martes, 15 de abril de 2014

Descentralización, a partir de un ejemplo

A los que vivimos en regiones –a algunos, al menos–  la consigna de “más Estado” hace que se nos venga a la cabeza la idea de “más Santiago”. Todos parecen estar de acuerdo en que la descentralización es algo bueno, pero son menos los que sabrían decir por qué.  Al fin y al cabo, parece conveniente que todos nos vayamos a Santiago (esa es la tendencia, en todo caso) y arrendásemos el resto del país un buen inquilino. A veces da la impresión que la descentralización es más un asunto de mejorar la vida de los Santiaguinos (tantos autos en las calles, tanta gente en el metro, tanto que esperar para salir los fines de semana largos…) que del desarrollo de las regiones.

Pero por cómodo que fuese reducir el país a Santiago (qué eficientes las economías de escala, qué simples las campañas y promesas electorales en un espacio tan reducido, qué fácil gobernar un país tan centralizado desde un poder ejecutivo tan poderoso), la descentralización es necesaria. Para ilustrar esto, un ejemplo.

Hace poco que una de las instituciones donde trabajo construyó un nuevo edificio. Ganó un premio por ser un aporte arquitectónico a la ciudad (parece que el secreto está en el hormigón a la vista), pero muchas salas tenían un pequeño defecto: las ventanas no podían abrirse. Cualquiera sabe que después de una hora haciendo clases con una veintena de alumnos o más, hay que renovar el aire. No es que los arquitectos no lo hubieran pensado; la decisión quedó en manos del poder central. Una unidad de aire acondicionado renovaría el aire y regularía la temperatura según fuese necesario, sin la intervención de la población local.

Por supuesto que la central de aire acondicionado no podía saber si una sala en particular necesitaba más aire fresco que otra (por tener más alumnos o más tiempo de clases) o mayor temperatura. Además, como el que toma una mala decisión desde una central no sufre los efectos de ésta, es frecuente que el poder central sea poco eficiente o poco involucrado.

Aun bajo circunstancias adversas no se puede caer en la pasividad; el aire fresco en una sala de clases es una necesidad vital. Donde el control centralizado cierra una ventana, el profesor y los alumnos abren la puerta. Solución sub-óptima: desde los pasillos llega ruido, y en un sistema de ventilación pensado para ser controlado centralmente las puertas se cierran automáticamente. Mantenerlas abiertas requiere de un esfuerzo adicional. La silla o el basurero sirven de tope o cuña, con el consecuente deterioro de puertas y basureros. Un pequeño error al comienzo empieza a tener repercusiones insospechadas.

Mucho de esto podría evitarse, pero es muy difícil que el que tiene poder, el gobierno en Santiago, lo ceda, y en el intertanto, las regiones se han acostumbrado a recibirlo todo de la capital porque no todos los problemas son tan sencillos como ventilar una sala de clases en un moderno y premiado edificio.

martes, 8 de abril de 2014

El diálogo con la izquierda

Ahora que la derecha es nuevamente oposición y tiene tiempo para reflexionar, conviene que medite sobre aquello a lo que se opone. La izquierda chilena no es como las otras;  la Nueva Mayoría, o Vieja Concertación, no es como el Partido Laborista inglés o como el Partido Demócrata estadounidense, ni siquiera como los antiguos radicales. Tiene un lenguaje y fines propios, y no es fácil comprenderla a la primera, salvo que accidentalmente se le escape lo que lleva dentro, como le ocurrió al senador Quintana, pero eso es excepcional.

Si bien después del fracaso de los socialismos reales la izquierda a nivel mundial ha pasado a una fase post-marxista, en Chile no ha logrado hacer la transición completamente. De alguna manera sigue teniendo una lógica, o al menos un simbolismo, de guerra fría. Sus miembros –aun los jóvenes–  muestran el puño en alto cada vez que pueden. Por supuesto que esto no se aplica a todas las personas de izquierda, pero sigue siendo sorprendente que un partido como el Demócrata Cristiano prefiera aliarse con el comunismo antes que retirarse de la coalición de partidos de izquierda.

En concreto, la derecha tiene que entender que la izquierda habla otro idioma. No entiende la democracia como un sistema mediante el cual el pueblo elige a sus gobernantes. Para ella, la democracia es el sistema mediante el cual gobernantes de izquierda llegan y se mantienen en el poder. Los derechos humanos, para la izquierda, no son universales, es decir, se aplican sólo a humanos de izquierda. Lo mismo vale para la igualdad ante la ley o el estado de derecho.

La tolerancia y el  respeto a la libertad de expresión se aplican de la misma manera, y por lo mismo, no vale la pena exigírselos a la izquierda. No es que tenga un doble estándar o sea incapaz de vivir sus propios principios, es que los principios de la izquierda consisten en la consecución de su primacía, no una noción de justicia universalmente aplicable.

