martes, 19 de marzo de 2013

Los otros expulsados

por Federico García (publicado en El Sur, de Concepción)

No conozco las razones prudenciales o buenas intenciones que puedan haber pesado a la hora de tomar las decisiones, pero el hecho es que en los dos últimos años ha habido paros, tomas y destrozos en las universidades y no se ha expulsado a casi nadie. En la mía, me parece que hubo solamente un expulsado, que había atacado físicamente a un profesor. Mi impresión es que algo parecido ocurrió en las demás universidades donde hubo paros, tomas y violencia.

Ahora bien, el que ningún alumno haya sido expulsado de la universidad por causar destrozos o interrumpir el trabajo académico no quiere decir que todo haya quedado igual. Están los otros expulsados: los auto-expulsados. Son los que en estos dos años, al ver que algunos de sus compañeros no los dejarían avanzar en sus estudios -que es la principal razón para matricularse en una universidad- decidieron cambiarse a alguna otra más tranquila, que las hay. La prensa reportó algunos casos, y conversaciones personales  con profesores y administrativos, me confirmaron que eran muchos, aunque ignoro si se habrá hecho un catastro exhaustivo. No está demás mencionar que los que abandonaron las universidades en paro por las que funcionaban con normalidad eran, en general, muy buenos alumnos, estudiantes que se tomaban su propia educación muy en serio.

Dentro de los auto-expulsados también están –si es que se puede usar esa  expresión- los que no llegaron.  Al menos donde yo enseño, las postulaciones han bajado. Es difícil explicar esta baja por el declive demográfico; eso se viene en unos años más. Al parecer los alumnos han elegido otros lugares para estudiar. (Chile tiene un índice de natalidad bajo el nivel de reemplazo y la tendencia es sostenida.  Esto está comenzando a afectar a los colegios, pero no alcanza todavía a la educación superior. En todo caso, pese a ser un problema, las autoridades no dicen ni hacen nada al respecto.) La baja en matrículas tiene repercusiones muy directas –recortes de presupuesto–  porque la universidad depende de los estudiantes para su sustento y funcionamiento. Esto es en sí mismo es un tema importante, pero tendrá que ser tratado en otra ocasión. Las políticas de austeridad, si bien insoslayables en casos como estos, repercuten en cosas como la dotación de las bibliotecas, el recambio de materiales, etc. afectando la capacidad de universidad para realizar bien su labor de investigar y enseñar.

Al final del día, aunque no haya habido expulsados por faltas a la disciplina, la universidad igual perdió alumnos. Los más perjudicados han sido los que se quedaron, que han visto bajar el nivel de su casa de estudios, y los profesores, que entre otras cosas, hemos visto nuestro trabajo interrumpido, sin que haya nada que pueda disuadir a los que quieran interrumpirlo de nuevo. Todo por no darse el trabajo de expulsar a unos pocos que se sirven de la universidad para fines ajenos a ella. 

martes, 12 de marzo de 2013

Los más ricos de Chile

El ranking de la Forbes sobre las personas más ricas del mundo, entre los que hay varios chilenos y un informe de la OECD, provocaron nuevamente la acostumbrada discusión sobre la desigualdad. Mientras unos miran con anhelo el modelo de la vieja Europa ignorando que se derrumba –porque el famoso estado de bienestar alcanzó sólo para una generación- otros apuntan a la igualdad que campea en países donde la libertad es un artículo de lujo.

Nadie ha notado ni ha querido decir, sin embargo, que de las fortunas más grandes de Chile que aparecen en el ranking de Forbes, casi todas son recientes y forjadas por familias de inmigrantes llegados a Chile en el siglo XX.

En otras palabras, la desigualdad que se denuncia es real, pero eso no implica que Chile sea un país donde  no se puede surgir, incluso desde muy abajo. De otra forma no se explica que dentro de los más ricos del país haya cada vez menos familias antiguas y cada vez más personas que llegaron a estas tierras con poco más que lo puesto. Algún entusiasta aventurará que dentro de este grupo hay incluso algunos que no accedieron a la educación superior (como Paulmann), pero esos casos son excepcionales por lo que se pueden considerar anecdóticos.

