector no sepa comunicar, aunque tiene muchísimo que aprender en ese campo, sino que no tiene un mensaje comprehensivo. (Los publicistas no son problema, como dejó claro la película “No”, trabajan para el que les pague más.) Es cosa de comparar el Segundo Piso de Lagos y de Bachelet con el de Piñera.

También, si no se tiene algo propio es tentador “abrazar las banderas del adversario” para ganar. Pero esa misma expresión es muestra de pobreza intelectual y de frivolidad. Una cosa son los métodos del adversario, otra su identidad. Si se abraza la identidad del contrario se pierde de la peor manera posible.

Ilustrémonos con un ejemplo: la izquierda se dedicó por años a lavar la imagen de Salvador Allende. (He visto su retrato a la venta en ferias callejeras, junto al Sagrado Corazón y a san Sebastián.) Logró que se lo eligiera como el chileno más grande de todos los tiempos, etc. El ministro Hinzpeter decidió aparecer, en una de las primeras fotos públicas, bajo del retrato de Allende. En vez de concluir que, tal como la ha hecho la izquierda, había que promover héroes y símbolos propios, concluyó que había que acercase a la imagen de una persona que ejemplifica todo lo que la derecha aborrece. Con esa “nueva derecha” no se necesita una izquierda.

Pero no todo está perdido: el socialismo siempre termina por consumirse a sí mismo, y cuando ese proceso se completa, es necesario un gobierno que sea capaz de ordenar la casa. Pero resignarse a eso puede costarle mucho al país. Si la derecha no logra proponer algo sólido que haga frente a las ideas –y no sólo a la administración– de la izquierda, estará condenada a tener gobiernos esporádicos al servicio de las irresponsabilidades izquierdistas.