Un párrafo aparte merece la Iglesia. La izquierda será respetuosa de la Iglesia mientras le sea útil – ya sea para sobrevivir en tiempos difíciles, predicar un evangelio que calce con su política o negociar con grupos complicados. Pero en cuanto la Iglesia presente algún obstáculo para el programa de la izquierda, cosa que inevitablemente ha de ocurrir, los favores del pasado serán olvidados y comenzará algún tipo de persecución. El que la mayoría del país profese una religión determinada no un asunto del que la izquierda tome mucha nota, puesto que nociones como pueblo o identidad también son definidas de manera particular.

Frente a esto, la derecha tiene que darse cuenta de que un diálogo honesto con la izquierda es muy difícil. Debe exigirle a la izquierda que defina los términos que usa, aunque parezca que sean comunes y entendidos por todos. Lo que no está claro es cómo se convive con un grupo que tiene como principal meta el poder, por cualquier medio posible.

martes, 1 de abril de 2014

¿Qué puede ofrecerle la derecha a Chile?

En cierto sentido, lo que la derecha pueda ofrecerle a Chile depende de la izquierda. Una posibilidad es que la derecha le ofrezca al país políticas de izquierda atenuadas: un acuerdo de vida pareja en vez de matrimonio entre personas del mismo sexo; alzas de impuestos, pero no muy altas; etc.  Habría que preguntarse por qué una persona habría de preferir una imitación barata al objeto real.

La otra posibilidad es que la derecha le ofrezca a Chile algo distinto. Para eso tiene que intentar comprender a lo que se opone, lo que puede también ayudarle, en parte, a definir su propia identidad. La izquierda, a pesar de que su núcleo más duro nazca de un análisis materialista de las relaciones de producción, ya no se plantea solamente como un programa económico. Su planteamiento es más amplio y su fin es la autonomía del individuo (en todo caso, este fin presupone una concepción materialista de la realidad y necesita de bastante ayuda estatal). La meta es el “hombre nuevo”, más que el control gubernamental de la producción. Por eso el hincapié en la igualdad más que en la justicia, por ejemplo. Esto, por supuesto, implica un cambio radical o refundación de la sociedad.

Teniendo esto presente, para que pueda ofrecer algo al país, la derecha tendría que reevaluar el énfasis que ha puesto en la economía y bienestar material como principal aspecto de la realidad, y en la libertad –sobretodo económica– como el principal bien a proteger. Considerando lo anterior, habría que preguntarse si algunos grupos de la actual derecha chilena no tienen más en común con la izquierda post-marxista que con el sector que los vio nacer.

Frente a las refundaciones y revoluciones de la izquierda la derecha puede mostrar la bondad de lo permanente: la naturaleza humana como es –trascendente, pero también enraizada en un lugar y tiempo– y no como nos gustaría que fuese, de la sociedad como un todo orgánico e histórico y no como la realización de un plan abstracto pensado por intelectuales (“sistemas tan perfectos que nadie necesitará ser bueno” en palabras de T.S. Eliot). Nociones como libertad en el orden, familia, civilización, continuidad e identidad son bastante más sólidas que crecimiento económico y libertad de emprendimiento. Unido a esto, una denuncia clara de los males sociales –y no sólo económicos– causados por la imposición de la ideología sobre una realidad que no la resiste, puede dar lugar a un ideario que supere el materialismo, que sea un aporte para el país y que entusiasme a un número significativo de personas.

Un ofrecimiento de este tipo podría reconfigurar el eje político, dejando atrás el viejo esquema de izquierda y derecha, y dando lugar a uno de conservadores y liberales. Las nuevas alianzas, algunas fundamentales y otras meramente tácticas podrían sorprender a más de uno.

martes, 25 de marzo de 2014

El legado de Piñera

Una economía que crece, un aparato estatal eficiente, reducción de la pobreza, reconstrucción de los daños materiales después del terremoto, son algunas de las cosas que dejó Sebastián Piñera. Una herencia cuantificable. Lo que no pudo dejar fue un gobierno que continuara eso.

Aunque los números sean buenos nunca están completamente bajo el control del gobierno de turno. La economía chilena, aunque no nos guste admitirlo, todavía es extremadamente dependiente del cobre, y su precio no es algo que esté sujeto a ningún gobierno. Los antiguos (recuerdo a  mi querido Boecio) tenían siempre presente que los bienes de fortuna –diosa caprichosa– eran mudables y lo que un día estaba arriba al otro podía caer. Además, una economía sana por una buena gestión puede ser erosionada rápidamente si se cometen los errores necesarios. Herencias cuantiosas han sido despilfarradas en un par de años por herederos poco previsores.