¿Qué pasó, entonces, con la antigua elite castellano-vasca que se repartió las fértiles tierras del Chile tradicional? No es que se haya extinguido a punta de no reproducirse (como les pasó a los WASP en Norteamérica), sino que ha sido superada por otros en creación de riqueza. Mientras unos seguían apegados a la tierra o a las profesiones liberales, los inmigrantes desarrollaron negocios poco explorados en el ámbito del comercio o de la manufactura, o crearon otros que antes no existían en áreas como el turismo, produciendo riqueza donde antes sólo había potencial.

Es que la riqueza no es un juego de suma cero, como parecen creer los que llaman a redistribuir: crece a medida que se agrega valor a las cosas, y ese valor se agrega mediante el trabajo. Si Chile es un país más rico de lo que era antes y la población ha aumentado, es porque se ha creado riqueza. Y la riqueza, obviamente, no se genera espontáneamente: la crean personas innovadoras, dispuestas a arriesgarse y a trabajar duro. Si al chileno medio no le calza bien esa descripción, no hay que extrañarse entonces que la mayoría de los más ricos pertenezcan a las distintas “colonias”.

La desigualdad se podría suprimir eliminando las grandes fortunas o impidiendo la acumulación de riqueza. Pero junto con los ricos desaparecerían también las de fuentes de trabajo (y los ingresos tributarios) que crean esos hombres que surgieron no porque la torta se repartiera de manera más equitativa, sino porque hornearon la suya propia.

No es esto una propuesta de solución a los problemas económicos de Chile, sólo que antes de repetir lugares comunes, es interesante considerar los inicios de personas como Paulmann, Yarur, Saieh, Hites, Falabella, y otros. Muy probablemente, en su juventud no perdían el tiempo leyendo columnas como ésta, y mucho menos, comentándolas.

martes, 5 de marzo de 2013

Pensamientos edificantes de un fumador de tabaco

por Federico García (publicado en El Sur, de Concepción)

No vaya a escandalizarse el lector contemporáneo, ahora que acaba de entrar en efecto la nueva ley contra el tabaco, con este título. Felizmente no es mío, sino de un poema anónimo al que el gran Johann Sebastian Bach se dignó ponerle música e incluirlo en el libro de música para su mujer, Anna Magdalena.

En el texto original, el poeta reflexiona sobre la vida, la muerte y la salvación de su alma, a partir de las evocaciones que le causa su pipa. Nuestro Jenaro Prieto hizo algo parecido en su ensayo “Humo de Pipa” y en algún otro, y en tan buena compañía, me dispongo a hacer lo mismo.

No quedan muchos que fumen pipa. ¿Será una señal de la decadencia de Occidente? Puede parecer una pregunta exagerada, pero aunque no sea inmediatamente evidente, le mostraré al despreocupado lector, cómo la pipa, aunque en forma muy pequeña, es una afirmación de la civilización y la cultura. ¿Cómo puede ser esto si el tabaco mata? Cierto, pero al final todos acabaremos en la tumba y quizás no esté demás tener a mano un memento mori.  Al prender su pipa y recordar su mortalidad, el fumador recuerda que en esta vida no se encuentra el fin último: el olvido de esta verdad puede rebajar al hombre a la más espantosa frivolidad, como lo demuestra la movilización de ingentes recursos contra el tabaco, habiendo males mucho peores contra los que se hace poco y nada.

Pero eso no es todo. Para tener civilización, nos dice el profesor Pieper, compatriota de Bach, es necesario el ocio (se entiende que ocio no es un no hacer nada, sino actividad intelectual, contemplativa de la verdad, la belleza y el bien), y la pipa, por su misma naturaleza, lleva a separarse de la actividad directamente productiva que es la negación del ocio. Nadie puede fumar una pipa en apuros, como quien se fuma un cigarrillo entre clases o reuniones, para retomar luego su lugar en el frenesí cotidiano. Para fumar una pipa llena de tabaco hay que estar dispuesto a hacerse el tiempo y en ese tiempo se ponderan la vida y los hombres, como lo hicieron fumadores de pipa como Tolkien, Lewis, Eliade, Einstein y tantos otros.