No estaría demás mencionar también que un estilo de gobierno enfocado en los números, con cero empatía y manejo de emociones, dejó pavimentado el camino para una candidata afectiva como Michelle Bachelet.
La institucionalidad, un gobierno transparente y con poca corrupción, también puede verse menoscabada en poco tiempo. No es que el gobierno de Piñera la haya hecho más fuerte, de hecho, quedó establecido temprano en el último gobierno que la presión de unos pocos bien organizados puede echar abajo proyectos estudiados durante años, a intendentes o incluso a ministros.

Es por esto que para hablar de un legado es vital tener continuidad, que no la hubo. Tampoco hubo durante el gobierno de Piñera un ethos que pudiera guiar a sus adherentes con o sin un nuevo gobierno. Podría haberlo habido: hacer las cosas bien, expandir la libertad económica, trabajar eficientemente son elementos del bien común; pueden encuadrarse en el marco más amplio de una sociedad ordenada, estable y libre. Descuidar estas cosas es usar el Estado para beneficio privado (la peor de todas las “privatizaciones”). Es lo que hizo la Concertación, que aprendió mil maneras legales de transferir los impuestos de todos los chilenos a los bolsillos de sus partidarios.

Cualquier gobierno que se tenga que preocupar por señalar y construir su legado muestra que no lo tuvo. Por otra parte, el mejor custodio del legado de un gobierno es un gobierno afín. Pero Piñera le dejó algo al país: una suerte de esperanza. Después de años de corrupción que llevan al agotamiento (contra un mal candidato, producto de ese agotamiento) la hegemonía de la izquierda puede ser quebrada. Ahora, no sabemos cómo funcionará esto con el voto voluntario, que también es algo que dejó Piñera.

martes, 18 de marzo de 2014

Mechoneo

A mediados de marzo se siente por las calles y plazas el característico “olor a mechón”, mezcla de pescado podrido y huevo, que emana de estudiantes universitarios de primer año, vejados por sus compañeros. Cada año se repite el lamentable espectáculo de alumnos recién llegados a la educación superior que recorren la ciudad con su ropa rota y manchada, pidiendo unas monedas para que cese esa particular bienvenida.

Es curiosa la cantidad de contradicciones que encierra esto. Los que llegan al lugar del cultivo del intelecto son recibidos con una barbarie que no demuestra el más mínimo ingenio. Quienes serán líderes en el futuro, se someten a humillaciones que ningún otro ciudadano aceptaría por parte de nadie. Quienes se suponen rebeldes frente a las tradiciones de sus mayores aceptan cada año una que no tiene ningún sentido. Al año siguiente se convierten en los vejadores de sus compañeros: quienes están empezando a ser adultos se comportan como salvajes.

No hace falta seguir. Puede que sea estéril preguntarse por qué las autoridades académicas no ponen freno a esto. (No haría falta la disciplina, bastaría con elevar el reto: una bienvenida universitaria que sea a la vez divertida e ingeniosa. Para eso hace falta ser verdaderamente inteligente.) Quizás sea el miedo que tienen a sus propios estudiantes, quizás sea la indiferencia por algo que ocurre sólo una vez al año y que no les afecta directamente.

Es más probable, sin embargo, que sea una despreocupación profunda por la universidad como institución, por un descuido u olvido de su propósito. Una cosa es formar profesionales que hagan su trabajo. Pero formar el intelecto para que abarque la realidad lo más completamente posible es una tarea más delicada, y una carrera universitaria que se inicia del modo brutal que hemos visto, de nuevo, puede demorar mucho en reencontrar su carácter originalmente académico.

martes, 11 de marzo de 2014

¿Qué tiene ella que no tenga yo?

Con el cambio de mando se hace patente la realidad: el gobierno de la derecha ha terminado. Duró sólo un período y acabó con la peor derrota electoral en mucho tiempo. Es tentador echarle la culpa a las dificultades y factores externos, que los hay, pero lo que diferencia al adulto del inmaduro es poder hacerse cargo de la propia responsabilidad en los fracasos.

Este fracaso en las elecciones es especialmente duro, sobre todo porque en aquello que el gobierno se propuso y más valora, lo hizo relativamente bien, y mejor que el gobierno anterior, que es el que asume nuevamente. A pesar de esto, el gobierno de derecha no logró prolongar su mandato.

La pregunta que surge cara a las próximas elecciones es qué puede ofrecerle la derecha a Chile. Hacer las cosas bien, fomentar crecimiento económico y aumentar libertad de emprender son cosas muy buenas, pero no son ideas que puedan generar una adhesión profunda (apuntan, en el fondo, a asuntos privados). No es sólo un problema de comunicación, que la derecha sin duda tiene. La izquierda usa un lenguaje moral (justicia, equidad, derechos) mientras que los partidos de derecha no pasan del lenguaje de la eficiencia.