La pipa tiene, además, sus propias virtudes; por ejemplo es generosa. El tabaco de pipa, a diferencia del de cigarrillo, es aromático y place a toda persona de buen gusto. La experiencia universal de los fumadores de pipa es que el fumador goza y los demás también con él.

Es cierto que la cultura puede perdurar, e incluso florecer, sin que los hombres fumen sus pipas, pero no puede haber pipas sin ella. Por eso, todo aquel que enciende su pipa con una llama brillante y exhala una nube de humo dulce y oloroso que sube al cielo, se rebela en contra de la barbarie y afirma la bondad de vivir humanamente, sabiendo que algún día volverá al polvo de dónde salió. 

miércoles, 20 de febrero de 2013

En el mismo saco

por Federico García (publicado en El Sur, de Concepción)

La venida de Raúl Castro a Chile marcó un pequeño hito, percibido por pocos, pero significativo. El tiempo dirá si ese pequeño hito crece hasta alcanzar un tamaño considerable, pero por ahora lo que importa es que por primera vez hubo críticas transversales, aunque tibias, hacia el régimen cubano, y no sólo eso, sino también hacia quienes lo han apoyado en el pasado. Es algo inédito: se ha cuestionado, también desde la centro-izquierda, a personas ligadas a partidos comunistas por violaciones a los derechos humanos.

Pero junto con las críticas a Fidel y  a Raúl Castro, y a sus seguidores en Chile, no faltaron críticas a la Unión Demócrata Independiente, que pedía información sobre los prófugos asesinos del Senador Jaime Guzmán, uno de los cuales al menos reside en Cuba. Este juego del empate, bastante estéril ya que barre con distinciones conceptuales y hechos históricos (metiendo todo en un mismo saco), da pie para una consideración.

Una de las cosas que llama la atención de los regímenes totalitarios es que agrupan a sus opositores en un conjunto y asignan responsabilidades y culpabilidades colectivas. Luego vienen los juicios, encarcelamientos y matanzas colectivas. Judíos, Kulaks y burgueses han sufrieron esta suerte durante el siglo XX. La injusticia de esto es patente, ya que las acciones son principalmente personales, y por lo mismo, las responsabilidades, premios y castigos.

Las críticas a la UDI han sido, como siempre, por su participación en el Gobierno Militar, y por asociación, en todos los males que se adscriben a esos diecisiete años (diecisiete años en los que se distinguen etapas muy diferentes, por lo que tampoco cabe meterlos todos dentro del mismo saco). Además de que la historia de la UDI no es simple (primero existió como movimiento que luego se fusionó con otros para formar el Partido Nacional, del que luego se escindió, y sólo se inscribió como partido en 1989) no corresponde juzgar a un partido entero, porque no corresponde juzgar a grupos de personas, sino a individuos. Eso es signo de totalitarismo, lo cual, por supuesto, no debería causar extrañeza en el caso en cuestión.

Ahora bien, los juicios a individuos requieren investigación, que es costosa, porque se debe basar en hechos, no en ideas. Además, la investigación de una persona puede hacer que se descubran cosas sobre otras, lo que puede terminar ensuciando a varias. El juicio general en cambio se hace desde la superioridad moral. Qué diferencia entre pedir información sobre un caso y juzgar a un partido entero, que, por lo demás, tiene muchos miembros nacidos después de 1989.

Aun así, la mente humana busca agrupar objetos en categorías comunes (que tienen cierta entidad, hay que decirlo), y lo seguirá haciendo con las personas aunque implique una injusticia. Frente a eso, hay que perseverar haciendo distinciones.

martes, 12 de febrero de 2013

Alguien te mira

Hace muchos años un profesor de biología recordaba cómo, cuando su comportamiento en el colegio no era muy bueno, una de las estrictas monjas irlandesas que lo había educado le decía, con ojos fulgurantes, “Dios te está viendo y te va a castigar”. Le costó bastantes años superar el trauma infantil de esa amenaza; me parece que dejó de creer que Dios lo miraba, o al menos se consolaba pensado en que la misericordia Divina fuera mayor que la de su profesora.

Pero la amenaza de la monja se cumple a cabalidad, aunque ya no es Dios el que mira ni el que castiga. Episodios como el del altercado entre la Ministra del Trabajo y una honorable Diputada de la República, el de los grumetes repitiendo violentos estribillos mientras trotaban (cuando fui soldado canté cosas que algunos corazones sensibles podrían considerar peores, pero entre los cardos de Pichicuy – no en el centro de Viña), el de una madre que aplica un correctivo a sus hijos que la interrumpen, y tantos otros, nos recuerdan, como a Winston Smith, que el Gran Hermano nos está mirando.

La ubicuidad de las cámaras digitales y de la conexión a internet (que hace unos cuantos años eran lujos a los que pocos podían acceder) hace que todo hecho que pueda llamar la atención sea grabado, y probablemente difundido. Por lo mismo, cualquier persona medianamente sensata se comporta en público como si alguien la estuviera mirando, y no dice nada que no pueda ser predicado a los cuatro vientos. Los videos que hemos visto confirman la antigua sospecha de que la sensatez es un bien escaso. No sé si esta nueva situación esté llegando a generar traumas, pero sin  duda que ha hecho que las conversaciones entre conocidos y las clases de algunos profesores sean bastante menos interesantes.

A pesar del parecido, hay una diferencia entre la situación actual y la de mi antiguo profesor de biología. El profesor temía a Dios, que todo lo ve y todo lo sabe, y que por lo mismo puede juzgar con la máxima justicia (que es también misericordia). Pero el que queda expuesto a ser grabado y exhibido  en un video de ocasión es juzgado por un ente que ve poco y sabe menos: el público, ese que en Viña se llama, con razón, el Monstruo. De ese juez, muchas veces avivado por una prensa inescrupulosa que sólo busca inflar sus números para vender publicidad, no se puede esperar justicia alguna, ni menos misericordia.

martes, 5 de febrero de 2013

El baile de la violencia

por Federico García (publicado en El Sur, de Concepción)

Hasta comienzos de este año, o fines del año pasado dependiendo de los hechos que uno considere relevantes, la violencia en la Araucanía daba la impresión de ser un baile bien coreografiado. Los participantes sabían lo que tenían que hacer, y por lo general se mantenían dentro de los límites establecidos por la costumbre. Tomas, quemas semi-controladas, eran seguidas por allanamientos. Custodia permanente para los más amenazados. Si había alguna muerte, no había sido calculada. Llegaba a ser bastante regular: los viernes en la tarde sonaba el celular de mi amigo, abogado de una empresa forestal, lo miraba, movía la cabeza y decía “ya nos quemaron otra”, y la conversación seguía sin aludir más al hecho.

El procedimiento era el siguiente: unos encapuchados detenían al camión o a la máquina maderera, el conductor era encañonado y conminado a bajarse. Siempre hacía caso. Con el conductor fuera de la cabina, la máquina era incendiada. Las empresas lo tenían presupuestado, y el costo lo pagaba, como siempre, el consumidor final (y la sociedad en general). Estos casos no aparecían en los diarios nacionales sino ocasionalmente y sólo merecían una breve nota en los regionales.

Los pasos eran conocidos ¿pero y si alguien bailaba a otro ritmo? “¿Qué pasa si alguna vez el conductor encañonado no se baja del camión?” le pregunté a mi amigo hace varios meses. “No sé, nunca ha pasado”.  Y siguiendo estos pasos las cosas llegaban con regularidad: tierras y otros beneficios. Pero el baile se alargaba y no parecía tener destino.

Hasta que pasó. Un camionero no se bajó del camión (claro, era de él, no de la empresa), y tuvo que bajarse cuando las llamas le quemaban el cuerpo y la cara. Quemas a pacíficos parceleros de pocos recursos. El asesinato de un cuidador. Luego vino el ataque a los ancianos que viajaban en un bus en un viaje organizado por la municipalidad; eso era nuevo. Y después, el asesinato del matrimonio Luchsinger-MacKay en Vilcún, precedido por una amenaza que en Santiago nadie se tomó en muy en serio, porque la violencia ya es costumbre.