La reducción de la política a la economía es lo que ha sido llamado el materialismo histórico de derecha (¡ironías de la historia!). No es que la izquierda no sea materialista, al contrario, pero hay dos consideraciones. El materialismo de la izquierda se viste con un ropaje moral, que hace que parezca algo más de lo que es realmente, y en segundo lugar, si hay que escoger entre dos materialismos, la mayoría preferirá el materialismo que ofrezca más cosas con el menor esfuerzo.

Si la derecha quiere tener una oportunidad en las siguientes elecciones tiene que ver qué puede ofrecer al país. Si intenta ofrecer lo mismo que la izquierda, a un nivel superficial, está perdida. La izquierda siempre podrá ofrecer más (más impuestos, más subsidios, más bonos). Ahora, si intenta ofrecer lo mismo que la izquierda en un nivel más profundo (una visión coherente de la persona y de la sociedad), podría hacerle el peso.

Esto no puede formularse en unos pocos párrafos, ni siquiera en un tomo: precisamente el ordenamiento y planificación de la sociedad en base a nociones pensadas por unos pocos es la marca de la ideología (especie de Transantiago social) que combatieron los conservadores desde Edmund Burke. Por de pronto, podría empezarse con una defensa de lo que queda: el nuevo gobierno ha mostrado en su programa ser profundamente hostil a las creencias más profundas de la mayoría que dice representar. No estaría demás, tampoco, empezar a repasar algunos autores del sector, como el mencionado Burke. Si hay algo después del gobierno 24/7, es tiempo.

martes, 4 de marzo de 2014

Lo que no puede decir sobre Venezuela

No debieran causar escándalo las declaraciones de la Fech respecto de Venezuela, tampoco la reticencia de nuestras autoridades en tomar una postura definida. Para el socialismo la democracia y los derechos humanos son herramientas políticas, no bienes a proteger; ¿puede explicarse de otra manera, por ejemplo, el asilo a Honecker a principios de los noventa? El gobierno de Nicolás Maduro es un régimen afín y puede contar con las lealtades de siempre, sin importar lo que haga.

Pero hay algo más, que pocos han mencionado. Lo que no se puede decir sobre Venezuela es que la actual situación venezolana es muy parecida a la de Chile en 1973: un gobierno democráticamente elegido que ha violado la constitución, socavado la institucionalidad, atacado la libertad de prensa, causado un desastre económico y fomentado la violencia. A ojos del mundo, y de Chile, esto no puede seguir. Pero cuando un gobierno tiene como meta hacerse con todo el poder, y para eso desfigura sus instituciones, no queda una vía institucional para resolver el problema. El sentido común dado por la distancia hace que una gran mayoría se sitúe del lado de los manifestantes y contra el gobierno.

Para el caso chileno las cosas se complican. Durante veinte años, primero de manera sutil y luego más descarada, la coalición de partidos de izquierda ha reivindicado la Unidad Popular y la figura de Salvador Allende, y por otra parte, vilipendiado al gobierno que derrocó a Allende cuando la situación en Chile era parecida a la de Venezuela hoy. Los cambios de nombres a las calles, la proclamación de Allende como el chileno más grande de la historia, la firma de Ricardo Lagos al pie de la Constitución de 1980, son muestra de ello.

Es por esto que la izquierda no se pone del lado de los manifestantes venezolanos. Venezuela poco nos importa en términos materiales, pero Venezuela hoy es una manera de ver desapasionadamente el Chile de 1973. Dar la razón a los manifestantes es como darle la razón al pronunciamiento militar. Como esto no escapa la atención de algunos, se han querido marcar diferencias. Un columnista llegó a decir que Nicolás Maduro era derechista, porque se comportaba como la derecha espera que se comporte un socialista. Se ha dicho que el gobierno de Allende no cayó por sus propios errores, como parece que debiera caer el de Maduro, sino que fue derrocado por la CIA. Eso suena tremendamente parecido al discurso Chavista-Castrista. (Además, si a los EE.UU. le interesaba que la UP cayera, la URSS tenía igual interés en que se mantuviera, cosa que se silencia).

Pareciera que el desmoronamiento institucional de Venezuela es total, cosa que no llegó a ocurrir en Chile. El proceso venezolano, además, ha sido lento, por lo que la reacción ha sido tardía e ineficaz. Venezuela tampoco está en medio de una pugna mundial, las potencias están demasiado ocupadas en otros lados como para hacer algo más que declaraciones. Quién sabe qué ocurrirá. No es mucho lo que podemos hacer desde aquí, pero lo que sí importa es que podamos juzgar nuestra historia con el desapasionamiento con que juzgamos la situación de un país distinto del nuestro.