Pero con el asesinato de Werner Luchsinger y Vivian MacKay se rompió el esquema. Lo peor, es que dio resultado. Cambió el ritmo. Vinieron las reuniones con el gobierno, se habló de cambiar la Constitución y se hicieron todo tipo de promesas (eso sí, ninguna promesa de terminar con la violencia por parte de los encapuchados). Un carabinero fue dado de baja (los encapuchados no han dado de baja a nadie todavía, que se sepa). Salieron voces, no a justificar el asesinado, eso no, pero a ponerlo en su contexto. En fin, durante quince minutos la Araucanía, estuvo en el centro de la noticia. Qué mejor. Y los que han abrazado la violencia como forma de vida no parecen tener intención de paz. Este nuevo esquema tampoco parece tener término ni destino.

martes, 22 de enero de 2013

Superioridad moral

por Federico García (publicado en El Sur, de Concepción)

El incidente de los perros en Punta Arenas ha sido superado, según las partes involucradas, sin embargo, el hecho pone de manifiesto un problema que, si no se corrige, seguirá causando males. Antes de entrar en materia, un breve resumen para quienes no alcanzaron a enterarse.  Hace varios días aparecieron muertos unos quince perros callejeros en el centro de Punta Arenas. Grupos defensores de los animales culparon al Obispo de la ciudad por la matanza, ya que éste se había quejado por la proliferación de los perros callejeros y había llamado a las autoridades a poner fin al problema. Además, algunos defensores de los animales decidieron interrumpir la Misa en la Catedral y pararse arriba del altar (y aprovechar de sustraer algunos objetos).

El problema es la posición de superioridad moral que toman algunos grupos, del tipo que sea (ambientalistas, estudiantiles, indigenistas, etc.), y que bajo el amparo de su causa deciden hacer justicia por sus propias manos. Esta posición es muy cómoda, puesto que no le rinde cuentas a nadie: no hay instancia superior para el que ocupa la superioridad moral. Alcanzar la superioridad moral es fácil, hay que tener buenos sentimientos, seguridad en uno mismo, una causa de moda y un enemigo.

En el caso de los perros, unas cuantas personas interpretan las palabras de otro, asignan culpabilidad, y proceden a castigar de acuerdo a su criterio; cosas que se supone hacen distintos poderes de un estado legítimamente constituido. Si bien, como se mencionó, el caso se consideró superado, estos mismos elementos se dan también en los casos de terrorismo, tanto en los bombazos en Santiago, como en la violencia de la Araucanía.

Nunca falta quien niega la legitimidad del estado - no es el caso de los violentistas indigenistas ya que reclaman ciertos privilegios del estado - pero en los anarquistas que han ganado visibilidad en los últimos meses se ve observa esa postura. Sin embargo, negar la legitimidad del estado, o denunciar la maldad del oponente, no justifica la propia causa (derechos de los animales, gratuidad de la educación superior, reivindicación de tierras) de modo automático.

Cuando, desde la superioridad moral, se niega la legitimidad de lo existente para poder reemplazarlo por otra cosa (es decir, cuando se pretende comenzar de cero, que al parecer es lo que quieren quienes proponían una asamblea constituyente) quedamos en un terreno muy difícil, ya que se confrontan visiones globales de la realidad, y queda la sola razón como árbitro entre ellas, y ni aun así suele haber acuerdo sobre lo razonable.

Lo más prudente es buscar cambios graduales, usando como cimiento lo ya construido. Esto, que tiene algunas implicancias largas de elaborar, supone la humildad de reconocer que quienes vinieron antes no se equivocaron del todo. Con esa humildad se puede descender de la posición de superioridad moral.

¿Pero qué hacer con los que insisten en ser superiores moralmente y escapar de las normas que rigen a la mayoría? La institucionalidad vigente tiene procedimientos adecuados, pero si quienes deben aplicarlos no lo hacen, ahí sí que se genera una crisis de legitimidad.